¿Adónde vas, mujer?
Son andariego, que en tus pasos descalzos me fulminas.
Eres la prosa noctámbula,
carboncillo ensimismado de ondas fugaces
que en un trino de cristal níveo versa lo que me pecho disimula.
Que es tiempo de sequía,
que las nubes estivales del glaciar nimbado entre los cielos
se marchita pues se apagan hoy tus pasos; se apartan tus caminos.
Se alejan, agreste corcel de finas ataduras.
No has cambiado un instante y te sientes tan distinta.
Tan ida, tan perdida, con el suave estertor del olvido rondándote los pasos.
Y yo quedo aquí. Tan yo, tan mío.
Sitiado en mi epidermis.
Deseando ese azul tan de los cielos no transmute,
no se gaste tantas veces a un cetrino atardecer.
Yo silente, con el pecho acongojado de ecos y madreselvas viejas
apretadas al corazón. Enredadas en el alma.
Contando mis latidos en tus pasos,
secos, distantes, apagados,
hoy que te has ido.
viernes, 14 de mayo de 2010
Bécquer
Al andar, desconocidos, preguntaba:
¿Por qué al acercarme te alejas?
¿Por qué con el puño cerrado te recibo yo?
Al pasar de los años te has perdido y aún pregunto:
¿Será que te alejaba con mi gesto?
Si en este puño cerrado,
mi corazón te llevaba yo.
¿Por qué al acercarme te alejas?
¿Por qué con el puño cerrado te recibo yo?
Al pasar de los años te has perdido y aún pregunto:
¿Será que te alejaba con mi gesto?
Si en este puño cerrado,
mi corazón te llevaba yo.
¿Se acuerdan?
Después de una hora bajo la llovizna los dientes empezaban a traquetear con el golpeteo de las gotas que alcanzaban la marquesina del cine.
Ya no esperábamos a nadie, sin embargo, la esperanza renacía en los faros del primer auto que semejara acercarse. Empezamos varios, pero los otros, los que han corrido con mejor suerte, se han ido yendo de uno en uno. Volteo a la derecha, Carmen, Karelina, luego a la izquierda; Alheida, Sol. Luego al suelo. El calor se me escapa del alma y lo tengo bien sujeto de las bolsas y pegadito al cuerpo, apretado, apenas amarrado de unas hebras. Entonces empiezo a recordar los días de verano cuando las gotas son de sudor y resbalan de mi frente y me quejo del calor. Cómo lo extraño ahora.
Atrás quedan unos cuantos. Una pareja, una familia con dos niños, el más chico duerme en brazos de la madre. Me ven con la misma sorpresa que ahora tenemos todos en la cara. Como si llover fuera cosa nueva. Y a veces lo es. Especialmente en esos meses donde sabemos que podría llover en cualquier momento y escogemos no esperarlo. Sonrío con la pequeñita detrás de mí y ella esconde sonrojada su cara detrás del brazo de su padre.
-Qué frío.
-Sí.
Nadie se mueve. El calor va y se fuga con la lluvia en el resuello de la coladera al final del pasillo.
Hace tiempo aprendí que en los días posteriores a mi cumpleaños siempre llueve. No sé cuándo, pero sé que siempre llega. Si tan solo les hubiese dicho.
-¿Calor o frío?
-Frío.
-Frío.
-Frío, definitivamente.
-¿De qué hablan?
-¿Qué prefieres, frío o calor?
-Ah, frío, definitivamente.
-Es más fácil de quitarse. El calor apenas con aire acondicionado.
-Quítatelo ahora.
-Chistosito.
-Ya tardaron mucho, ¿no?
-Sí, ¿se quedarían atascadas por las lluvias?
-Probablemente.
Las personas detrás empiezan a inquietarse. Ya es tarde y el pequeño ha despertado y ahora nos ve tímido desde los brazos de su padre. La niña le platica a su madre de por qué llueve. La pareja se nota despreocupada aún, susurrándose unas cuantas cosas al oído. Nosotros seguimos separados. Como si no estuviésemos dispuestos a prestar el poco calor que aún nos queda. Se escucha una sirena de ambulancia.
-¿Cómo hacen para llegar en este caos?
-Sí, es un show.
-Que manden a las de Baywatch.
-Ja ja.
-Mira tú.
-Se mueren de frío.
-Ya no aguanto.
-Ya te vi. Qué friolento eres.
-Creo que me mojé los pies. Voy a perder un cochinito.
-Nunca entendí.
-Larga historia.
El pequeño ahora quiere mojarse en la lluvia. Estira la mano para atrapar las gotas que caen y cuando una se estrella entre sus dedos, voltea sorprendido con la madre que lo ve con amor.
-Qué lindo.
-¿Quién?
-El niño, se alegró de haber atrapado una gotita.
-Je je, ternurita.
-Como para agarrarlo y aventarlo al charco; va a salir carcajeándose.
-El papá es el que te va a meter la cabeza en el charco si le sigues.
-Hola.
