domingo, 17 de febrero de 2013

Tercera llamada

Era fácil deducir de dónde venían esas manos temblorosas y moldeadas en callos. Una enorme caravana, un productor empedernido, un acto hechizo de quiromancia. Aún se le sentía lúcido como en antaño, pero ahora el espejo se le desprendía de la mirada en un reflejo repulsivo. Había envejecido en algún punto entre escupir sobre sus palmas y codos quebradizos como única crema humectante, y atacar las garnachas, frijoles, tortas, chilaquiles, o cualquier cosa al alcance, como desayuno. Incluso en ocasiones, cuando el dinero faltaba, podía encontrar la saciedad en la confitería de junto, confundiendo al hambre con cualquier regaliz.

Era fácil saber que la vida no era mucha entre los jirones de tela que cargaba como ropa. Un enorme garañón de mil batallas, ahora tranquilo, sonriente. Justo cuando inerme, la vida desdeñaba darle una última pelea.

Sentado en las ruinas de su viejo apartamento, soñaba con aquellos días de grandes espectáculos, de dinero, de hermosas mujeres. Cuando tenía peso sobre el destino, sobre la vida entera. Ahí, bañado por el relente nocturnal, entregaba sus últimas palabras a los grillos o las libélulas que merodeaban las cristalinas telarañas que lustraba la luna.

-Es un milagro –dijo en un último suspiro-. Todo el tiempo tuve la vida en mis manos. Toda la vida tuve el tiempo… Siempre peleando por más. Y ahora que el minutero se alarga mucho más allá de mi hora, parece que ya no nos seguimos el paso, y no se me ocurre nada más. Si tan sólo hubiera sabido antes habría conseguido unos cuantos números extra, una última función; que estas nuevas líneas de mis manos no fueran arrugas sino una historia más qué contar. Caray, si bien sabía yo que de todos es la vida la única que no se deja emborucar.

Meditabundo esperaba el fin, preocupado apenas por vez primera, con la voz ahogada y el pecho compungido, cavando su cárcava en el corazón.

martes, 17 de abril de 2012

Wicked Tree


No sé por qué planté el árbol. Mi papá me regañó en cuanto lo vio. Que para qué quería un árbol tan grande en medio del sembradío. Que para eso no era la tierra. Pero a mí no me importó. Esa mañana atravesé el campo muy tempranito, mucho antes de que cantaran los gallos, y metí las raíces entre los tomates, suponiendo que así tendría qué comer cuando yo anduviera muy ocupado con las gallinas y los becerros como para cuidarlo. Fue entonces que mi papá echó el grito al cielo, pero a mí no me importó.
Ni el primero ni el segundo verano pasó nada. El árbol no era más que una vara seca engarruñada en el suelo. Pero para el tercero ya había echado una rama. Apenas ahí, una pizca más que la nada. Una pequeña varita chueca y bizca, que apuntaba en dos direcciones. Mínima, endeble y desnuda. Pero así la cuidé. Todos los días la regaba y la abonaba con la tierra fértil de en derredor y se me figuraba que crecía como el más alto de los robles y que luego colgaríamos un columpio de su rama más fuerte, pero entonces la ramita se escondía entre la maleza y no la volvía a ver sino hasta que mi padre renegaba con ella por querer crecer en un lugar donde hasta los mismos gusanos le robaban la comida. Pero yo ya no hacía caso de reniegos, todo desde el día en que al irme a dormir, ya muy cansado, vi a mi padre abrirle espacio al palo en el suelo, y a esa rama bipartida que ahora se separaba en otras dos que tampoco tenían forma, y entonces pensé la abonaba con la tierra de sus manos, la regaba con el sudor enajenado de su frente hasta caer dormido y no recordarle más.
Habían pasado muchos años y ya andaba yo pensando que era igual de terco que mi padre; que ese atado de palos y ramas chuecas habían sido un berrinche más de niño y que qué tenía que andar haciendo un árbol en medio de los tomates si no era cosa qué comer. Eso andaba yo pensando esta mañana, muy temprano, con un hacha y el azadón en mano, cuando al llegar al campo con mi padre, que me lo encuentro en flor.

viernes, 30 de marzo de 2012

You

Is al I do.

jueves, 15 de marzo de 2012

Talla 0 (remake)

No espero crean siquiera una palabra de lo que estoy a punto de relatar, no se los pediría yo que aún ahora, sumido al fin y después de mucho tiempo de autoanálisis y la más pura compasión en la más dócil de las normalidades, despierto todas las noches agobiado por el imposible terror de un sinfín de pesadillas elementales que, en medio de la opiácea penumbra que reina en mi habitación o acaso en mi subconsciente, lo cubren todo y el ancho pasillo que apurado cruzo cargado con la obsesiva esperanza de estar equivocado, deseando todo haya sido la inocente fantasía de los abismos de mi mente perturbada, sólo para llegar hasta su cuna y ver que todo es real, tan real como mis palabras y este mundo que me he creado; este extraño suceso que tengo que vivir y amamantar como el más largo y profundo de los sueños.

Muchas veces antes había visto este caso repetirse como una más de las muchísimas singularidades inherentes al ser humano. Desde tiempos antiguos la lucha por ser aceptado por una comunidad, un grupo, una clase social, un dios o simplemente por el ser deseado (amado diríamos hoy) ha sido la piedra angular de la supervivencia y evolución del ser humano a como hoy existe. En términos generales esa lucha siempre ha estado estrechamente ligada a nuestra concepción más instintiva de la belleza (desde un punto de vista científico, se observa que los animales buscan en su pareja la salud y la seguridad de que al reproducirse las crías, éstas posean la fuerza necesaria para sobrevivir y perpetuar a su especie, esto es, el ejemplar más “hermoso” a sus ojos es aquel que le dará los mejores críos; y a la vez, esto resulta singularmente verdadero en esos casos en que la probable belleza del plumaje, las escamas o la apariencia general de esa cría le permitirán encontrar una mejor pareja con la cual reproducirse).

Inmortalizada en nuestra memoria ha quedado la concepción de la perfección de los dioses y querubines que rollizos y en extremo felices aparecen en sinfín de pinturas y esculturas a través de generaciones, dejando claro que con el buen porvenir venían las buenas carnes. Baco mismo, en la cultura griega, era representado como un dios obeso y por demás glotón.

Los romanos de la clase acomodada, tiempo después, solían autoinducirse el vómito después de alguno de sus majestuosos banquetes y ya en el siglo X, Aurelianus describió al hambre mórbido como un apetito feroz con deglución en ausencia de masticación y vómito autoprovocado.

Con el tiempo la cuestión estética pasó a ser política y luego espiritual. Los primeros religiosos, muy a su conveniencia, escribieron (por orden divina) que la glotonería y excesos de los altos mandos estaban influenciados por el diablo y el ascetismo arrastró con él el placer de tan pecaminosos festines. Ser obeso era bien visto y hasta admirado entre las clases altas, ser aceptado por un dios y su religión exigía el ayuno; permanecer delgado y ajeno a todo placer conminado por Satanás.
De estos hechos se ha hablado mucho, y me doy la libertad de parafrasear algunos datos históricos ya condensados:

“Javier San Sebastián Cabasés, Jefe de la Unidad de Psiquiatría Infanto-Juvenil del Hospital Ramón y Cajal (Universidad Alcalá de Henares, España), nos remite al siglo IX, donde un monje de Monhein (Baviera) refiere la milagrosa curación de la joven Friderada, "que tras un periodo de apetito voraz deja de comer por completo, vomita los lácteos que ingiere y finalmente es curada por la Santa Wilgefortis". Por la misma época, la historia de Santa Wilgefortis, una joven mártir portuguesa, más parece la descripción de un auténtico cuadro clínico de nuestro tiempo: "Era por el año 800 D.C. En una lujosa estancia de un castillo portugués, la hija del rey rechazaba los alimentos que le ofrecían, ayunaba y si la forzaban a comer vomitaba. Enflaquecía desmesuradamente frente a sus padres, y prácticamente se estaba dejando morir de hambre. Todo antes de romper su voto de castidad y de servir a Dios; todo antes que la casaran...". Sin duda, un caso típico de anorexia nerviosa que la convirtió en Santa Wilgefortis (del latín virgo fortis), o Liberata como es conocida en Francia, España y Portugal”.

A su vez, otra versión cuenta que venció su apetito como una expresión de su desinteresado amor a Dios. Renunciando a su femineidad para conservar su virginidad por amor a Dios, sacrificio al cual el señor contribuyó llenándola completamente de vello masculino. Y así podría seguir por días enteros recordando a Catalina de Siena, Santa Clara de Asís, o el relato del médico persa, Avicena, que escribió acerca de la condición del príncipe Hamadham de quien dijo: “Se está muriendo por negarse a comer, preso de una inmensa melancolía”.

