miércoles, 25 de abril de 2007

Anecdotando

Desde hace muchos años he tenido la buena costumbre de regalar cosas al azar. Cualquier regalo a cualquier persona. Por años también, imaginé mil historias acerca de cómo esa persona tomaría este gesto tan extraño y por qué no, a veces incluso perturbador. Es difícil que una persona acepte regalos de un extraño, más aún costosos. Ya sea el postre a una feliz pareja en el restaurante, flores a la maestra, chocolates a la hermosa chica de la tienda, poemas a la señora del autobús. Cualquier cosa que pensara pudiera alegrarle el día a alguien más. Obviamente, con el paso de los años, nunca tuve una reacción al respecto. Nunca volví a saber nada de esa gente y si al contar lo que les pasó ese día, mi regalo iba entre las historias. Nunca hasta un día en que pasó.

Hace 4 años estaba sentado en la sala de espera de una gran compañía en Culiacán por cuestiones de trabajo. Pasaban los minutos y no me atendían. En ese lapso, noté que la recepcionista del lugar era muy bonita y al parecer, simpática; aunque ese fuera su trabajo. Tomé la pluma que siempre llevé conmigo y buscando dónde escribir, no encontré más que un billete de un dólar que cargaba siempre conmigo. Me puse a escribir. No recuerdo bien qué dije, no recuerdo bien qué pensé, pero terminé de escribir, tapé la pluma y guardé el billete hasta que fuera hora de partir. Al despedirme de los negocios, me acerqué a recepción y le dije simplemente: "Toma, es para ti". Di media vuelta y me olvidé del asunto pronto.

Mi hermana cumple años el 30 de marzo, como siempre, este año también festejó. Se reunieron sus amigos, los de siempre, los nuevos, todos mezclados en un abrazo grupal que duró toda la noche. Podría decir que fue un día más, no les voy a mentir. No porque no fuera bello, sino, porque era su día y sinceramente nunca conocí a sus amigos tan bien. Cumplí y me fui a dormir temprano. Pero no lo fue. Estaba yo preparando todo para la llegada de mi hermana. El karaoke, la comida, las sillas, las mesas, cuando de pronto, llega la primera invitada. Muy temprano para cualquiera que conozca a los amigos de mi hermana, pero allí estaba. Saludó, pasó y se sentó a la mesa. Me sentí comprometido a hacerla sentirse bienvenida y la saludé. Cuando la vi, me acordé al instante de quién era y rápidamente se me vino una sonrisa, al menos a la mente. ¿Se acordaría? Era mi oportunidad de saber si alguien había encontrado algo especial en mi detalle. Así que le pregunté. "Tú trabajabas en Fincasa, ¿verdad? Ahora Fincamex". "Sí", me contestó, "aunque hace rato que renuncié. ¿Cómo sabes?" Sólo atiné a decir: Una vez te regalé un poema en un billete de dólar. Sonrió. De inmediato empezó a platicarme de cómo le parecía conocido y no sabía dónde me había visto antes. Incluso recordó que usaba el cabello largo en aquel entonces y luego dijo: "Aún tengo ese dólar". Sonreí, y me dije, bueno, fue especial. Le contesté con una risa un tanto incrédula y agradecí. "En verdad, me dijo, aquí lo traigo conmigo". Por unos instantes el tiempo fue muy lento, mientras alcanzaba algo en su bolso, lo que luego resultaba ser el dólar en el que hacía 4 años le había regalado un poema a una perfecta desconocida. "Siempre lo traigo conmigo" me dijo. "Es muy especial".

No supe qué dijo después, para ser honesto, apenas creo recordar su nombre. Fue una noche especial y me alegró mucho saber que sí, que a veces los pequeños detalles cuentan. Cuatro años después, aún hacen sonreír.

1 comentario:

Pequeña Saltamontes dijo...

Y aunque pasen 10 años, yo también recordaré.