sábado, 5 de mayo de 2007

[sic]

Estoy enfermo. No quiero hablar de ella.

Esta noche me siento mal.
Ni siquiera puedo hablar.
No de ella.


Estoy enfermo. De ella no quiero hablar.

Esta noche no puedo hablar.
Ni siquiera de ella.
Me siento mal.


Estoy enfermo de ella. No quiero hablar.

Esta noche. De ella.
No puedo hablar.
Ni siquiera me siento mal.

jueves, 3 de mayo de 2007

Guardo Silencio

Guardo silencio, sin saber dónde ponerlo.
Recorro tu espalda en la memoria y lo dejo ahí;
detrás de tu oído,
envuelto en calor y una leve sensación de cosquilleo.
Por tu espalda, el camino incesante; de mil cuchicheos, de mil secretos,
persiguiendo una vastedad de suelo en apenas aquel que se escapa a las pisadas.
Buscando por el suelo, de mil secretos, de vastedad de un mil de mil pisadas.
Te doy forma en cada rostro anónimo de avistamientos inconclusos,
te doy la forma del candor y del pecado.
Te doy forma en el candor de saber que no hay pecado alguno que se deseé después de ti.
Quizá aquel de la estática
–no la pereza-;
la inmutable infinidad de tu presencia,
del retrato, del paisaje perenne, de la cíclica fluidez de tu recuerdo suspendido en mi mente, que se revive en cada uno mis sentidos una y otra vez.
En el tiempo inmarcesible que sobrevive a todo;
quedando el tiempo por siempre… estático.
Cuando recorro en secreto la memoria de tu espalda y guardo silencio,
sin saber dónde ponerlo.


En ocasiones se escribe el poema perfecto para alguien.
En otras ocasiones, se escribe un poema, y después, quizá años después, se encuentra a la persona perfecta para él.

Para Marisela.

Los Solitarios

En el vigésimo primer día del año nuevo es que salen a pasear. No llegan entre las luces y cánticos de volátil moral de días pasados. Su perfil se ajusta mejor al de viajeros de antaño, aquel que reconoces en el horizonte únicamente, cuando ha llegado y cuando se va. La misma cosmogonía de los dioses los hizo distintos. Bañados en leche materna, un blanco les opaca los ojos y los avienta al último lugar de la fila, sin hablar. Bien formados, no evolucionan, no van a más y pasan sus días ansiosos de saber qué hay más allá pues no hay quien que pueda contener su mirada pesada y viscosa untándose por todo el cuerpo. Salen a pasear y en ceremonioso desfile, investidos de viejas costumbres y olores a mundo, llaman la atención del distinto, un instante nada más, el necesario para no extrañarlos por el resto de los días. Nadie sabe a qué vienen, nadie sabe a dónde van; pero se les acepta, como se aceptan las multitudes, el dolor y las ganas de llorar. Cuenta la leyenda que se les puede llamar un día más, uno a la vez, y nadie sabe cuántos vendrán. Y cuando llegan caminan lenta, pausadamente, con cierto deleite en cada paso. No perteneciendo a un lugar, disfrutan cada aroma nuevo, cada singular visión, alejándose únicamente de la gente, y sólo para evitarles el estigma de sus ojos y dejarlos tranquilos en su paz. Se pasean como nuevos. Murmuran las palabras, palabras tan viejas como sus mismos creadores, que repiten una y otra vez, formando así un lenguaje distinto, lleno de recovecos, vueltas sin fin y un significado distinto. Así la gente que los oye hablar, reacciona con displicencia, quizá un poco de diversión desinteresada, lo que para ellos es una conversación más rica y llena de matices que cualquier aquella que pudiera venir de sus bocas desmesuradas. Van y se pierden con el mundo, se borran de las mentes, van y viven lo que un día, van y descansan en un lugar fortuito donde sus cenizas se llenan de tierra, se funden con el agua, se trepan a las raíces y desde lo alto florecen con el cielo, listos para morir. Y lloran savia, ese lechoso mirar que los acompaña, y sufren su partida con cánticos distintos a los de días pasados, esta vez se escucha como el viento de un lugar lejano, un lugar tan lejano que aún sin conocer, sabes vas a extrañar. Quién ha dicho que no muere lo que no pudo existir.

Yo los he visto antes, los he visto llegar, y quizá alguna vez, los seguí con la mirada hasta perderlos en la multitud y no volverlos a pensar. Lucían como ahora y el aire que se desliza entre su vestimenta me recuerda a una melodía que creo conocer. No recuerdo que sonreían como hoy o que su lenguaje tenía tanto sentido. Lo que sí recuerdo es que llegaron en multitudes de veinte, después veintiuno y hoy esperaba veintidós. La gente los llama Los Solitarios; yo sólo los llamo cuando tengo ganas de abrazar.

Para mí.