Se cree que la bulimia junto con la anorexia han existido desde siempre que haya existido el impulso de satisfacer esa necesidad mística o religiosa, estética o política, de consagrarse a la mirada de alguien más o de sí mismo y es el mismo ser humano, ya tan distinto incluso a aquél de su pasado reciente, el que ha invertido una vez más su concepción estética gracias a una arrogante suficiencia para subsistir en un medio que ha sabido moldear a su antojo, dejando la antigua belleza y respeto que antes emanaban las personas obesas de la clase acomodada, y la resignación y divinidad que inspiraban aquellos que ayunaban en nombre de un dios humilde en el olvido, dando paso a la admiración por unas cuantas figuras esqueléticas que desfilan sus modas entre vítores y aplausos de cientos, millares y millones de observadores que ya no pueden ver en ese aspecto famélico (tan espantoso en tiempos de la plaga) otra cosa sino la ejemplificación de la mujer perfecta.

Por todo esto es fácil suponer que, de entre todos los seres expuestos a tal abominable tergiversación de ideas, los más vulnerables a sus normas y patrones impuestos sean aquellos que aún luchan por establecer su carácter o en el peor de los casos, establecen el suyo en medio del caos de un sinfín de corrientes filosóficas vacías que no han alcanzado a madurar, comprender y aprehender de manera adecuada. Es por tal que las principales víctimas de esta llamada “crisis” (palabra que sólo me gusta utilizar en esas personas que de verdad sufren por aquello que los afecta, ya que en muchos otros casos es incluso una situación placentera, pues sus consecuencias les son desconocidas por un largo tiempo si acaso se han de presentar) suelen ser las mujeres jóvenes o incluso adolescentes (e insisto en recalcar al género femenino pues la relación las favorece en 10 a 1 y hasta en 20 a 1 según la fuente que se maneje) que marcadas por la necesidad de sentirse aceptadas por su ámbito social sienten la irrefrenable necesidad de lucir como modelos de portada de revista. Un hecho no lamentable únicamente en sí y por las graves consecuencias a su salud, sino por la malformación de ideas e ideales a los que da lugar la publicidad omnipresente que ahora funge como el nuevo dios del siglo XX y todo lo que reste del XXI.
Dicho esto, limpia mi alma y sosegados mis comentarios, empiezo a decir de aquello que me hizo volver furioso la mirada a nuestra decadente sociedad.

La conocí como a muchas mujeres antes. Solíamos frecuentar el mismo bar, un pequeño pero conveniente antro a sólo tres cuadras de mi casa, y esa noche yo me había atrevido a dejar mi habitación en búsqueda de mucho menos que un poco de diversión: un trago antes de dormir, antes de repasar las tareas del día hasta caer dormido junto a alguno de mis libros. El ambiente era familiar, casi aburrido y el perfume agladiolado del aire, entremezclado con la salsa italiana de las pastas que ahí servían, chocaba de forma por demás estridente con la ruidosa música moderna que los clientes, en su mayoría mucho más jóvenes que yo, se empeñaban en escuchar. Sólo un grupo de muchachos, de entre veinte y veintitrés años, se alojaba en el lugar, muy lejos de donde yo me encontraba; comiendo con la boca abierta; tomando sin medida. Concentrándome en mis ideas, devolví la mirada a la copa de vino que movía entre mis dedos cuando de pronto escuché una voz cristalina, tersa y de mujer, capturar mi atención. Ahí estaba ella; la reconocí como una más del grupo y adivinando cuáles habían sido sus palabras, atiné a decir tímidamente que no había problema en que se sentara a mi mesa. Su rostro blanco, fino y ovalado reflejaba la seguridad que sólo una mujer mucho más atractiva que uno puede tener. Posó su copa en la mesa al sentarse cuidadosamente y apoyando sus manos en ella me lanzó una mirada de ébano intensamente directa y escrutadora, aunque más interesada que analítica y empezamos a charlar. En efecto, sus ideas, su amena plática y su lenguaje corporal eran totalmente distintos a los que yo relacionaba con el de las muchachas de su edad. Sabía que rondaba los veinte años, que apenas se abría paso a la vida adulta, pero había algo que no tuve el cuidado de analizar, algo que me hacía olvidarme del resto de las cosas. Charlamos porque ella así lo quiso y yo, un tanto sorprendido, me dejé llevar. Disfrutamos de lo que resultó ser una hermosa velada y, ya muy entrada la noche, nos despedimos y nos fuimos a dormir.

La segunda vez que la vi quizá me había olvidado de ella. Una noche de arduo trabajo me había guiado hacia el mismo lugar sin expectativa alguna. El lugar estaba más concurrido de lo habitual y tuve que esperar por unos momentos en la entrada, situación que en otras ocasiones me habría hecho dar media vuelta invariablemente y dirigirme a casa, sin embargo, por algo más alevoso que la fortuna, esperé y al fin, con un banco alto, una pequeña mesa redonda y mis manos vacías, me senté sin saber qué hacía ahí. El ruido era demasiado, el rumor de los labios moviéndose sin parar me hicieron sudar, pero la música más suave logró abrirse camino entre la muchedumbre para calmarme. Entonces vi cómo, de entre el abigarrado tumulto del fondo, una larga y estilizada figura cubierta en azul rey se dirigió hacia mí con pasos largos y firmes. La reconocí al instante. Llegó rápidamente hasta mi mesa y, sin yo esperármelo, plantó un delicado beso en mi mejilla. Ordenó dos copas de vino, más seco del que tenía en mente, tomó un banco prestado del grupo contiguo y se sentó a mi lado; todo esto sin que yo me atreviera a interrumpir la maestría en el juego de sus manos, sus ojos y sus labios al preparar la escena para los dos. Me vio fijamente por un momento y estirando el brazo, con su mano ligeramente inclinada, se presentó.

-¿Qué te parece –me dijo después- si esta vez yo no pregunto tu nombre y quedamos a mano?

Sonreí avergonzado de mi olvido. En mi inherente misantropía había olvidado preguntar su nombre la vez pasada y supe que siendo tan hermosa, había herido su orgullo. Ofrecí disculpas y quizá hasta describí nerviosamente mi huraña condición. Ella desechó la importancia de mi descuido y sin quitarme la vista de encima, comenzó una conversación tan sutil y profunda que no pude menos que dejar atrás todos mis descuidos previos para regalarle mi mirada por el resto de la noche. Fue la velada perfecta y al despedirnos esta vez sabía que no volvería a tener el descuido de no pensarla. Con un beso en la mejilla y un hasta pronto, me retiré a casa.

Ahora, me siento un tanto obligado a explicar que aún cuando vivo de manera acomodada y que aún si después de todos mis gastos y los pagos de un automóvil último modelo en mi cochera aún me queda algo para darme ciertos lujos, jamás habría podido, con mi sueldo de maestro e investigador en la universidad, el hacerme de la casa en que ahora vivo. Fueron mis padres quienes, con sus ahorros y esfuerzos, la decoraron a lo largo de muchos años de la manera meticulosa y en ocasiones ostentosa en la que ahora la mantengo en su memoria. Yo heredé dicha propiedad, tristemente, después de que el avión en que se dirigían a sus vacaciones por Europa, festejando juntos su retiro después de treinta años de incansable trabajo, cayera a las aguas del mar borrando toda posibilidad de volver a verlos o siquiera saber de ellos. Puedo decir entonces que conocía bien su casa pues viví en ella la mayor parte de mi vida y sólo uno que otro detalle se escapaba a mi memoria cuando, vestido de negro y enrojecido por la impotencia, me mudé con mis pocas posesiones a esta pequeña mansión.

Mi antigua habitación estaba en el segundo nivel, cruzando el largo pasillo entre dos naves opuestas que dividía la escalera y varias series de puertas donde se repartían otra habitación de las mismas dimensiones que las de la mía, dos cuartos de baño, un estudio y lo que mi padre intentaba fuera un pequeño observatorio donde pasábamos las noches juntos tratando de contar las estrellas. El sueño de mis padres siempre fue vivir en una casa alegre y bien iluminada y, desde el punto de vista arquitectónico, puedo decir que, sin temor a equivocarme, lo lograron. Las ventanas son amplias y abundantes, las claraboyas en el techo iluminan con mística espectacularidad el interior desde las alturas, las paredes son claras y los pasillos anchos y bien trazados, y sin embargo, siempre, desde que era pequeño, hube de ver las rojizas maderas tras un velo opaco de descontento.

Debo confesar ahora que fui hijo único y que la otra habitación, reservada para mi posible hermano o hermana, permaneció vacía para siempre, pues mis padres habían decidido concentrar todos sus esfuerzos en mí, criando a un solo pequeño de la mejor manera en que les fue posible. Así fue que, entre el trabajo de mis padres (que eran letrados de la misma universidad que yo) y lo inmenso de los espacios vacíos, me acostumbré a la soledad y al silencio. Quejarme habría sido inútil. Mis padres sabían que llevaba una vida perfecta y nunca hubo oportunidad para reclamos, aún si el peor de mis berrinches fuera debido al poco tiempo que lograba verlos. Es por eso que me aprendí el suave murmullo de las hojas de los árboles en derredor, mismos que en días de tormenta, alterados por el desorden y el infinito ruido, golpeaban con fuerza las ventanas llevándose en sus garras el aterrado eco de mi voz despavorida en mis pesadillas. Mis padres no me escuchaban estando tan lejos y pronto entendí mi lección, aprendiendo con ello, sin embargo, otras cuantas singulares cosas por mi cuenta.

