lunes, 5 de abril de 2010

5 de Abril de 2010

Tiene novio desde el 1ro.

Podría morir un día como hoy.

A.

jueves, 25 de marzo de 2010

A

Muchas veces tuve esa fantasía: Un cuarto semioscuro, una figura recostada en la cama, una canción de “Doo wop”. Las sombras se funden con el estampado del muro y una, curiosa, va y recorre su brazo hasta llegar al buró y perderse entre la sombra de un libro y la lámpara.
Aquí hace frío; siempre llueve en enero; un pequeño destello de agua se posa en mi nariz un instante antes de saltar al vacío con apenas peso; como impelida por un espíritu guerrero que le hace inmortal con cada “plop” en el suelo; tarde o temprano siempre llueve. El eco de las casas adormiladas me sigue en un juego de sonido sólido. Tacón, punta, tacón. Entonces pienso en Poe y sus historias de terror. Nunca pude resistir el inconfundiblemente sofisticado sonido del paso educado y elocuente. Un gato negro atraviesa mi ensueño. La gabardina se viste de cientos de gotas seminales y el silbido místico del viento me retrae de nuevo a mis historias; una en un lugar común: Las paredes son rojas, rojas manchadas de hueso. Asemejan un arreglo de coronas dispuestas infinitamente en la habitación iluminada por ese enorme candelabro central. En la penumbra el cuarto entero se viste de vino y la lámpara de la mesita sigue encendida. En lo alto de los muros se aprecian los dinteles y las gárgolas que rematan su estilo abigarrado. A pesar de su espaciosa frescura se siente su calor en el umbral de la puerta; como el calor de la cercanía de los cuerpos; tenue y sensible. Me detengo un momento a imaginar el cuadro: Un poco de contraste aquí, un poco de luz allá, su brazo estirado; pareciera que ha dormido así por siglos y es que la extraño.
Sigo a mi izquierda en la cuchilla y me sumerjo en una realidad alterna, más oscura y de ruidos amortiguados por las ramas de los árboles que nacen desde las aceras y se abrazan en lo alto de la calle formando un capullo de irrealidad. Me siento renacido. La metamorfosis. Esa fresca verja que cubre por completo la callejuela por la que ahora camino. De súbito el eco me ha dejado solo, intentando entrar por entre las hojas tupidas de color. “Está dormida”, susurro. Un ave suelta un quejido por la sorpresa de mi voz y canta en reflejo. Meto mi mano en el bolsillo y busco las llaves. Su dulce tintineo me hace recordar la charola plateada de esas tardes de serenidad. Siempre le encantaron las galletas de mantequilla; a mí me fascinaba prepararle el café. Tomo su taza favorita y cualquiera para mí. Nunca me gustó tan dulce pero hoy la tomaré como ella: Un poco más de azúcar y la crema. Cómo explicar tal deleite, tal aroma en el ambiente. Respiro hondo y es tierra mojada. Aquí hace frío y la luz del farol tirita entre claroscuros de una noche húmeda; tímida a mi pasar. A medida que salgo del túnel empiezo a recordar la lluvia.
Suelto la última galleta en un trinar disparejo. Aquí no se escuchan mis pisadas. Aquí siempre me escapo descalzo hasta la cocina justo como un pensamiento excitado por las ansias. Entro sigilosamente en la habitación y dejo las cosas en la mesita. No mueve un dedo. Tomo uno de los libros amontonados y comienzo a leer. Por entre mis lentes se hace omnipresente su figura plateada y difuminada. El cabello le cubre el rostro y apenas si alcanzo a distinguir su gesto apacible. Dibujo su rostro en mi mente con los crayones de la cómoda. Entonces me atrevo a dibujar sus sueños. Siempre dijo cuánto deseaba viajar por el mundo y conocer algún lugar de fantasía y al llegar las vacaciones siempre decidió quedarse. Haríamos cualquier cosa que se nos viniera a la mente. Y empiezo a dibujar: La Torre Eiffel, las pirámides, Florencia, Roma, el Big Ben. Apenas si volteo a verles. Prefiero quedarme en su mirada. Prefiero ver su cabello laxo, largo, negro, caer sobre sus hombros y esa sonrisa después de que he dicho algo por cualquier café. Podría vivir perdido en su mirada justo antes del “qué” que me lanza cada vez que me olvido de hablar. Invariablemente empiezo a trazar su figura recostada entre las sábanas. Poco a poco ya no son sólo las sombras las que se funden con el estampado; su cabellera entre el clóset, sus manos sobre el perla de sus ropas, sus piernas que vienen y se enredan a mi alrededor mientras les dibujo un beso a todo lo largo para recordarle que son mías desde aquella primera vez en que la vi. Y me pregunto qué historias dibujaría en mi lugar. Sigo leyendo.
Me aproximo a casa. La lluvia ha cedido ante el sopor de la noche. Un vaho de neblina se levanta por sobre el río a la distancia en una metáfora desgastada del olvido. El croar de las ranas me llega sincrónico mientras el perro del vecino me ladra en señal de reconocimiento antes de seguir durmiendo. Volteo a mi izquierda y recorro el camino en mi mente una vez más, siempre igual, por las tantas veces que he vivido este momento y las miles más que podría hacerlo.
Ahora se mueve como si hubiese recordado algo. Aprieta los ojos aún cerrados mientras con el brazo lleva la almohada por debajo de su cabello hasta su oreja. Percibo que su respiración se apresura. Un suspiro profundo. Coloco el libro sobre la mesa. El tic-tac del reloj se detiene en vilo antes de quedarme a solas a disfrutar este momento. La música se escurre desde la sala por el suelo hasta las cobijas. Entonces un cosquilleo le llama. Abre los ojos y por un instante debe recordar dónde está. Me mira fijamente.
-Hola.
-Hola.
-Me quedé dormida.
-Lo sé.
Sonríe. Se quita el cabello del rostro mientras hunde su cabeza en la almohada.
-Preparé el café.
-¿Sí?
Sonríe de nuevo, después, la nada de nuestras miradas. Sé que el fino cristal del silencio vibrará inevitablemente deleznable por ese “qué” en el aire.
Meto la llave en la chapa y echo un último vistazo a la calle vacía; quizá mañana, quizá mañana le invite un café.