El niño nada más voltea con cierta desconfianza mientras sigue queriendo atrapar la lluvia. Todos tenemos prisa. Alheida quiere ir a ver a su sobrino que está en la ciudad. Sol quiere llegar a dormir. Carmen tiene reunión con la familia. Karelina, bueno, Karelina ya está mostrándole un juguete al niño que lo toma sólo después de recibir el permiso de su madre.
-¿Cómo se dice?
-Gracias.
La niña se inclina curiosa para ver qué sucede. Abre la boca en tono de expectación y se lleva una mano a la cara. No tiene frío y apenas si va cubierta para el invierno. Lleva el suéter con cierto desdén y s ele resbala por los tirantes del vestido que lleva. Su cabello largo me recuerda a alguien.
-También tengo algo para ti. Mira.
Karelina enciende una vara que asemeja esos listones que usan las gimnastas para sus rutinas. La niña maravillada con los colores sonríe tímida sin poder evitarlo. Entonces lo toma.
-Así es, mira –le explico al niño en el suelo-. Tomas esto de aquí, jalas y listo.
Vuelvo a ver esa cara de sorpresa que tenía cuando atrapó su primera gota de lluvia. Ahora todos observamos a los niños mientras juegan. Poco a poco empiezan a perder la timidez y se dejan guiar con las instrucciones encimadas en derredor.
-Yo nunca tuve uno de esos cuando era chiquito.
-Ni yo.
-Apenas si tuve un yoyo. Si lo hubiese lanzado y se le prendieran las luces me hubiera desmayado.
-Ja ja.
-Llego contándole a mi mamá y no me cree. En serio, mamá, vi unas luces y luego…
-Ja ja ja, veías ovnis.
-Ándale, el psicólogo al día siguiente para preguntarme sobre esas luces. Cuéntame todo lo que viste.
-Qué simples.
Carmen y Sol ya juegan con la niña. Alheida repara el juguete del niño, pues se descompuso. Karelina se acerca a ayudar justo en el momento en que está listo. Jalan, sueltan y todos sonríen al verlo pasar volando entre el agua. Se aleja un poco dentro de la lluvia y voy por él.
-¿Cómo te llamas?
-Miguel.
-Miguelito.
-No, Miguel.
-Ja ja, yo decía. Miguel.
-Síguele.
-Ya sé.
-¿Cómo te llamas tú?
-Daniela.
-Daniela. Mucho gusto, Daniela.
-¿Ella cómo se llama?
-Ella se llama Carmen; ella es Sol, ella es Alheida, ella es Karelina y yo soy Luis.
-Ah.
Ya nos acercamos. Estamos tan concentrados jugando, armando, platicando, que empezamos a sudar. La lluvia aún golpetea la marquesina del cine y no han llegado. La pareja se ha recargado en el muro y observan el juego. Los padres de los niños están atentos a todo lo que sucede y por un instante se quedan viendo el uno al otro sonrientes. Empiezan a susurrarse algunas cosas. Volteo y los niños se pasean entre brazos.
-Muy tímidos, ¿no?
-Sí, ya se ambientaron.
-Yo también.
-Vayan practicando.
-Tú.
-Yo también.
Miguel ya domina el juego y Daniela pretende ser una princesa, se arregla el cabello entre ademanes de niña. Empiezo a pensar en lo otros. Los que corrieron con mejor suerte. Sonrío.
Ha llegado la hora de irse. La llovizna no ha cesado pero en un intercambio de niños entre brazos, los padres nos desean buenas noches queriendo devolver los juguetes en vano. Entonces dicen gracias apenados. Luego se marchan agazapados entre las gotas. Daniela dice adiós con una sonrisa. Miguel se queda absorto en las gotas que se ven a contra luz por sobre la marquesina y estira el brazo para atrapar una. Cierra la mano en señal de adiós. “Adiós”, decimos a coro.
-Buenas noches, dice el papá, ¿no?
-Sí, es educado. ¿Qué tiene?
-¿Podría ser mejor?
-Je je.
Nos iluminan unos faros al fin cuando nos habíamos despojado de la esperanza. Se baja Katia con una sonrisa sorprendida. No sé si por la lluvia o en señal de disculpa.
-Hey, vámonos. ¿Qué tienen?
-Nada, ¿por qué?
-Qué risueños.
-Uno que es feliz.
La lluvia empieza a cesar, como si esperara nos fuéramos para despedirse. La pareja se ve a lo lejos, caminando entre charcos, con el agua hasta las pantorrillas. Aún se les ve despreocupados mientras se toman de la mano. Es hora de partir. Ya es tarde. Es invierno y tengo calor. El frío va y se fuga con la lluvia en el resuello de la coladera al final del pasillo.
-Ya sé, podría no estar lloviendo.
-Si no estuviese lloviendo no nos habríamos quedado ahí…
-Ja ja, ya sé. Es broma.
-Ya sé.