Descubrí, por ejemplo, que con el tiempo, cualquier sonido que no perteneciera a mis padres, al de los árboles o al de mi propia voz, me despertaba con increíble facilidad. Así, podía sentir con gran detalle las pisadas de mis padres acercarse en los momentos en que sigilosos se atrevían a pasar de largo las escaleras en el centro del pasillo para llamarme por cualquier razón. De pronto, podía predecir (quiero creer que porque había memorizado sus empedernidas costumbres sin darme cuenta) todos sus movimientos. Sabía sin margen de error de las noches en que mi madre no podía dormir presa de los bochornos e incluso presentía el momento exacto en que mi padre habría de llamarme desde su cuarto con esa honda y grave voz que no heredé y cuando apenas iba a abrir la boca, yo me asomaba a su cuarto preguntando qué era lo que pasaba.

Otros días podía detectar cualquier animal o cosa que no pertenecieran a la casa y que hubiera logrado escabullirse tras las cosas y cuando alguien perdía algo, me bastaba con sólo golpear algún muro o mesa de madera para que la resonancia de ésta me guiara cual sabueso hasta el objeto extraviado.

Por obvias razones (relacionadas con la severa escuela escéptica de mi padre) nunca le dije nada a nadie y el secreto me siguió a todas partes a lo largo de mi vida; a través de mi adolescencia y luego en mi juventud, cuando en la universidad podía saber con exactitud cuántos de mis compañeros de casa (pues estudié la universidad en el Alma Máter de mis padres y solía vivir en una atestada casa de estudiantes donde podía haber en ocasiones hasta ocho larguiruchos pasantes acomodados entre dos camas, dos sillones y el piso alfombrado) se habrían de presentar con cara de desvelo a clases por no haber podido dormir en toda la noche. El secreto era simple y consistía en percibir sus movimientos inquietos, sus respiraciones aún conscientes e incluso, cuando por un tiempo viví con una de mis novias en la ciudad de México, podía adivinar el momento exacto en que habría de despertar para decirme que no podía dormir.

Fue en mi vida adulta que pude al fin entender lo poco que dormía y solía pasar noches enteras tratando de encontrar un patrón en las texturas del techo y las paredes o, sólo por diversión, buscando la solución de algún problema más bien artístico o ideológico que se me presentara, imaginando mi manera de reaccionar a cualquier situación posible o pensando en cómo podría mejorar ésta o aquella película o novela.

Esa noche, después de llegar a casa y como me era costumbre, no pude dormir inmediatamente. En su lugar, deambulé por la casa hasta dar con mi antigua habitación y recostándome en la cama, aún vestido y sin siquiera quitarme los zapatos, pensaba en mis padres, sus rostros, sus sonidos, en los ruidos que ahora faltaban, en el viento que intenso, pero aún inadvertido, se colaba entre los árboles, dejándome saber que una tumultuosa tormenta estaba por caer; pero por sobre todo pensaba en ella, que había aparecido sin que la esperara yo una noche como cualquier otra para decirme que estaba ahí, que existía y que podía ser (aún a su tan corta edad) maravillosa.

De pronto, en el sexto sentido de mis vellos crispados, sentí el pequeño temblor de sus pisadas aumentar; no sé cómo ni por qué, pero se trataba sin duda del paso largo, firme y cadencioso de ella que llegaba hasta detenerse en un lugar cercano a mi casa. Pronto, como si estuviese dictando sus movimientos, supe que había cogido una piedra y la había lanzado a la habitación de mis padres; cruzando el largo (y ahora pesaroso) pasillo.

Me puse en pie rápidamente y atravesé el vestíbulo a toda velocidad, llegué hasta la puerta y tratando de encontrar otra pista, la abrí lentamente, sólo para encontrarla vacía. Esperé por un momento y de nuevo sentí sus movimientos erizarme la piel. Sabía que la siguiente piedra vendría del ventanal este de la habitación. Llegué hasta él y de un fuerte movimiento abrí la ventana sólo para recibir el duro guijarro con la cara. Desde abajo escuché la que bien pudo haber sido la risa de los ángeles. Me asomé con el rostro enrojecido y ella aún reía, ya sin sonido, viéndome de la misma forma en que lo había hecho al sentarse a mi mesa por segunda vez.

-¡Ven! –me gritó.

No atiné a decir palabra y sonriendo, cerré con cuidado la ventana pues en la distancia ya se escuchaba el intimidante tremolar de los árboles. Me dirigí hacia las escaleras tratando de contener mi corazón. Sentía bullir mi sangre y en el pecho, desde la boca del estómago, sentía consumirse mi razón entre cosquillas que subían en ráfagas hasta mi cerebro. Intentaba recordar que se trataba de una niña de apenas unos veinte años que, haciendo su nueva travesura, se había aprendido la dirección y el rumbo de mi casa después de que había hecho hincapié en lo conveniente de que ella hubiera decidido visitar el mismo bar que yo a pesar de vivir al otro lado de la ciudad. Llegué desorientado hasta la puerta y ajustando mi camisa, la abrí de par en par. Una vez más, como si hubiese sabido su posición y sus acciones, me la encontré de frente, en mi jardín, y una ligera bruma que surgía de los pequeños lagos de riego en el suelo y la fuente dormida, cubría su cuerpo entero de la luz más blanca de la luna. Era un espectáculo surreal e inalterable y algo de razón en mi pecho sabía que jamás volvería a caer en el descuido de no tomarlo como tal. Su hombro derecho, desnudo y coquetamente alzado, estaba dirigido hacia mí, y después de una pausa que puedo adivinar calculó a la perfección, echó una última mirada en derredor antes de voltear a verme. Caminó entonces, flotando sobre el césped, hacia el interior de mi casa.

-Bonita –me dijo al pasar. Luego se perdió dentro de la penumbra de la casa y yo la seguí en silencio.

Al entrar vi que recorría la sala con la yema de los dedos sobre la madera de los sillones. No era exactamente la imagen que esperaba y lo sabía, pero volteando los ojos hacia el techo me dijo de inmediato:

-La casa de tus padres.

Había entendido con ello las pinturas colgadas en los muros, las vasijas, las esculturas y la tibia luz amarilla que adornaba sólo ciertos sectores de la nave central. Se quedó un rato inmóvil, con su peso ligeramente apoyado sobre la pierna derecha y me pidió usar el baño. La encaminé hasta él, dejándola a solas. La tormenta se avecinaba en un murmullo mientras yo pensaba, me apretaba las manos, me quitaba el cabello de la frente con nerviosismo. Di unas cuantas vueltas por la habitación hasta sentarme en el antebrazo de uno de los sillones con las manos en las bolsas. Salió del baño, caminó hasta mí y pasando por un lado, se sentó a mis espaldas. Giré en torno, subí media pierna al antebrazo, y sujetándola con ambas manos, esperé se revelara la intención de su visita. Estaba a punto de romper el silencio cuando ella tomó la palabra:

-Quiero ser talla cero –me dijo.

Pude haber preguntado qué era exactamente a lo que se refería, pero sabía que era innecesario. Sabía su respuesta, sus muecas y todos sus sonidos; los sabía desde el momento en que llegó esa noche y quizá los había sabido siempre; desde que me topé con ella con la esperanza de que fuera algo más que sólo una diversión para ella. Lo supe en su rostro poseído por la vanidad y el anhelo y conturbado por mi egoísmo y mi sinrazón, deseché toda mi furia en ella con la filosa frialdad de mi condescendencia.

-Muy bien –le dije.

Entornó la mirada enfurecida sólo por un instante pero, segura de lo que habría de decir, no movió nada en su pose; ni un solo cabello. Debía estar acostumbrada a mis palabras. Las palabras de los adultos que siempre alegan saber más ahora que sosegadas las pasiones, segregan amor por las responsabilidades y la leche tibia antes de dormir. Mi inesperada visita se concentró en sus intenciones y derrochando dignidad y con un ligero alzar de cejas continuó sin quitar la vista de las cosas de la sala:

-Quiero ser talla cero. Quiero tener la figura perfecta y no volver a engordar nunca más y cuando muera quiero ser el más hermoso de los cadáveres.

La tristeza absoluta e incluso el llanto se arremolinaron a mi pecho sobresaltado y el intenso ruido de sus palabras me hizo tartamudear. Frente a mí estaba una de las más hermosas criaturas de la creación hablándome de cuánto despreciaba su imagen, cuán poco valoraba su estima y cómo desechaba el milagro de su creación por aquel que le impusieron la publicidad y la moda. Estaba dispuesta a negar toda la razón por el hacer sonreír a un grupo de asquerosos cerdos que llenaban sus raquíticas carnes con billetes de cientos y miles de dólares. Y sin embargo, había algo de dignidad en su mirada, algo único e intangible que no me permitiría jamás sentir lástima por ella pues se trataba de una firme convicción, de una creencia y su entera religión con cada palabra que hablaba. Entonces, poco a poco, suavicé mi análisis y quise ver a la mujer que tuve frente a mí esa misma noche. Llevaba un vestido azul rey entallado a las caderas que llegaba apenas hasta su rodilla, de escote cruzado y acabado fino, las zapatillas de color perla combinaban a la perfección con el pequeño bolso que sujetaba entre sus manos. Dos hermosas perlas colgaban de sus orejas y llevaba el cabello recogido en ondas altas en su cabeza. Se sentaba recta y sus ojos de ébano habían perdido brillo, pero no estaban tristes, sino concentrados en otro sueño; uno muy lejano. Era en verdad perfecta. Era la exaltación de la juventud y la belleza y pude haberme olvidado de sus ideas ésa y todas las noches que le siguieran sin más que un simple remordimiento y en ese tono creo que alcancé a decir:

-Pero… si eres perfecta.