Abuelo

Era muy pequeño para entender al mundo, pero bien que entendí esas palabras, tanto que pensé años después aún tintineaban por el cuarto en vez de arrullo: “No digas adiós, hijo, el que lo merece no lo quiere… en los demás no importa”. Con los ojos fijos al sol, de piel dorada, eras mi abuelo y luego los dioses. Jamás dudé de tu sabiduría y sellada con la picazón de un beso barbiluengo seguí feliz guardándome las palabras, guardándote en tu pedestal de frazadas y olor a viejito y tequila. No había hombre más fuerte y divertido; payaso y juez… y luego payaso en una afelpada carcajada.

Seguimos creciendo, me estiraba lo que te encogías, te arrugabas, y cuando una mañana te dijeron adiós al oído, viejo, te quedaste callado. Sonrió como sólo ella sabía, con la tierna complicidad de un lenguaje que viene de más allá que las palabras y se fue… Sólo te sentaste hasta la noche mirando al suelo de la mano de tu amada. Me paré junto a ti durante el entierro y mi henchido orgullo por tu áspera mano entre mis cabellos, me sujetó las lágrimas al alma no dejándolas escapar.

Qué felices éramos, abuelo, de poder dejar ir sin reclamar trono. La vida no es de los que se quedan, me decías, sino de los que se van orgullosos de irte a presumir al cielo. Quería llevarme a tu abuela, y te llevaré a ti.

Por eso no hacía falta un adiós, ¿verdad, abuelo?

Pero entonces despertabas de noche acalorado, con los ojos desorbitados y sudando a mares. “Natalia… Natalia” susurrabas mientras yo cerraba los ojos más fuerte, como queriendo apagar los oídos.

Te hiciste lento y esa descomunal fuerza de antaño se vertía luego como arroyos por mis ganados bríos. Crecí muy rápido para ti y sólo me soportabas unos minutos en el regazo. Volteabas la mirada y te ibas al jardín, a la hamaca, y dormitabas por horas.

Crecimos aparte. Las clases empezaban muy lejos y tuve que adelantar la cama. Me fui con mi tía Isabel y el Rogelio, como le decías, y sólo podía regresar un fin de semana al mes. Cada vez era lo mismo, tú, la hamaca y el viento que era el que más hablaba. Se te iluminaban los ojos al verme pero luego los perdías en la continuación de un sueño que no podías terminar. Sabía lo que pasaba y sólo pude decir que siempre supe que te fuiste soñando, mi viejo. Cuando una mañana de escuela llamaron y ya sabía lo que habría de ser.

Te enterramos con la abuela. Cajón en oro y plata; el color de los dioses que envejecen y se van a reclamar trono… y te fuiste, viejo. Te llevaste el dolor en los claveles y las violetas y estoico, te hice orgulloso al no derramar una lágrima en mi discurso final. Llevándome tus filosofías a la boca… jamás dije adiós.

Prefiero recordar nuestros momentos previos. Cuando llenabas de recuerdos el baúl que guardo bajo la cama. Cuando me despertabas para llevarme al salón, cuando paseábamos por las colonias haciéndome de nuevos nombres y padrinos; detalles que pagaban bien en días de fiesta, halloween o navidad. Todas esas pizcas de mundo roídas por mis porfiados intentos, cuando me cargabas al mundo y estando tan alto quise ser tú; y hoy que me llaman señor, no te veo.

¿Qué me dirías ahora, viejo? ¿Qué estarás diciendo de mí en el cielo? A veces me da miedo volver a verte y oculto mi vergüenza en viejas costumbres. Cuando lleno un nuevo baúl junto al tuyo y creo mis nuevas filosofías; cuando voy de la mano de un niño y siento que eres tú que has vuelto y me miras de reojo… Cuando despierto por las noches acalorado, con los ojos fuera de órbita y sudando a mares; susurrando unas cuantas palabras. Pensando después en mil cosas que pudieran haber pasado…

Será que la abuela lo pidió aquel día y no supiste qué decir, será que te lo dije yo antes de tiempo; cuando calló el viento mientras te escondías en tu hamaca y ahí te dije adiós… aunque sea con la mirada.

El sexo, cosa maravillosa

Así es, qué cosa tan maravillosa es el sexo. Me pregunto, ¿quién lo tendrá? Yo no, eso está bastante claro.

Qué larga y tortuosa es la búsqueda del sexo, al menos, en la vida de su servidor. Estaba demasiado chico para pensar en esas cosas cuando tuve mi primera novia, esa que duró tres días y se fue para luego enamorarse varias veces, estar divorciada, con una hermosa bebé y vivir tras de mi casa. Ella claramente lo encontró. Luego las niñas bonitas de la escuela, una vez más, demasiado verde para poder llevar esas relaciones siquiera hasta el primer beso. Que es cuando se detenía cualquier fantasía que pudiera haber tenido al respecto. Luego, la vida adulta.