Ya no esperábamos a nadie, sin embargo, la esperanza renacía en los faros del primer auto que semejara acercarse. Empezamos varios, pero los otros, los que han corrido con mejor suerte, se han ido yendo de uno en uno. Volteo a la derecha, Carmen, Karelina, luego a la izquierda; Alheida, Sol. Luego al suelo. El calor se me escapa del alma y lo tengo bien sujeto de las bolsas y pegadito al cuerpo, apretado, apenas amarrado de unas hebras. Entonces empiezo a recordar los días de verano cuando las gotas son de sudor y resbalan de mi frente y me quejo del calor. Cómo lo extraño ahora.
Atrás quedan unos cuantos. Una pareja, una familia con dos niños, el más chico duerme en brazos de la madre. Me ven con la misma sorpresa que ahora tenemos todos en la cara. Como si llover fuera cosa nueva. Y a veces lo es. Especialmente en esos meses donde sabemos que podría llover en cualquier momento y escogemos no esperarlo. Sonrío con la pequeñita detrás de mí y ella esconde sonrojada su cara detrás del brazo de su padre.
-Qué frío.
-Sí.
Nadie se mueve. El calor va y se fuga con la lluvia en el resuello de la coladera al final del pasillo.
Hace tiempo aprendí que en los días posteriores a mi cumpleaños siempre llueve. No sé cuándo, pero sé que siempre llega. Si tan solo les hubiese dicho.
-¿Calor o frío?
-Frío.
-Frío.
-Frío, definitivamente.
-¿De qué hablan?
-¿Qué prefieres, frío o calor?
-Ah, frío, definitivamente.
-Es más fácil de quitarse. El calor apenas con aire acondicionado.
-Quítatelo ahora.
-Chistosito.
-Ya tardaron mucho, ¿no?
-Sí, ¿se quedarían atascadas por las lluvias?
-Probablemente.
Las personas detrás empiezan a inquietarse. Ya es tarde y el pequeño ha despertado y ahora nos ve tímido desde los brazos de su padre. La niña le platica a su madre de por qué llueve. La pareja se nota despreocupada aún, susurrándose unas cuantas cosas al oído. Nosotros seguimos separados. Como si no estuviésemos dispuestos a prestar el poco calor que aún nos queda. Se escucha una sirena de ambulancia.
-¿Cómo hacen para llegar en este caos?
-Sí, es un show.
-Que manden a las de Baywatch.
-Ja ja.
-Mira tú.
-Se mueren de frío.
-Ya no aguanto.
-Ya te vi. Qué friolento eres.
-Creo que me mojé los pies. Voy a perder un cochinito.
-Nunca entendí.
-Larga historia.
El pequeño ahora quiere mojarse en la lluvia. Estira la mano para atrapar las gotas que caen y cuando una se estrella entre sus dedos, voltea sorprendido con la madre que lo ve con amor.
-Qué lindo.
-¿Quién?
-El niño, se alegró de haber atrapado una gotita.
-Je je, ternurita.
-Como para agarrarlo y aventarlo al charco; va a salir carcajeándose.
-El papá es el que te va a meter la cabeza en el charco si le sigues.
-Hola.
El niño nada más voltea con cierta desconfianza mientras sigue queriendo atrapar la lluvia. Todos tenemos prisa. Alheida quiere ir a ver a su sobrino que está en la ciudad. Sol quiere llegar a dormir. Carmen tiene reunión con la familia. Karelina, bueno, Karelina ya está mostrándole un juguete al niño que lo toma sólo después de recibir el permiso de su madre.
-¿Cómo se dice?
-Gracias.
La niña se inclina curiosa para ver qué sucede. Abre la boca en tono de expectación y se lleva una mano a la cara. No tiene frío y apenas si va cubierta para el invierno. Lleva el suéter con cierto desdén y s ele resbala por los tirantes del vestido que lleva. Su cabello largo me recuerda a alguien.
-También tengo algo para ti. Mira.
Karelina enciende una vara que asemeja esos listones que usan las gimnastas para sus rutinas. La niña maravillada con los colores sonríe tímida sin poder evitarlo. Entonces lo toma.
-Así es, mira –le explico al niño en el suelo-. Tomas esto de aquí, jalas y listo.
Vuelvo a ver esa cara de sorpresa que tenía cuando atrapó su primera gota de lluvia. Ahora todos observamos a los niños mientras juegan. Poco a poco empiezan a perder la timidez y se dejan guiar con las instrucciones encimadas en derredor.
-Yo nunca tuve uno de esos cuando era chiquito.
-Ni yo.
-Apenas si tuve un yoyo. Si lo hubiese lanzado y se le prendieran las luces me hubiera desmayado.
-Ja ja.
-Llego contándole a mi mamá y no me cree. En serio, mamá, vi unas luces y luego…
-Ja ja ja, veías ovnis.
-Ándale, el psicólogo al día siguiente para preguntarme sobre esas luces. Cuéntame todo lo que viste.
-Qué simples.
Carmen y Sol ya juegan con la niña. Alheida repara el juguete del niño, pues se descompuso. Karelina se acerca a ayudar justo en el momento en que está listo. Jalan, sueltan y todos sonríen al verlo pasar volando entre el agua. Se aleja un poco dentro de la lluvia y voy por él.