Volteó para encontrarme frente a ella con la cara trastocada por la sorpresa. Quiso sonreír pero las ideas que recorrían su mente no lo permitieron. En la noche allá afuera, lloviznaba con un siseo uniforme.

-Quiero serlo más, pero… –me dijo volteando rápidamente la mirada.

Aproveché su pausa para salir de mi trance y con un respiro hondo me dispuse a conocerla de nuevo.

-¿Y por qué me lo dices? –repliqué pensando ahora en la razón de su visita y su no menos inesperada confesión.

Se movió pensativa en su asiento, apoyó ambas manos en el colchón y echó su cuerpo para atrás, cambiando el orden en que doblaba sus piernas. Pensó por lo que sentí era una eternidad.

-Quiero ser talla cero –me dijo-, pero no quiero ser bulímica.

No había drama en su rostro. No cayó derrotada en mis brazos una vez dijo esto. No lloró por su situación ni su impotencia. Sólo se movía ligeramente mientras encontraba la manera de contarme toda la verdad ahora que había empezado. Después de todo, por eso estaba ahí y quizá por eso me había encontrado en un principio. Porque sus amigos no entenderían y no pasaría mucho tiempo antes de que sus padres supieran la verdad y tuviera que sufrir el drama y la vergüenza que los papás hacen pasar a sus hijos cuando consideran que todos sus problemas son generados por un tonto capricho. Quizá no al principio pero sí después, cuando interpretó todos mis silencios, algunos intimidados por su mera presencia, como una capacidad nunca vista, a sus ojos, para escuchar, analizar y comprenderlo todo. A mi tonto silencio le siguió una pregunta que sólo indicaba el momento para explicármelo todo.

-¿Lo eres?

Tragó un poco de saliva y sin moverse de su lugar abrió ligeramente los labios mucho antes de, ya sin timidez, poder decir:

-Nunca me había interesado mucho lo que comía. Nunca rechacé una comida sin haberla probado antes y sé que podría haber comido cualquier cosa que mi padre me convidara… pero no mamá. Ella siempre detestó la comida grasosa, la comida chatarra y los excesos. Una noche, sin saberlo y hartos de la dieta y el aburrido sabor de las comidas de mamá, mi papá y yo nos escapamos a cenar tacos de cabeza. Esa noche no pude dormir. Después de haberme cenado más de seis tacos los dioses no estaban de mi lado. Empezaron los horribles dolores abdominales y vomité toda la cena y la comida de los días anteriores. Empecé a desvariar con la idea de no volver a dormir siquiera un minuto más en lo que me restara de vida. Tenía fiebre. Pasé cinco días hospitalizada debido a una aguda gastroenteritis y al volver a casa mi madre no pudo dejar de notar que era lo mejor que me pudo haber pasado: Había adelgazado tres kilos por la enfermedad. Recuperada, no volví a pensar en ello hasta que una noche, después de una cena especialmente pesada pensé que podría aliviar mi malestar vomitando un poco, sólo lo necesario para aliviar mis náuseas. El malestar desapareció y algo más encontró forma. Fue después, tras una cena familiar especialmente abundante, que entendí lo que era. Entendí lo bien que se sentía el saber de una manera de deshacerse de tantas calorías en un instante. Vomité y de verdad pensé que sería la última vez que lo haría, pero un mes después volví a hacerlo. Traté de contenerme. Sabía que estaba mal pero la sensación era inigualable. Traté de hacer ejercicio y por un tiempo funcionó, pero el placer que me provocaba eliminar las calorías sin esfuerzo era mayor. Comencé a vomitar de vez en cuando, en especial si sentía que el ejercicio no estaba dando resultados. Luego de un tiempo ya vomitaba dos veces a la semana, después tres, cuatro, y pronto ya era talla cinco, tres, uno y todo lo que deseaba era llegar a ser talla cero. Todo se salió de control. Ahora vomitaba después de cada comida. Ir al gimnasio dejó de funcionar. Me cansaba demasiado, me desmayaba sin razón aparente y las horas se convirtieron en días y los días en el terror de tener que enfrentarme de nuevo con el hambre. Traté de suprimirla con remedios caseros, con agua, con suplementos y nada funcionaba. Se convirtió en mi peor enemiga y castigaba mi cuerpo con días enteros de ayuno que sólo duraban hasta que casi sonámbula devoraba cualquier cosa que estuviera a mi alcance. Nunca dije nada. Nunca busqué ayuda. Para mis padres todo estaba bien y mis amigos admiraban mi asombrosa capacidad de comer cualquier cosa sin subir un gramo de peso. Éramos felices. Cuando te vi esa noche, sólo deseaba sentir que aún era capaz de sentirme hermosa por lo que era. Quería olvidarme de todo y de todos.

Entonces titubeó.

-Se ha salido de control, ¿sabes? –continuó ahora sí, con un brillo acuoso en sus ojos alicaídos- De pronto vomitaba cosas que ni siquiera recordaba haber comido y la idea de estar perdiendo la razón empezó a cruzar mi mente. Yo estaba bien, casi llegaba a mi meta y mis amigos… mi madre... Me sentía como flotando en un cuerpo prestado, sin poder creerlo, y cada vez que me veía en el espejo una sonrisa aparecía en mis labios. Cada día me sentía más joven, mis senos eran más firmes, mis caderas más delgadas, y mis glúteos volvían a donde siempre debieron estar... Incluso las pequeñas arrugas de mis ojos y los dolores del ejercicio empezaban a desaparecer. Vivía en una euforia infinita, pero seguía vomitando aún sin siquiera comer y la comida que seguía saliendo a borbotones ni siquiera correspondía a la de mis costumbres. No quería perder la cordura, no podía ser así, no a ese precio. No quería llevar una doble vida en la que una parte comía lo que la otra no se atrevería ni a mirar. Ahora no sé qué hacer, no sé a quién recurrir pues mi vida es perfecta excepto en la soledad, cuando nadie sabe que esta hermosa figura se la debo a tan degradante acto. Y hoy, frente a ti, me siento mal aún cuando nunca me había sentido mejor en mi vida. Creo que necesito ayuda.