Puede uno llegar a pensar que con la vida adulta llega el sexo a borbotones; pero nunca fue así. Ya es demasiado importante para tenerse. Hay que saber si siquiera te interesa esa persona y llenar todos los requisitos es bastante difícil. "Buena onda", "trabajador", "lindo", "inteligente", "maduro", "atractivo"... qué decir. Si no logras que la muchacha que te guste te dé un beso, digamos que las probabilidades de que te dé algo más -lo demás- son prácticamente nulas.

Así, crecí con mitos e historias al respecto. Afirmando rotundamente con la cabeza y un "Claro" despreocupado siempre que llegaba la charla respecto al sexo. Claro que sí lo había tenido. Obviamente, siempre fui experto en decir esa mentira, y muchas otras, no lo voy a negar.

Pasaron los años y ya era parte de mi idiosincrasia. Era difícil ser llamado "El virgen de la colonia Guadalupe" pero al menos dejaban buenas ofrendas.

Entonces, llegó el día. Si has visto cualquier película de adolescencia precoz americana, sabrás de lo que hablo. Los incidentes y la clásica resolución. No me fue tan mal en realidad. Al menos no había la prisa y preocupación de terminar antes de que llegaran los papás. Aún cuando las probabilidades de terminar antes de que cualquier cosa pase son inversamente proporcionales a la experiencia.

Después de eso, las cosas no han sido mejores. Aún cuando tuve la fortuna de encontrar el amor y conocerlo enamorado. Eso pone a pensar en que, no importa la cantidad, si no, la calidad. Para luego desechar la idea como el conformismo de los que nada tienen.

No sé si volverá a ocurrir. Quizá ya haya sido mi última vez. Tendré lindos recuerdos al respecto. Quizá en la siguiente vida pueda ser árabe y tener un harén de 3000 mujeres. ¿Quién me dice que no?

Mientras, le diría a cualquier sacerdote... ¿Celibato? Por Dios. Ganarse a Dios es la cosa más fácil del mundo. Haz méritos, cabrón.

miércoles, 2 de mayo de 2007

Madame


Madame toma fotos bellas. Madame trabaja mucho y muy bien. Madame es linda y muy simpática. Madame es muy madura y responsable. Madame sueña y convierte esos sueños en su vida cotidiana. Madame es una persona extraordinaria. Madame es mi amiga.

Madame sonríe y llora. Madame siente todas esas cosas que se han sentido por miles de años. Madame no es perfecta. Madame a veces corre el riesgo de sentirse mal, triste. Madame a veces daña sin poder evitarlo. Madame es como tú y como yo. Madame a veces necesita un amigo, o dos, o montones de ellos. Madame sueña con ser madre, tener hijos, ser exitosa en su trabajo. Madame sueña con ser feliz. Madame es un ser humano.

Quizá madame necesita que le recordemos qué es la vida. Quizá necesita que le digamos que es un beso, un suspiro, un abrazo, una increíble anécdota, una aventura, un error, un golpe, un viaje a la playa, unas sabritas, un gato hermoso, una flor, un ex novio, una película, un sueño, un milagro, unas ganas de vivir. Quizá necesita que le recordemos que la vida no se vive sola, que nadie puede sentirse demasiado humano, pues no somos más que eso. Quizá Madame necesita saber que nadie le pide ser perfecta, que nadie lo es. Que no importa si somos recordados por una eternidad, si no tenemos un instante, aunque sea el más pequeño posible, en que nos recuerden con amor. Quizá madame necesita escucharlo y creerlo y quizá más que nada, vivirlo.

Yo te quiero, Madame. Y aún no te viera siquiera por el resto de mis días, lo que digo es verdad. Quizá estas cosas son las que deberían durar por siempre. La sonrisa, el placer. Que el dolor se va y queremos olvidarlo; y así será. Como será tu felicidad en pequeñísimos instantes regados por el resto de tus días.
Para Pill.

martes, 1 de mayo de 2007

Un mundo perfecto

Soñaba el gol del último minuto, el seis de panzaso, la última galleta, el beso de la niña más bonita de la escuela. Soñaba este mundo era de los buenos, los puro corazón y al final del cuento, el malo quedaba bañado en lodo y pasteles de crema. Soñaba que las lágrimas y los raspones se iban con un beso de mamá y que a las niñas hermosas y traviesas, sólo las regañan y las mandan a su cuarto cuando hacen mal; sólo para escapar por la ventana y el árbol de nuevo a encontrar una aventura.

Soñaba con ella, la de rodillas raspadas y sonrisa eterna. Soñaba que volvías y volvías bien, en brazos de tu padre, escuchando una larga lección de vida y a tu cuarto. Soñaba me decías fue genial y valía la pena el castigo. Y ahora tengo sueño.

Vuelve pronto, Lupe.
Vuelve bien.