-¿Cómo te llamas?
-Miguel.
-Miguelito.
-No, Miguel.
-Ja ja, yo decía. Miguel.
-Síguele.
-Ya sé.
-¿Cómo te llamas tú?
-Daniela.
-Daniela. Mucho gusto, Daniela.
-¿Ella cómo se llama?
-Ella se llama Carmen; ella es Sol, ella es Alheida, ella es Karelina y yo soy Luis.
-Ah.
Ya nos acercamos. Estamos tan concentrados jugando, armando, platicando, que empezamos a sudar. La lluvia aún golpetea la marquesina del cine y no han llegado. La pareja se ha recargado en el muro y observan el juego. Los padres de los niños están atentos a todo lo que sucede y por un instante se quedan viendo el uno al otro sonrientes. Empiezan a susurrarse algunas cosas. Volteo y los niños se pasean entre brazos.
-Muy tímidos, ¿no?
-Sí, ya se ambientaron.
-Yo también.
-Vayan practicando.
-Tú.
-Yo también.
Miguel ya domina el juego y Daniela pretende ser una princesa, se arregla el cabello entre ademanes de niña. Empiezo a pensar en lo otros. Los que corrieron con mejor suerte. Sonrío.
Ha llegado la hora de irse. La llovizna no ha cesado pero en un intercambio de niños entre brazos, los padres nos desean buenas noches queriendo devolver los juguetes en vano. Entonces dicen gracias apenados. Luego se marchan agazapados entre las gotas. Daniela dice adiós con una sonrisa. Miguel se queda absorto en las gotas que se ven a contra luz por sobre la marquesina y estira el brazo para atrapar una. Cierra la mano en señal de adiós. “Adiós”, decimos a coro.
-Buenas noches, dice el papá, ¿no?
-Sí, es educado. ¿Qué tiene?
-¿Podría ser mejor?
-Je je.
Nos iluminan unos faros al fin cuando nos habíamos despojado de la esperanza. Se baja Katia con una sonrisa sorprendida. No sé si por la lluvia o en señal de disculpa.
-Hey, vámonos. ¿Qué tienen?
-Nada, ¿por qué?
-Qué risueños.
-Uno que es feliz.
La lluvia empieza a cesar, como si esperara nos fuéramos para despedirse. La pareja se ve a lo lejos, caminando entre charcos, con el agua hasta las pantorrillas. Aún se les ve despreocupados mientras se toman de la mano. Es hora de partir. Ya es tarde. Es invierno y tengo calor. El frío va y se fuga con la lluvia en el resuello de la coladera al final del pasillo.
-Ya sé, podría no estar lloviendo.
-Si no estuviese lloviendo no nos habríamos quedado ahí…
-Ja ja, ya sé. Es broma.
-Ya sé.
jueves, 6 de mayo de 2010
Buck Mulligan
Rimbombante Alheida posó su zapato nuevo sobre un junco al lado de la puerta principal. En un gesto digno aventó el cabello laxo y negro sobrante de su rostro e inclinando la cabeza al suelo sonrió al lustre de su nueva adquisición, mientras el brillo de sus ojos y la aurora nacarada peleaban impíos ese momento como si fuera el último. Henchida de orgullo y con el aplomo nuevo de las nuevas reinas se posó a sí misma lista para dar un discurso.
-¿Has visto qué zapatos? –gritó aún sola pero con la certeza de que alguien más abría de llenar esa pausa solemne. Se irguió sobre toda su estatura, su ascendencia noble era aquella de los dioses nórdicos e irónicamente entre aquellos hielos les sobraba mucho barro para moldear, fastuosa en esta ocasión, con los trazos de un artista. Respiró hondo y en una rápida búsqueda entre los pasantes reconoció a la joven Orlán que presurosa corría a cubrir su puesto de fiel compañera.
-¿Qué zapatos? –dijo ésta, encorvada y tomada de las enaguas para alcanzar el espacio entre el nártex de la iglesia y el pasillo. En su mueca pensativa se delineaban unos pómulos severos, contorneados por unas arrugas finas, como fino era el verde de sus ojos. Un retrato cómico y amarillento definía su expresión. Era del mismo temple que Alheida pero el peso que llevaba sobre sus hombros la condenaba a voltear siempre desde abajo, como pidiendo clemencia.
-Qué zapatos, ja. No cambias, Orlán. O’er, Ordamn. Qué nombre de hombre te ha dado tu madre; y encima vienes hecha un harapo andante. ¿Quién te llamaría a ti aún sabiendo quién te dices? Yo por eso, briboncilla, te llamo mi hermana. Qué zapatos, dice. Velos tú y dime si te reconoces en tal fulgor.
-Oh, sí, los zapatos.