Si hubiese podido recibir sus palabras con la mitad del estoicismo con el que me las confesó habría sido capaz de abrazarme e irse sonriente de mi casa. Esa dulce criatura… y de alguna manera entendía sus palabras. No era distinto de cualquier vicio y el que no los haya disfrutado con magnífico descaro por lo menos una vez en su vida, que lance la primera piedra. Estaba agotada. Sostenía su cabeza completa con una mano en su barbilla y el brazo sostenido en su muslo dorado. Me puse en pie y me acerqué hasta ella. Me hinqué en el suelo alfombrado y le di un largo abrazo al que respondió cariñosa. Sentía su respiración recorrerme el cuello tibia y sigilosa; plácida. Le repetía al oído que iba a estar bien, que yo cuidaría de ella, que la llevaría al lugar indicado para que nadie se enterara de su problema; que al solucionarlo acabaría su sufrimiento. Besé su frente. De pronto, como si hubiese estado sujeto a una fiera apresada, empezó a convulsionar con fuerza increíble. Se soltó de mis brazos y bien sabía lo que estaba por suceder. Por un instante pude ver el mar de lágrimas contenidas en el cristalino de sus ojos y temerosa, aterrada y sin esperanza me vio por última vez y salió corriendo. Pensé darle alcance pero al instante se desató una tormenta de terrible fuerza y con el estruendo de lo que parecía granizo, arena o grava contra las ventanas, nos golpeó un rayo en las cercanías que sumió mi vista en la ceguera repentina de las lámparas estallando con energía absoluta. Traté de escucharla tras la armada atosigante de miles de millones de gotas de lluvia y el golpeteo violento de los árboles contra la casa, pero no lograba ubicarla ni con mis oídos excitados. No lograba concentrarme ahora cuando un suspiro suyo antes de despertar me habría tenido esperando ese momento junto a su almohada cualquier otra noche. Corrí a ciegas hasta el baño y no encontré nada. No quedaba siquiera un rastro de su aroma ahora que todo el jardín habitaba con su fragancia los cuartos. Me di la vuelta y como si esperara tocarla con la planta de los pies, seguí con cuidado, pegado a la pared, buscando las escaleras. ¡Tanto ruido! ¡Tanto espanto! ¡Y sus ojos, sus ojos desgajándose cual flor marchita eran lo último que recordaba! Agucé todos mis sentidos y quise entregarme a la quietud de mis momentos cuando niño; cuando sólo el eco de mis gimoteos me acompañaba. Entonces la escuché. De entre los huecos de la tersa madera llegaban los lamentos de una dama que, encogida por las convulsiones, vuelta mártir hasta sus rodillas, vomitaba una y otra vez sin cesar. Esto supe por el roce de la caoba y en el frío del mármol podía sentir sus lágrimas todas del color de su vestido. Subí rápidamente los escalones y perdí su rastro contra la tormenta. Llegué hasta donde había estado y sólo quedaban los restos de su pesadilla. Sillones, paredes, pisos e incluso el techo estaban bañados en vómito. Esto lo vislumbraba como apariciones después de cada relámpago que delatador ocurría a cada tramo. Entré en mi habitación y toda ésta lucía de la misma manera: bañada en charcos de más vómito del que jamás hubiera visto. Sorprendido seguí hasta los baños y no había nada sino restos de comida llenándolo todo. Escuché su voz ahora como un trueno. Era su voz, sus plegarias, se frustración de no haber comido esto o aquello. A medida que su voz enloquecía, levantaba el tono y sus reclamos se tornaban más irritantes. Corrí hasta ella pero al llegar ya se había ido. ¡Era el hambre mórbido del que hablaba antes Aurelianus! Por el suelo trozos enteros de comida. ¡Y digo enteros! Había trozos de pan, tortillas, las rebanadas de pizza, los tacos, todo sin masticar. Como si alguien hubiera tirado al suelo la mesa de un enorme buffet. Gritaba inconsolable y yo que no encontraba su voz. Gritaba desesperada y su voz incesante chillaba y pataleaba contra las paredes. ¡Era una niña! ¡Sólo una niña que peleaba con su madre por haberla criado de tal manera! La seguí, aún impresionado por la escena, pero la oscuridad me la negaba. Sobre el pasillo podía ver claramente los sándwiches, las albóndigas, el espagueti, ¡verduras y limones enteros! ¡Cómo era posible que…? Entonces, a medida que rodeaba el laberinto de restos, noté algo que me llamó aún más la atención; por entre los restos, un dulce y otro que habían desaparecido hacía años, trozos de comida que había dejado de existir cuando yo era apenas un niño. Comida anticuada y seguramente caducada. Era como llegar a los restos de una casa abandonada por una eternidad y encontrarte con los gustos de una familia con cinco niños. Su rostro, su ropa, su lenguaje… esa comida no correspondían a los de su edad, a los de su clase. No importaba cuánta hambre se pudiera tener, jamás podría haber comido tanto; jamás sin caer muerta al instante. Entonces imaginé a su dura madre, que si no mala, ajusticiándola desde pequeña a conservar esa hermosa figura prohibiéndole todo aquello que sus amigos habían comido siempre extasiados de felicidad; encerrada en su cuarto ahora, ya grande e independiente, desquitando todo lo que alguna vez quiso disfrutar, ¿o sería acaso que su misma privación la hacía escaparse a esos años en donde podía comer todo lo que quisiera sin más consecuencia que un ligero dolor de estómago? Pero... ¿por qué los pedazos enteros? ¿Por qué incluso las envolturas originales y las latas? ¡Por un dios! Esto iba más allá que la simple supresión del hambre. Esto era inaudito, sin duda, más allá del borde de lo imposible. Y entonces pensé que quizá era mi imaginación; que era yo quien veía mal, quien escuchaba mal, quien confundía su niñez de excesos con aquellos de mi hermosa víctima de la bulimia. Luego, con un estruendo y con el otro seguía viendo lo que ahí estaba con total claridad. ¡Un jamón entero en su empaque original! Me sentí mareado por la idea y caí en una alucinación nerviosa de la que no salí hasta haber revivido dentro de mi mente todos los ruidos y sonidos disonantes de mi mente errada. Poco a poco, la tormenta cesó con un arrullo parejo dejándome saber que la voz chillona e infantil de mi invitada se había apagado. Bajando el pulso a su estado natural, descubrí que la luz sepia del cuarto de mi anhelado hermano se encendía y lo deseché de inmediato como una ilusión. Vuelto en mí, pensando al fin, logré ponerme en pie después de gatear unos cuantos metros hasta llegar a la puerta. Tuve miedo. Nunca me sobraron las palabras y ahora… No sabiendo lo que habría de encontrar; no sabiendo qué decir; no sabiendo cómo se le habla a tan desdichada criatura… Tuve miedo pero toqué a la puerta antes de pensarlo de nuevo y no obtuve respuesta. Quise llamarla por su nombre pero mi desenhebrada voz se desgarró con mi valor. Tomé aire y hablé un rato con los dioses. La llamé de nuevo y el viento respondió que no había nada. Me armé de valor y tocando la puerta por un permiso, giré la manija.

Lo que ahí encontré es lo que ahora atormenta sin cesar mi tan sentida realidad o mi antigua vida. Lo que me hace recorrer los pasillos en las madrugadas, agobiado de ruidos nuevos y sonidos que no serán. Lo que me despierta sin respuestas en la noche con un puñado de preguntas sin respuesta que me hacen ocultarme del mundo entero en mi inimaginable realidad, en este absurdo interminable que rige mi vida como si fuera la única opción para conservar la cordura. Sumido en el placer mórbido de este sueño sin fin.

Ahí, en la clara e impecable habitación de un niño, se acomodaba en perfecto orden la comida entera de cualquier supermercado. Perdidas habían quedado las cómodas, los roperos y los clósets detrás de una muralla de alimentos. Ahí, en la inmaculada limpieza de una habitación que no pude reconocer, estaban una sobre otra cientos de latas de todo tipo, todas las imaginables, todo lo que alguien podría comer a lo largo de veinte años. Jamones, carnes, chorizos, panes, carnes de res, de pollo y cerdo, camarones, frutas y verduras. Elevadísimas carteras de huevos una sobre la otra, kilos y kilos de tortillas, frijoles, garbanzos, lentejas. Había pastas y comida chatarra perfectamente empacada en todo el derredor y a medida que me acercaba a la cama, dulces y más dulces de todo tipo. Nacionales, extranjeros, gomas de mascar, caramelos, fruta enmelada, paletas frías y conos de nieve, latas y latas llenas de helado, de leche en polvo y entre todo, decenas de frascos de comida para bebé. Todo ahí, perfectamente empacado y presentado. Todo, todo, estaba ahí. Las comidas finas como el caviar, el salmón, la langosta y tan simples como los nopales y las acelgas. Caminé sin poder quitar la vista de todo en derredor pero buscando una respuesta. Llamé por ella en vano y luego lo volví a hacer con más fuerza. Quizá se habría escapado antes de tener que dar la cara, cuando yacía en el suelo atribulado por la sinrazón, pero fue entonces que escuché una singular y ligera risa y de entre las mantas de aquel vestido azul rey, la fina cabellera rubia de mi invitada sobresalía como siempre la había imaginado. Llegué hasta ella y me vio con ojos enamorados. Ese inalterable fulgor de ébano, esa exquisita y virgen piel de seda: era mi mujer perfecta. La tomé en brazos, ligera cuanto era, y la abracé con todo el amor del mundo después de haberla conocido por tan sólo dos noches. Lucía feliz, descansada después de tanta tragedia y me seguía mirando de la misma manera en que lo hizo cuando tuvo que encontrarme a mí de entre todos en el bar y más tarde detrás de mi ventana. La luz que desde lo alto se derramaba iluminaba su presencia toda, dándole el mismo fulgor de las hadas cuando lo han hechizado a uno. Sonrió y sonreí con ella. Todo había terminado y yo era su protector como lo había prometido. Me puse en pie con ella en brazos y le busqué un refugio, lejos de la realidad de esa vieja habitación. Encontré algunas sábanas y cobijas limpias entre las prendas de los cajones y tendiéndolas sobre el suelo, en la parte más alejada de la casa, la recosté tiernamente. La vi a los ojos por otra eternidad. Entonces, al verla envuelta entre sus ropas para el frío, lo comprendí todo. ¡Cómo no haberlo visto! ¡Ésa era la respuesta! ¡Todo, todo lo que había sucedido no podía tener sino una simple y llana explicación! Ahí, escrito en sus frazadas estaba el final de todo, el quid de todas las esencias, la solución a todos sus problemas, la panacea, el bálsamo, el nirvana, el dios de todas sus religiones, la llené de besos extasiado y comprendí.

-Lo has logrado, mi amor. Talla cero al fin.