Alheida.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Hoy le hablé

Parece que no está interesada.

Se siente como que nadie nunca lo está.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Hola

Le dijo hola y él le contestó. Así, con la voz enredada apenas entre las cuerdas, desafinada. Buscando entre tartamudeos el significado de esa nueva palabra. Un buenos días sabía manejar. Después de todo lo venía oyendo desde chiquito y no es gran compromiso. Se contesta, se mueve los ojos como diciendo sí, parece bueno, ya dirá Dios. Pero no un hola. Entonces tienes que detenerte en la mirada, aunque sea un segundo para saber quien te presta las palabras. Para saber si no es que lo conoces de antes o tengas que quedarte a conocerlo de ahora. Eso no pasa con el buenos días. Mueves los ojos, mueves la cabeza y si lo dices, lo dices y te vas.

Pero a ella la conocía bien. No de andadas, pero ahí estaba todos los días al pasar. Quizá incluso alguna vez se dijeron buenos días, pero quién recuerda esas cosas. Se saluda y se sigue. Así era con ella. Incluso mucho después de que él la había notado. Se veía tan linda esperando todas las mañanas. Quizá esperaba a alguien y él sólo pasaba muy temprano como para alcanzar a verla irse de la mano de aquél. Pero entonces nunca la había visto así; sólo era seguro que se iba tomada de la mano de alguien. Después de todo era muy bonita y estaba sola. Seguro no era el único que la había notado. Si él la notó desde el primer día y no acostumbraba notar a nadie; él nomás decía buenos días. Y no se necesitaba ser muy vivo para darse cuenta de que ella siempre estaba ahí y que el cabello se le corría hacia la cara y que siempre batallaba con él, con él y con esa brisa que aún es fresca en las mañanas; en ese vestido blanco de tirantes que bailaba solo con el aire y esos ojos que asemejaban una sonrisa; su sonrisa. Quizá ésa con la que esperaba al otro todos los días, desde muy temprano. Y él ahí, parado a un lado, como esperando nunca aparezca nadie y se haga noche y entonces tenga que llevársela a casa porque la han olvidado. Pero quién la iba a olvidar, si a veces cuando sonreía parecía de los mismos ángeles que cuentan las historias. Seguro había dos o tres más que quisieran llevársela para nunca volver. Porque así parecía ella, de esas que uno quiere para perderse por siempre, aunque sea en su mirada, para nunca volver.