-¡Pero qué zapatos! –dijo Alheida oronda, luego regaló un ademán de reverencia a la punta plateada de sus zapatillas de tacón de aguja, saludó con lisonja a Orlán, al junco, al sol y las montañas y empezó un baile socarrón con una viejecita que venía al paso-. Y así, mi querida amiga, bailaremos hasta que no hubiese suelo más bajo nosotros qué pisar –se detuvo pensativa con la mano por jubón, sujetándose el pecho como habiendo olvidado algo.
-¿Qué piensa, señorita? –dijo Orlán.
-Naderías, Orla. Es momento de festejar y me apuran más las ansias de vestirlos.
-Sus zapatos.
-Pero qué zapatos. Parecieran hechos del mismísimo escudo de Perseo.
-Sus zapatos.
-Y qué zapatos, podría morir y revivir en ellos, te lo digo ahora. ¿Has sabido de Adrie últimamente? –dijo sosteniendo su vestido por los holanes con los zapatos en las manos, danzando divertida mientras murmuraba viejas canciones escocesas, agitando los brazos casi en desorden, con el ceño de aquella vieja que las cantaba todas las mañanas por su ventana; atravesándose al paso por todo el patio central.
-Sólo que está en cama con dolor de cabeza –dijo Orlán.
-Y hasta ahora me lo dices –agregó Alheida severamente-. Vente, vamos a llevarle la fiesta que le veo mucha y faltaría una más para poder tomarla entre manos.
-Señorita.
-Ven, Orla, que el señor, todo el nuestro, nos ha prestado un soplo apenas y se me va la vida en naderías.
-Señorita.
-Que te dejo, O’er, que te dejo, Holán, que te dejo –dijo perdiéndose a la vista mucho antes de que sus cánticos cedieran a los tumultos viejos, bastante más viejos que ella.
-¡Señorita, sus zapatos¡ -gritó Orlán angustiada.
-The taen she drank her hose and shoon… ¡Pero qué zapatos!
-¿Has visto qué zapatos? –gritó aún sola pero con la certeza de que alguien más abría de llenar esa pausa solemne. Se irguió sobre toda su estatura, su ascendencia noble era aquella de los dioses nórdicos e irónicamente entre aquellos hielos les sobraba mucho barro para moldear, fastuosa en esta ocasión, con los trazos de un artista. Respiró hondo y en una rápida búsqueda entre los pasantes reconoció a la joven Orlán que presurosa corría a cubrir su puesto de fiel compañera.
-¿Qué zapatos? –dijo ésta, encorvada y tomada de las enaguas para alcanzar el espacio entre el nártex de la iglesia y el pasillo. En su mueca pensativa se delineaban unos pómulos severos, contorneados por unas arrugas finas, como fino era el verde de sus ojos. Un retrato cómico y amarillento definía su expresión. Era del mismo temple que Alheida pero el peso que llevaba sobre sus hombros la condenaba a voltear siempre desde abajo, como pidiendo clemencia.
-Qué zapatos, ja. No cambias, Orlán. O’er, Ordamn. Qué nombre de hombre te ha dado tu madre; y encima vienes hecha un harapo andante. ¿Quién te llamaría a ti aún sabiendo quién te dices? Yo por eso, briboncilla, te llamo mi hermana. Qué zapatos, dice. Velos tú y dime si te reconoces en tal fulgor.
-Oh, sí, los zapatos.
-¡Pero qué zapatos! –dijo Alheida oronda, luego regaló un ademán de reverencia a la punta plateada de sus zapatillas de tacón de aguja, saludó con lisonja a Orlán, al junco, al sol y las montañas y empezó un baile socarrón con una viejecita que venía al paso-. Y así, mi querida amiga, bailaremos hasta que no hubiese suelo más bajo nosotros qué pisar –se detuvo pensativa con la mano por jubón, sujetándose el pecho como habiendo olvidado algo.
-¿Qué piensa, señorita? –dijo Orlán.
-Naderías, Orla. Es momento de festejar y me apuran más las ansias de vestirlos.
-Sus zapatos.
-Pero qué zapatos. Parecieran hechos del mismísimo escudo de Perseo.
-Sus zapatos.
-Y qué zapatos, podría morir y revivir en ellos, te lo digo ahora. ¿Has sabido de Adrie últimamente? –dijo sosteniendo su vestido por los holanes con los zapatos en las manos, danzando divertida mientras murmuraba viejas canciones escocesas, agitando los brazos casi en desorden, con el ceño de aquella vieja que las cantaba todas las mañanas por su ventana; atravesándose al paso por todo el patio central.
-Sólo que está en cama con dolor de cabeza –dijo Orlán.
-Y hasta ahora me lo dices –agregó Alheida severamente-. Vente, vamos a llevarle la fiesta que le veo mucha y faltaría una más para poder tomarla entre manos.
-Señorita.
-Ven, Orla, que el señor, todo el nuestro, nos ha prestado un soplo apenas y se me va la vida en naderías.
-Señorita.
-Que te dejo, O’er, que te dejo, Holán, que te dejo –dijo perdiéndose a la vista mucho antes de que sus cánticos cedieran a los tumultos viejos, bastante más viejos que ella.