Balbuceó unas cuantas cosas, un poco de saliva salió de sus labios, sus pequeñas manitas tomaron uno de mis dedos llenándome de ternura y sonrió feliz de estar ahí con su mirada en la mía. Era sin duda el ser más hermoso que jamás había visto, de mejillas sonrosadas, de ojos claros e infinitos, de cabellos dorados. Consumido por las lágrimas no pude seguir leyendo la etiqueta que sobresalía de entre las mantas que la envolvían y que se leía: “Talla: 0 a 6 meses”.

martes, 4 de octubre de 2011

Sebastian

-¿Ya supiste? –dijo David metido en el viejo y ancho saco gris curtido de jabón que llevaba desde el primer día de escuela de cuarto grado. Estaba por terminar el sexto y aún le colgaban, más allá de su complexión de niño, los anchos hombros arrugados. Sus ojillos vidriosos, devotos y redondos en demasía, resplandecientes como un par de botones nuevos, se clavaron en Saúl más atrás con fascinación. Sabía que no debía haber hablado tan fuerte pero lo que debía decir no podía esperar un minuto más.
-Silencio –dijo la maestra Roque que rondaba el fondo del salón con las manos en la espalda, contando las astillas de la regla entre sus manos.
-¿Qué? –dijo Saúl metiendo la cabeza y su redonda nariz en el saco de David olfateando la mentira.
-¡Silencio! –repitió la maestra aún sin demasiado interés en la falta.
-Sebastian… hoy le dirá… a la hora del recreo –dijo David.
-No te creo –dijo Saúl rechazando el comentario y recargándose de nuevo en el pupitre en silencio.
-¡Que te digo que sí! –dijo David.
-¡Silencio! –gritó la maestra que ahora volteó en búsqueda de los infractores-. Si escucho una voz más alguien saldrá sin oreja esta tarde.
Saúl cruzó los brazos rechazando todo comentario y siguió esperando la hora de salida con la espalda recta y las cejas levantadas. Había terminado el examen antes que todos, siempre lo hacía, y ahora esperaba a que los demás terminaran antes de poder salir unos minutos antes al recreo. David, junto a él, un alto y desgarbado niño de apenas once años, criado de costumbres mormonas sin mayor idea de ello que el saber que no era meramente católico aún si compartían el mismo dios, se quedó apiñado sobre los libros tratando de hacer valer su verdad con los ojos clavados en su compañero. No había terminado el examen y no lo iba a terminar, así que también esperaba la hora de salir.
-Ya verás, a la hora del recreo lo verás.
-Bueno, por Dios santo, ¿por qué no guardan silencio?
La maestra, una vieja cegatona, de gruesos lentes, gruesa cintura y piernas flacas, con muchos años más allá de su fecha de retiro buscaba por algún culpable. Los muchachos solían reírse de ella entre cuchicheos y miradas obscenas, pero cuando llegaba la hora del castigo, era tan temida como el que más en la escuela. Su arma preferida era la regla. Alineaba a los muchachos “irremediables”, como ella decía, al frente, mostrando las palmas de las manos hacia su rostro de ojos puntiagudos y nariz aguileña y una a una les desataba un violento “¡taz!”, como la regla decía, que doblaba las corvas y llenaba de terror a los otros muchachos que aprendían la lección en el espanto.
-Bueno… ¿por qué no se callan? –preguntó la maestra en tono de frustración.
Sonny, el niño más grande y bravucón de la escuela levantó la mano. Conocía bien a la maestra, era la segunda vez que cursaba sexto grado y la tercera vez que llevaba clases con ella en esa escuela.
-Maestra… -dijo.
-Dime, Sonny.
-Dice Saúl que lo disculpe, que se sentó en su lápiz y se lo ha clavado en una nalga.
-¡Yo no dije…! –quiso decir Saúl.
-Te conozco muy bien, Sonny –dijo la maestra en tono digno- como para caer en tus burlas y sandeces, pero si ese fuera el caso, Saúl no tiene por qué apenarse. Saúl, hijo, ve a la enfermería a que te atiendan se es necesario; en cuanto a los demás, sigan con el examen. Aún nos quedan quince minutos para salir al recreo así que no irán a ninguna parte.
Saúl hizo caso sólo para librarse por un rato de las risillas burlescas que aparecían con ojos y sin orden desde todo el salón. No iría a la enfermería. Se puso de pie y recorrió las butacas del salón lentamente, apaciguando el rojo intenso de su rostro. Sebastian que estaba al frente del salón no hizo caso. Trataba de terminar el examen. Trataba de no pensar en lo ardua de la labor de guardar un secreto que todos sabían y que ahora debía cumplir como condenado; rascándose la cabeza.
-Me las vas a pagar, Sonny –dijo Saúl mientras Sonny le gritaba entre risas al salir:
-Sí, sí, yodo y merthiolate. Con eso quedas. Dile a la enfermera que yo te recomendé.
Todos rieron.
-Muchachos, guarden silencio –dijo la maestra.
Saúl lanzó una última mirada a Sebastian que seguía con las cuentas de su examen. Se vieron por un instante. Sebastian sonrió pero Saúl no pudo ver en sus ojos esas palabras. No ésas. Luego se perdió en el pasillo.
-Sebastian le dirá, ya verás; le dirá a la hora del recreo.

***

-Angie.
-Presente, maestra.
-Sonia.
-Presente, maestra.
-Carlos.
-Presente, maestra.
El aburrimiento, el vacío y la intensa claridad mitigaban el delgado ambiente del salón. Era la clase de quinto grado. La maestra Rosaura tomaba lista. Una blanca y alargada mujer de buen aspecto y una recalcitrante soltería que la había llevado a llenar su pequeña casa verde hospital con una enorme variedad de muñecas de cerámica colocadas meticulosamente sobre cualquier superficie horizontal o bien, colgadas de los muros con una infinidad de pequeños clavos en forma de gancho espaciados milimétricamente. Era buena maestra, buena amiga, buena hija, buena mujer, sin embargo, debido a una severa narcolepsia que la metía en toda clase de aprietos, jamás tuvo el valor de acercarse a ningún hombre con tal de no pasar esas vergüenzas. Rara vez salía de casa sino para trabajar y una vez ahí, la podían encontrar relegada al pequeño espacio entre su mesa y la silla. Muchas de esas veces, dormitando.
-¿Por qué toma lista antes de salir al recreo?
-Supongo que para que volvamos completas –dijo Emma.
Algún murmullo esporádico adornaba las ventanas de interés y sólo una que otra voz se animaba a rechinar con las cuerdas vocales. Respetaban a su maestra, aún si eso no detenía las inevitables risas de cuando le ganaba el sueño. El resto del tiempo, sin embargo, la maestra sabía hacerse querer con sus anécdotas e invitaciones a pequeñas reuniones de alumnos, padres de familia y maestros en la alargada cochera de su casa y de vez en cuando, si había oportunidad, con diversas actividades extracurriculares dentro del salón.
-Niñas, ya casi termino –dijo la maestra.
Nadie dijo nada y poco a poco se apagaron las risas.
-Siempre lo mismo –dijo Dulce.
-Ya empezaste, tú. Podrá ser lo mismo, pero no tiene nada de malo –dijo Laura.
-Siempre lo mismo siempre es malo –recalcó Dulce con tono burlón-. Por algo está sola.
-Eres tú la que sigue con lo mismo –dijo Laura-. ¿Y qué si está sola? La mamá de Martín está sola y no negarás que todos la adoran.
-Hasta tu papá –dijo Dulce.
-Ya cállense –dijo Emma-. Ya va a terminar.
-Angélica, Angélica. ¿Qué harás a la hora del recreo? –dijo Dulce. Era la única que la llamaba por su nombre completo. Como si con ello hubiese invertido la burla.
Angélica no les prestaba atención. Garrapateaba dos nombres en su cuaderno, contando los segundos antes de que las dejaran salir a jugar.
-¡Angélica! –gritó Dulce.
-Muchachas –dijo en tono perezoso la maestra.
-Mande –contestó al fin Angélica.
-¿Qué si qué harás a la hora del recreo?
-No sé, nada.
-Vamos a escaparnos a la plaza. ¿Vas?
-No sé.
-Dime que sí vas. Emma no irá sin ti y si nos escapamos sólo Dulce y yo no nos la van a perdonar. Ándale, vamos.
-No sé, mi papá se va a enojar.
-Tú papá no te regañaría ni aunque lo atropellaras con su propio carro después de habérselo robado –dijo Dulce.
-Ni aunque te viera en brazos de… -dijo Laura.
-Cállense. Está bien, iré. Pero de eso ni una palabra.
-Huy, está bien.
La maestra Rosaura se mareaba, se mecía, cabeceaba. Sentía los ojos caer con todo su peso en una montaña rusa sin control.
-César –dijo adormilada.
-Presente, maestra.
-Laura, Laura. Me voy a robar unas canicas.
-Dulce… dime algo nuevo…
-Laura… Angie se va a robar unas canicas.
Silencio. Un tenue rumor. Ronquidos. La maestra Rosaura lánguida contra el verde paisaje tras de ella.
-¡Ja ja!…
-¡No te rías!
Ronquido, ronquido, ronquido, crónico, pausado, en rumiante crescendo. La maestra se sumerge en su desliz una vez más; descansa, duerme, sueña ahora con los brazos alrededor de su cabeza y la frente en los papeles que hacía un segundo leía. Se ha ido antes del recreo.
-No me río de ella; pensaba en si estará soñando que anda en moto o podando el césped.
-¡Ja ja!
-¡Cállate, Dulce!
-O peleando con un enorme oso grizzly…
-¡Ja ja!
-Cállense las dos.
-No tarda en venir el prefecto.
-Así que Angie robándose unas canicas –dijo Laura-. ¿Es eso verdad?
-No lo sé –dijo Angie-. Primero tenemos que escapar.
-Aún no suena el timbre.
-¿Deberíamos salir ya? ¿O esperamos a que despierte?
-¡Ja ja!
-¡Laura!
-¿Qué?
-Que no te rías.
-Que no me río de ella.
-Ya no les creo nada –dijo Emma.
-Jóvenes.
En el umbral de la puerta estaba el prefecto Páez. Impecablemente vestido de pantalón de vestir gris, camisa blanca y corbata negra para combinar con el cinto y sus pequeños zapatos de piel curtida. Su bigote perfectamente recortado no se movía ni siquiera un poco al hablar.
-Pueden salir –dijo.
Luego siguió hasta el escritorio de la maestra y gentil y respetuosamente la tomó del hombro y la vio despertar con un susto ya muy visto antes de ponerse de pie apenada y acomodándose las ropas. Preguntándose cuánto tiempo habría estado así esta vez.
-Ya la tengo –dijo el prefecto.
-¡Vamos! –gritó Dulce desde el pasillo hasta donde la seguían las otras tres.
-Emma, apúrate.
-Ya voy. Yo no sé por qué les sigo haciendo caso.
-No podríamos hacerlo sin ti –dijo Angélica.
-Ay, sí, no podríamos hacerlo sin ti –dijo Laura.
-Tú cállate –dijo Dulce-. Que ahora que lo recuerdo, hace tiempo que no eres tú la que se lleva las canicas.
-Vámonos.
-Oigan, ¿y para qué queremos las canicas?
-Ay, Emma.