Entonces qué se dice. Un buenos días es muy fácil; se mueve los ojos, se murmura. Eso basta para decir buenos días a veces. Cuando no tienes que llevarte nada contigo. Cuando no tienes que llevarte lejos esa sonrisa, muy lejos, porque no sabrías qué hacer con ella. Cuando parado frente a ella agarras al tiempo de las ropas antes de que se la lleve de la mano.

Cuando le dijo hola.

Y por un instante fue como si toda la vida le hubiese estado esperando.

De Alheida, con todo mi amor.

Con el tiempo

A veces cuando estás cerca parece que oigo la mañana, cerquita, aquí en el pecho. Como si le hablaras al corazón muy bajito, susurrándole de un buen de razones que no entiende, para amansarlo como se amansa a los niños cuando no dejan de berrear; porque cuando empieza a berrear pareciera que de un chasquido revienta y no vuelve a ser cosa útil qué rejuntar. Así es mi corazón a veces y es a veces que estás cerca para hablarle bonito.

A veces cuando no estás no pasa nada. Nomás me siento a ver pasar la vida como recuerdos de muchas veces antes que estuve sentado donde mismo, viendo pasar la vida. A veces, cuando ya no pasa como antes porque de tanto reír se pasaban las horas como el agua. Como deben pasar las horas cuando andas por aquí, porque cuando menos pienso, te has ido y ahí estoy, sentado otra vez, deseando hubiera menos vida para pasar y mucha más de ésa para quedarse; pero ésas nunca van de la mano. Uno supondría que la vida que dura en la mente es la que más tiempo lleva con nosotros, pues nos la sabemos de memoria; pero no es así. Si sólo basta una sonrisa para nunca volverla a olvidar. Y cuánto dura una sonrisa. Entonces cuando me pongo a recordar la vida todo dura tan poco que todo se termina en un suspiro. Creo que así se hacen los suspiros. Porque cuando me preguntan: ¿Por qué suspiras tanto, tú? No llores, nomás acuérdate; tienen razón, pues es acabo de ver pasar zumbando por mi mente un recuerdo tan fugaz que bien pareciera nomás un suspiro. Por eso cuando me dan ganas de pensar suspiro. A veces, cuando no estás.

A veces me pregunto si no se podrán juntar estas dos cosas. Que cuando estés cerca el tiempo se pase así de lento como cuando me siento solo en la casa a recorrer los muebles que ya no recuerdo. Así tendría yo más tiempo para reír como cuando chiquito y no pensar en nada más que llegar a casa apurado a dormir para verte al otro día. Pero entonces me acuerdo de la vida que se aprende uno. Ésa que se sabe de memoria. Capaz que me aprendo tan bien tu imagen, tus gestos, tu voz, que al ratito no halle entre ellos una sonrisa que salvar. Que después de mucho tiempo, al quedarme solo en casa, se me olvide cómo pensar en ti, en todas las cosas y no haya recuerdo que merezca ni un suspiro. Me pregunto si así pasarán esas cosas. Que de tanto vernos se nos olviden las cosas que sí se aprende uno. Tus dientes en los labios, tu cabello cortito y más que nada, cómo se siente de bonito cuando le murmullas al corazón secretos que nomás el tuyo sabía y no recordaba ni cómo decir. Quizá porque vienes de tanto tiempo aprendido que ya no te parabas a pensar.

Entonces mejor me quedo como estoy. Porque entonces cuando estás puedo sentir ese sonido tibio de mañana muy cerquita en el pecho, apretado a las costillas… y cuando me pongo a pensar, suspiro, cuando te has ido.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

¡Feliz cumpleaños, Alhe!

El mejor de los días, niña hermosa :)
Te quiero como no tienes idea;
o quizá sí =)

domingo, 8 de marzo de 2009

Emos

Hoy platicaba con una amiguita de Bogotá, Colombia.
Puso su webcam y le dije:
-Te ves un poco triste, ¿sucede algo?
Me dice:
-Es que soy emo, así debemos de vernos.

Plop.
Ya estoy viejo.