-¡Señorita, sus zapatos¡ -gritó Orlán angustiada.
-The taen she drank her hose and shoon… ¡Pero qué zapatos!
lunes, 3 de mayo de 2010
Si pudiera
Si pudiera hablar de cualquier cosa;
si mi voz pudiera alcanzar a tu sol por las mañanas
y te supieras tan libre como cuando mis palabras no te tocan,
-si pudieras percibir en el aire si mis palabras no te tocan-
y no huyeras completa al verme invadir tu espacio.
Si como el tiempo, que abandona al espacio de todo sentimiento, no te fueras,
y detrás quedara tu inocencia -la virtud,
siempre tan fecunda de nuevas sensaciones-,
que no es otra cosa sino tú misma;
yo sería aquel que te llama siempre,
aquel que te nombra la coautora de los días,
de estos días de los dos.
No sé de un mejor hola que aquel que se te escapa a la mirada;
no sé de otra mirada para vivir embelesado al yugo,
anárquico, acérrimo,
la voz callada y voluntariosa que nace de tus ojos,
por la cual el hombre
-este hombre-
anega mares de palabras que mueren antes de cualquier pensamiento previo.
Por la cual guardo silencio mientras como un címbalo resguardado
espero que los sonidos -el tuyo, el mío-,
se entrelacen libremente aniquilando al ruido indigno,
en un saludo que ha nacido mucho antes de entre las almas.
El principio mismo de la pasión por la que muero.
Un hola antes que un adiós.
No sé vivir en la duda.
Si vivo es por un sonido; si muero es por saber de ti.
Existir es nunca dejar de sentir.
Ugolino Marevi
L.C.
si mi voz pudiera alcanzar a tu sol por las mañanas
y te supieras tan libre como cuando mis palabras no te tocan,
-si pudieras percibir en el aire si mis palabras no te tocan-
y no huyeras completa al verme invadir tu espacio.
Si como el tiempo, que abandona al espacio de todo sentimiento, no te fueras,
y detrás quedara tu inocencia -la virtud,
siempre tan fecunda de nuevas sensaciones-,
que no es otra cosa sino tú misma;
yo sería aquel que te llama siempre,
aquel que te nombra la coautora de los días,
de estos días de los dos.
No sé de un mejor hola que aquel que se te escapa a la mirada;
no sé de otra mirada para vivir embelesado al yugo,
anárquico, acérrimo,
la voz callada y voluntariosa que nace de tus ojos,
por la cual el hombre
-este hombre-
anega mares de palabras que mueren antes de cualquier pensamiento previo.
Por la cual guardo silencio mientras como un címbalo resguardado
espero que los sonidos -el tuyo, el mío-,
se entrelacen libremente aniquilando al ruido indigno,
en un saludo que ha nacido mucho antes de entre las almas.
El principio mismo de la pasión por la que muero.
Un hola antes que un adiós.
No sé vivir en la duda.
Si vivo es por un sonido; si muero es por saber de ti.
Existir es nunca dejar de sentir.
Ugolino Marevi
L.C.
lunes, 5 de abril de 2010
jueves, 25 de marzo de 2010
A
Muchas veces tuve esa fantasía: Un cuarto semioscuro, una figura recostada en la cama, una canción de “Doo wop”. Las sombras se funden con el estampado del muro y una, curiosa, va y recorre su brazo hasta llegar al buró y perderse entre la sombra de un libro y la lámpara.
Aquí hace frío; siempre llueve en enero; un pequeño destello de agua se posa en mi nariz un instante antes de saltar al vacío con apenas peso; como impelida por un espíritu guerrero que le hace inmortal con cada “plop” en el suelo; tarde o temprano siempre llueve. El eco de las casas adormiladas me sigue en un juego de sonido sólido. Tacón, punta, tacón. Entonces pienso en Poe y sus historias de terror. Nunca pude resistir el inconfundiblemente sofisticado sonido del paso educado y elocuente. Un gato negro atraviesa mi ensueño. La gabardina se viste de cientos de gotas seminales y el silbido místico del viento me retrae de nuevo a mis historias; una en un lugar común: Las paredes son rojas, rojas manchadas de hueso. Asemejan un arreglo de coronas dispuestas infinitamente en la habitación iluminada por ese enorme candelabro central. En la penumbra el cuarto entero se viste de vino y la lámpara de la mesita sigue encendida. En lo alto de los muros se aprecian los dinteles y las gárgolas que rematan su estilo abigarrado. A pesar de su espaciosa frescura se siente su calor en el umbral de la puerta; como el calor de la cercanía de los cuerpos; tenue y sensible. Me detengo un momento a imaginar el cuadro: Un poco de contraste aquí, un poco de luz allá, su brazo estirado; pareciera que ha dormido así por siglos y es que la extraño.