***

Una larga muralla roja, dentada y desigual rodeaba la escuela. Eran las diez y media de la mañana y el enorme barullo que había comenzado un poco antes esta vez, empezaba a convertirse en la locura que sería a la hora de salida cuando decenas de padres esperaban a sus hijos con los autos encendidos y el pitido grosero de un claxon apurado, cuando las roncas voces incansables de los vendedores ambulantes lo enredaban todo con un guiño de acuerdo mutuo y los gritos desesperados de aquellos que sólo quieren pasar para llegar a casa inundaban las calles. El sol ahora vibraba virtuoso muy por encima de las casas y las tibias sombras se sometían a su angosto espacio muy por debajo de los petirrojos tabachines. Escapar de la escuela era sencillo. Nadie decía nada si no te veían intentarlo. Los niños de seis grados escolares, de tres salones distintos corrían todos a la vez por los pasillos y explanadas del lugar y era difícil llevar la cuenta, aún intentándolo.
-¿Vas a ir?
Sebastian estaba sentado en el suelo, en el pasillo de los salones de sexto año, en la parte más oscura y húmeda del lugar. Le gustaba sentir el frío concreto bajo sus ropas y en el viento que corría de este a oeste por el corredor se respiraba el ambiente del recreo sin tener que sumergirse en su desorden. David lo interrogaba con un pie ahí y otro en su destino.
-No, me quedaré aquí –dijo Sebastian.
-¿Esperas a Angie? –preguntó David alterado. Lo comían las ansias.
-Tal vez.
David tragó saliva y quiso sentarse junto a Sebastian pero ahora su amigo le pareció más grande que él, más sabio, y le dio pena que con un movimiento menos fluido del que su amigo poseía, se notara la incomodidad de no sentirse digno de tal amistad como siempre había creído. Se detuvo por un instante con la palma de la mano en el muro y un pie cruzado por encima del otro, pero rápidamente volvió a la vertical con los brazos cruzados frente a él. Luego preguntó con timidez:
-Angie es tu amiga, ¿verdad?
-Sí.
-¿Es tu mejor amiga? –dudó.
-Tú eres mi mejor amigo, David.
-Lo sé, pero… tú prefieres estar con ella porque…
Se detuvo pues quiso que su amigo llenara el silencio, pero para ello necesitaba de su mirada y no obtuvo respuesta.
-¿Qué pasa, David? –preguntó Sebastian deseando que su amigo completara la frase.
David sintió los ojos verdes y hondos de Sebastian transfigurarle el gesto con una pregunta definitiva. Tartamudeó en sus pensamientos antes de poder volver en sí.
-Los muchachos dicen que… -quiso decir.
-¿Qué cosa?
-Dicen los muchachos que no se puede ser amigo de una niña.
-¿Y tú les crees?
David exhaló fuertemente. Se levantó los lentes, se talló los ojos y se rascó la cabeza. Entonces olvidó lo que traía en mente y pudo hablar libremente.
-No.
-Angie siempre ha sido nuestra amiga, ¿no? Si algo pasa, es que ellos no quieren ser amigos de una niña.
-¿Crees que las cosas cambien? –dijo David encontrando la respuesta.
Sebastian lo pensó por un momento sólo por respeto. Para decirle a David que sabía que podía pasar cualquier cosa.
-No creo –dijo-. Es mi amiga; es nuestra amiga y pase lo que pase, seguiremos siendo amigos siempre. No importa lo que los otros digan, ¿no es así?
-Supongo.
Se quedaron callados un rato. David se recargó en el muro plastificado, suave y puntiagudo de los salones y se fue resbalando hasta el suelo sin siquiera darse cuenta de que ahora se encontraba al lado de su mejor amigo. Los demás niños seguían corriendo sin pausa mientras ellos se sumían en el sopor del momento por un rato.
Eran mejores amigos desde el primer momento. Cuando Sebastian tuvo que interceder por él que se encontraba bajo el puño del “Pelón”; un antiguo amigo que un día había dejado de ir a la escuela para no volverle a ver jamás.
-¿Se lo dirás? –preguntó David recordando el tema.
-No sé –dijo Sebastian pensativo-. Ya veremos. ¿Adónde van?
-Vamos a la Plaza. Dice Sonny que se encontró una bolsa llena de fichas en su casa.
-Su hermano lo va a matar.
-Sonny no le teme a nadie.
-Por eso lo va a matar.
-¡David!
Sonny, Saúl y otros cuantos muchachos le gritaban desde el centro de la explanada donde realizaban los honores a la bandera. David se puso en pie a regañadientes, tallándose las manos en los bolsillos del saco.
-¿Vienes? –preguntó.
-Vayan ustedes.
-¡Hey, David! ¡Apúrate!
-¡Ya voy!
-Deja al galán a solas –gritó Sonny.
-Es más –dijo Sebastian-, al rato los alcanzo.
-Trato.
David se dio media vuelta y se alejaba corriendo cuando recordó algo y regresó con unos cuantos pasos.
-¿Y si te dice que no? –preguntó.
-Entonces siempre seremos amigos, ¿no?
David sonrió, se dio media vuelta y pronto él y los muchachos se perdieron de vista.



***

-¿Ves a aquel de allá? Es el que cuida la tienda. Mientras no te vea él, todo estará bien.
Estaban metidas en la sección de ropa, observando con descarado disimulo las prendas que no habrían de comprar. Laura, la más alta de todas, se probaba las blusas antes de colgarlas en su lugar. Dulce sobresalía entre los colgadores de ropa y Emma no podía quitarle los ojos de encima a Angie quien era la que había recibido el reto del día.
-¿Por qué no las compramos? –preguntó.
-¿Tienes dinero? –preguntó Dulce.
-No, pero…
-Pues por eso.
-Dulce, podríamos ahorrar y comprarlas.
-No, tú espérate. Además, todos las roban. ¿Crees que no se dan cuenta de que las redecillas están abiertas? Saben que tomaremos una o dos. No puede ser tan malo.
-¿Y por qué tienen a alguien vigilando el lugar?
-Eso es para los viejos. Los que roban televisiones. Somos apenas una niña. Vive la vida, Emma.
Emma hizo una mueca de disgusto y dirigió su vista hasta donde Angélica evaluaba la situación.
-Angie, ¿qué tienes?
-Nada, ¿por qué? –contestó Angélica.
-No tienes que hacerlo. Puedes volver a la escuela. Yo me quedo con Dulce y Laura.
-No, está bien. Yo voy primero.
Angélica Luna, Angélica, Angie, como le decía su madre y desde entonces todas sus amigas, asomó el pequeño rostro por entre las ropas y recuperando la vertical cruzó el área que la separaba de las canicas rodeando la escena del crimen por los pasillos contiguos con singular candor. Era una niña mediana, delgada, de buenos modales y voz angelical de pesada cabellera dorada que sabía ganarse a los amigos y maestros con un encanto natural que heredó de su madre desde muy pequeña. Guardó silencio y levantó los ojos para descubrir cualquier cosa que pudiera delatarla; aún si en verdad ese uniforme jamás la delataría, pues la larga falda de cuadros rojos y verdes, su blusa blanca y los zapatos negros gastados de la punta eran exactamente los mismos que se encontraban por doquier a lo largo del día en una plaza que estaba hecha a la medida de los niños que cansados de lecciones buscaban gastarse las energías y sus ahorros entre jugar a las maquinitas y disfrutar una malteada de fresa. Lo único singularmente distinto en ella era un largo listón rojo que solía llevar anudado en el cabello y que se había soltado hacia un rato ya para caer delicadamente y desigual alrededor de su cuello sobre sus hombros. Angélica llegó hasta los estantes blancos y un penetrante olor a goma le llegó a los pulmones. Estaba en el área de los juguetes deportivos y a esa hora, en medio del día de clases, estaba desolado.
-¿Qué haces?
-Sh.
Angélica siguió caminando por el piso blanco y helado con naturalidad, como si ella también buscara algo. Tomó un guante de beisbol entre las manos y examinó las costuras con cuidado. El vigilante no se veía por ningún lado, pero las canicas daban al lado más transitado del supermercado. Había que tener cuidado. Caminó un poco más en derredor.
-Apúrate –susurró Dulce.
Angie la vio con malicia y le sonrió.
Dentro de sí revoloteaban cálidas las emociones más íntimas de su ser, se abochornaba y sentía el cosquilleo de sus ansias repiquetear en su pecho, justo como aquella vez en que había tomado por primera vez su mano y lo había sentido más cerca, más suyo y sin embargo, no podría haberlo relacionado con una velada historia de amor en ese instante; no podría haber pensado en que el fuerte latido de su corazón, ese intenso calor, el cosquilleo o la malicia de su travesura correspondía con exactitud a aquella otra travesura en la que tampoco esperaba ser atrapada, no en su descuido de por primera vez haber caído enamorada de un niño tan distinto, en otro ser, en algo tan opuesto y tan… no, no era lo mismo, no había nada aquí, no había premio, no había éxtasis, no había tal felicidad al final de todo, no quedaría prendada del momento por siempre; por eso no era lo mismo, no; eran unas simples canicas, una apresurada carrera, un paso más dentro de esa desquiciada carrera por encontrar la siguiente travesura que la uniría a Dulce y a Laura, y que bien sabía volvería loca en cualquier momento a Emma quien jamás había participado realmente en alguno de sus retos tontos, y que sólo las esperaba detrás con una plegaria en el bolsillo la cual presentaba como disculpa firmada y llena de tartamudeos ante los maestros, el prefecto o la misma directora, ahogándose en la pena de nunca haber tenido que pedir perdón por ella y sí por Dulce o Laura que jamás se atrevieron a decir siquiera nada; nada pasa, todo está bien, ya pasará Emma; escudándose en el tierno dulzor de Angie que encontraba el perdón incondicional con sólo el brillo de sus ojos.
Emma seguía todos sus movimientos con la mirada. Contaba los segundos antes de verla dar el impulso final hacia las canicas. Sabía que caminaría con más fuerza de lo usual hacia ellas, que vería por última vez hacia los costados dos pasos antes de detenerse y que tomaría las canicas al pasar sin apenas voltear y luego seguir su camino. No podía detenerse. No podía estar ahí porque entonces el vigilante sabría al instante qué es lo que hacía. Entonces la vio apurar el paso.
-Lo va a hacer.
-La van a atrapar.
-Cállate.
-Sólo digo que hace mucho que no vemos al vigilante… puede estar en cualquier parte…
-Cállate.
-¡Lo va a hacer!
Angélica llegó hasta el extremo del estante, echó una mirada en derredor y no vio nada, levantó la mirada a la parte superior y siguió caminando contando las cosas en los anaqueles y cuando sintió que estaba en la posición adecuada tomó unas cuantas canicas con las yemas de los dedos y dejó caer en el bolsillo de su blusa. Librada al fin, bajó la mirada para buscar a sus compañeras y partir cuando de pronto se encontró de frente con Sebastian que la miraba fijamente con una fantástica mirada de asombro. Angélica lo vio asustada por un momento y luego gritó a todo pulmón:
-¡Corre!