Sigo a mi izquierda en la cuchilla y me sumerjo en una realidad alterna, más oscura y de ruidos amortiguados por las ramas de los árboles que nacen desde las aceras y se abrazan en lo alto de la calle formando un capullo de irrealidad. Me siento renacido. La metamorfosis. Esa fresca verja que cubre por completo la callejuela por la que ahora camino. De súbito el eco me ha dejado solo, intentando entrar por entre las hojas tupidas de color. “Está dormida”, susurro. Un ave suelta un quejido por la sorpresa de mi voz y canta en reflejo. Meto mi mano en el bolsillo y busco las llaves. Su dulce tintineo me hace recordar la charola plateada de esas tardes de serenidad. Siempre le encantaron las galletas de mantequilla; a mí me fascinaba prepararle el café. Tomo su taza favorita y cualquiera para mí. Nunca me gustó tan dulce pero hoy la tomaré como ella: Un poco más de azúcar y la crema. Cómo explicar tal deleite, tal aroma en el ambiente. Respiro hondo y es tierra mojada. Aquí hace frío y la luz del farol tirita entre claroscuros de una noche húmeda; tímida a mi pasar. A medida que salgo del túnel empiezo a recordar la lluvia.
Suelto la última galleta en un trinar disparejo. Aquí no se escuchan mis pisadas. Aquí siempre me escapo descalzo hasta la cocina justo como un pensamiento excitado por las ansias. Entro sigilosamente en la habitación y dejo las cosas en la mesita. No mueve un dedo. Tomo uno de los libros amontonados y comienzo a leer. Por entre mis lentes se hace omnipresente su figura plateada y difuminada. El cabello le cubre el rostro y apenas si alcanzo a distinguir su gesto apacible. Dibujo su rostro en mi mente con los crayones de la cómoda. Entonces me atrevo a dibujar sus sueños. Siempre dijo cuánto deseaba viajar por el mundo y conocer algún lugar de fantasía y al llegar las vacaciones siempre decidió quedarse. Haríamos cualquier cosa que se nos viniera a la mente. Y empiezo a dibujar: La Torre Eiffel, las pirámides, Florencia, Roma, el Big Ben. Apenas si volteo a verles. Prefiero quedarme en su mirada. Prefiero ver su cabello laxo, largo, negro, caer sobre sus hombros y esa sonrisa después de que he dicho algo por cualquier café. Podría vivir perdido en su mirada justo antes del “qué” que me lanza cada vez que me olvido de hablar. Invariablemente empiezo a trazar su figura recostada entre las sábanas. Poco a poco ya no son sólo las sombras las que se funden con el estampado; su cabellera entre el clóset, sus manos sobre el perla de sus ropas, sus piernas que vienen y se enredan a mi alrededor mientras les dibujo un beso a todo lo largo para recordarle que son mías desde aquella primera vez en que la vi. Y me pregunto qué historias dibujaría en mi lugar. Sigo leyendo.
Me aproximo a casa. La lluvia ha cedido ante el sopor de la noche. Un vaho de neblina se levanta por sobre el río a la distancia en una metáfora desgastada del olvido. El croar de las ranas me llega sincrónico mientras el perro del vecino me ladra en señal de reconocimiento antes de seguir durmiendo. Volteo a mi izquierda y recorro el camino en mi mente una vez más, siempre igual, por las tantas veces que he vivido este momento y las miles más que podría hacerlo.
Ahora se mueve como si hubiese recordado algo. Aprieta los ojos aún cerrados mientras con el brazo lleva la almohada por debajo de su cabello hasta su oreja. Percibo que su respiración se apresura. Un suspiro profundo. Coloco el libro sobre la mesa. El tic-tac del reloj se detiene en vilo antes de quedarme a solas a disfrutar este momento. La música se escurre desde la sala por el suelo hasta las cobijas. Entonces un cosquilleo le llama. Abre los ojos y por un instante debe recordar dónde está. Me mira fijamente.
-Hola.
-Hola.
-Me quedé dormida.
-Lo sé.
Sonríe. Se quita el cabello del rostro mientras hunde su cabeza en la almohada.
-Preparé el café.
-¿Sí?
Sonríe de nuevo, después, la nada de nuestras miradas. Sé que el fino cristal del silencio vibrará inevitablemente deleznable por ese “qué” en el aire.
Meto la llave en la chapa y echo un último vistazo a la calle vacía; quizá mañana, quizá mañana le invite un café.
Alheida.
Aquí hace frío; siempre llueve en enero; un pequeño destello de agua se posa en mi nariz un instante antes de saltar al vacío con apenas peso; como impelida por un espíritu guerrero que le hace inmortal con cada “plop” en el suelo; tarde o temprano siempre llueve. El eco de las casas adormiladas me sigue en un juego de sonido sólido. Tacón, punta, tacón. Entonces pienso en Poe y sus historias de terror. Nunca pude resistir el inconfundiblemente sofisticado sonido del paso educado y elocuente. Un gato negro atraviesa mi ensueño. La gabardina se viste de cientos de gotas seminales y el silbido místico del viento me retrae de nuevo a mis historias; una en un lugar común: Las paredes son rojas, rojas manchadas de hueso. Asemejan un arreglo de coronas dispuestas infinitamente en la habitación iluminada por ese enorme candelabro central. En la penumbra el cuarto entero se viste de vino y la lámpara de la mesita sigue encendida. En lo alto de los muros se aprecian los dinteles y las gárgolas que rematan su estilo abigarrado. A pesar de su espaciosa frescura se siente su calor en el umbral de la puerta; como el calor de la cercanía de los cuerpos; tenue y sensible. Me detengo un momento a imaginar el cuadro: Un poco de contraste aquí, un poco de luz allá, su brazo estirado; pareciera que ha dormido así por siglos y es que la extraño.
Sigo a mi izquierda en la cuchilla y me sumerjo en una realidad alterna, más oscura y de ruidos amortiguados por las ramas de los árboles que nacen desde las aceras y se abrazan en lo alto de la calle formando un capullo de irrealidad. Me siento renacido. La metamorfosis. Esa fresca verja que cubre por completo la callejuela por la que ahora camino. De súbito el eco me ha dejado solo, intentando entrar por entre las hojas tupidas de color. “Está dormida”, susurro. Un ave suelta un quejido por la sorpresa de mi voz y canta en reflejo. Meto mi mano en el bolsillo y busco las llaves. Su dulce tintineo me hace recordar la charola plateada de esas tardes de serenidad. Siempre le encantaron las galletas de mantequilla; a mí me fascinaba prepararle el café. Tomo su taza favorita y cualquiera para mí. Nunca me gustó tan dulce pero hoy la tomaré como ella: Un poco más de azúcar y la crema. Cómo explicar tal deleite, tal aroma en el ambiente. Respiro hondo y es tierra mojada. Aquí hace frío y la luz del farol tirita entre claroscuros de una noche húmeda; tímida a mi pasar. A medida que salgo del túnel empiezo a recordar la lluvia.
Suelto la última galleta en un trinar disparejo. Aquí no se escuchan mis pisadas. Aquí siempre me escapo descalzo hasta la cocina justo como un pensamiento excitado por las ansias. Entro sigilosamente en la habitación y dejo las cosas en la mesita. No mueve un dedo. Tomo uno de los libros amontonados y comienzo a leer. Por entre mis lentes se hace omnipresente su figura plateada y difuminada. El cabello le cubre el rostro y apenas si alcanzo a distinguir su gesto apacible. Dibujo su rostro en mi mente con los crayones de la cómoda. Entonces me atrevo a dibujar sus sueños. Siempre dijo cuánto deseaba viajar por el mundo y conocer algún lugar de fantasía y al llegar las vacaciones siempre decidió quedarse. Haríamos cualquier cosa que se nos viniera a la mente. Y empiezo a dibujar: La Torre Eiffel, las pirámides, Florencia, Roma, el Big Ben. Apenas si volteo a verles. Prefiero quedarme en su mirada. Prefiero ver su cabello laxo, largo, negro, caer sobre sus hombros y esa sonrisa después de que he dicho algo por cualquier café. Podría vivir perdido en su mirada justo antes del “qué” que me lanza cada vez que me olvido de hablar. Invariablemente empiezo a trazar su figura recostada entre las sábanas. Poco a poco ya no son sólo las sombras las que se funden con el estampado; su cabellera entre el clóset, sus manos sobre el perla de sus ropas, sus piernas que vienen y se enredan a mi alrededor mientras les dibujo un beso a todo lo largo para recordarle que son mías desde aquella primera vez en que la vi. Y me pregunto qué historias dibujaría en mi lugar. Sigo leyendo.
Me aproximo a casa. La lluvia ha cedido ante el sopor de la noche. Un vaho de neblina se levanta por sobre el río a la distancia en una metáfora desgastada del olvido. El croar de las ranas me llega sincrónico mientras el perro del vecino me ladra en señal de reconocimiento antes de seguir durmiendo. Volteo a mi izquierda y recorro el camino en mi mente una vez más, siempre igual, por las tantas veces que he vivido este momento y las miles más que podría hacerlo.
Ahora se mueve como si hubiese recordado algo. Aprieta los ojos aún cerrados mientras con el brazo lleva la almohada por debajo de su cabello hasta su oreja. Percibo que su respiración se apresura. Un suspiro profundo. Coloco el libro sobre la mesa. El tic-tac del reloj se detiene en vilo antes de quedarme a solas a disfrutar este momento. La música se escurre desde la sala por el suelo hasta las cobijas. Entonces un cosquilleo le llama. Abre los ojos y por un instante debe recordar dónde está. Me mira fijamente.
-Hola.
-Hola.
-Me quedé dormida.
-Lo sé.
Sonríe. Se quita el cabello del rostro mientras hunde su cabeza en la almohada.
-Preparé el café.
-¿Sí?
Sonríe de nuevo, después, la nada de nuestras miradas. Sé que el fino cristal del silencio vibrará inevitablemente deleznable por ese “qué” en el aire.
Meto la llave en la chapa y echo un último vistazo a la calle vacía; quizá mañana, quizá mañana le invite un café.
Alheida.
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