***

-¡Adónde vamos? –gritó Sebastian que se había dejado llevar sin ideas y a toda prisa de la mano de Angélica.
-¡Ja ja! ¡Tú corre!
Atravesaron en segundos la explanada donde estaban alineados los carritos del supermercado, pasaron zumbando junto a la cabina de fotos instantáneas y se dirigieron hacia el largo pasillo de acceso que rodeaba al estacionamiento, con dirección al río. Angélica alcanzó a ver que Dulce y Laura corrían en la dirección opuesta, hacia el callejón, mas no vio a Emma, quien sin duda se había petrificado y se había quedado atrás. Quiso volver pero seguir adelante era más divertido, apretó la mano de Sebastian y siguió corriendo hasta que estuvo segura de que nadie en derredor tenía idea de por qué corrían con tanta prisa. Se detuvo agitada tras una columna y un tibio rubor empezó a colorear sus mejillas.
-¿Qué pasa? ¿Adónde vamos? –preguntó Sebastian asustado.
-Espera…
Angélica se asomó con cuidado, sacando apenas los ojos de detrás de la columna y no vio señales de nada. Siguió con Sebastian, pegada al muro hasta llegar a la esquina donde dieron vuelta. Cruzaron juntos la avenida hasta el camellón central y luego con cuidado llegaron hasta el ancho malecón de adoquines sonrosados que tapizaban hasta el horizonte. Caminó por un momento de la mano de Sebastian que pidiendo una explicación se soltó y se puso de frente a ella.
-¿Qué pasa? –preguntó Angélica deteniéndose frente a él.
-¿Por qué corremos? –preguntó Sebastian.
-Es más rápido que caminar –dijo Angélica sonriente.
-Un día las van a atrapar.
-No pasa nada.
-Si siguen así, un día de éstos van a expulsar a Dulce.
Angélica, parada frente a él, no dejaba de sonreír aún si le faltaba el aliento. Sebastian se tranquilizó poco a poco, descansando los ojos en la figura casual de su mejor amiga; deteniéndose en los pequeños detalles: ese lunar junto a su boca, esos grandes dientes frontales, los contrastes del cabello casi blanco contra el cielo y su parte más oscura y humedecida; en la nuca, por entre su cuello blanquecino. Luego tomó aire, pues se había olvidado de respirar, y emitió un profundo suspiro.
-Te digo que no pasa nada. ¡Vámonos! –dijo Angélica tomando nuevamente su mano.
Juntos cruzaron nuevamente la avenida hasta llegar al muro que rodaba el zoológico del parque. Caminaron a prisa hasta encontrar un par de barrotes torcidos por los que solían entrar y se escabulleron hasta las jaulas de las serpientes. El ambiente cambió de golpe. El sol se quedó atrás y ahí dentro, sólo los pequeños halos de luz que lograban colarse por entre las ramas calentaban su piel. Estaban sumergidos en la selva. Angélica se salió de de la vereda y caminó junto a las jaulas de las serpientes, maravillada con la fisonomía aterradora de esos primeros pecadores.
-¿Qué hacemos aquí? –preguntó Sebastian.
-Puedes empezar por divertirte –contestó Angélica-. ¿Ya viste ésta? Es toda negra. ¿Cómo las encuentras en la noche?
-No lo haces.
-Relájate, Sebastian. Estaremos aquí hasta que sea la hora de volver a clases. Sirve de que cada quien llega por un lugar distinto.
-¿Qué estaban haciendo ahí? –preguntó Sebastian.
Angélica sonrió y siguió viendo a las serpientes por un momento. Luego, después de sentir la seriedad de Sebastian quemarle la piel, volteó.
-¿Qué pasa, Sebastian? –dijo.
Luego añadió:
-Ah… Sabes, pensé que sabías. Cuando te vi parado ahí, en medio de todo, quizá hasta por un momento pensé que estabas por llamar al guardia. Pero no me viste, ¿no es así? Ni siquiera tú que estabas de frente pudiste verme, ¡ja ja! Es divertido ahora que lo pienso.
Angélica tomó de ambos brazos a Sebastian, lo sacudió un poco y lo animó a seguir caminando con rumbo hacia los monos.
-¡Relájate!
Luego metió la mano en el bolsillo de su blusa y hurgó por un momento. No sintió las canicas y se asomó con cuidado dentro del bolsillo, frunciendo el ceño confundida.
-Juraría que estaban aquí…
-¿Qué pasa?
-No están.
-¿Qué cosa?
-Dulce pensó que jamás me atrevería a tomar unas canicas. Pensé que estaban en mi bolso y ahora… debo haberlas tirado cuando corrimos.
-Por eso corriste.
-Corrimos.
-Sí, bueno.
-Pensé mil cosas. Cuando te vi, juré que me habían atrapado. Sentí una enorme presencia detrás de mí y justo como cuando apagas la luz del cuarto y debes volver a la cama antes de que algo del suelo o bajo la cama no te deje escapar y saltas… así debí correr con la sangre helándome la espalda. Esperé la voz del guardia con el estómago apretado y nunca llegó. Luego vi a Dulce y a Laura escapar y… ¿Dónde se habrá quedado Emma?
Los gigantescos árboles abrazaban a la sombra y soltaban, junto con sus hojas y semillas, alaridos de vida con los cientos, quizá miles de aves que ahí se refugiaban libres de las cadenas de treinta metros más abajo. Las iguanas buscan sigilosas los huevos guardados en los nidos para alimentarse y un constante llover de polen y polvo saturaba el ambiente. Sebastian y Angélica caminaban por los intrincados andadores, contando las grietas y sus pisadas, sobre los diversos puentes que atravesaban el interminable canal con las aguas de las lagunas del lugar, contando anécdotas y las tantas veces que habían dado el mismo paseo sin dejar de asombrarse con el espectáculo.
-¿Extrañarás esto?
-Volverás a verme, ¿no es así?
-Sí, supongo. Si no estoy muy ocupado.
-Te mataré. Iré a gritarte afuera de la secundaria que no te crean nada. Que soy tu novia y me has dejado por otra, ¡ja ja!
-Nadie te creerá. No con este uniforme de chiquilla.
-¿No lo odias?
-Creo que lo voy a extrañar.
Angélica subió al muro lateral hecho de rocas de río de uno de los canales y caminó pensativa, con un pie delante del otro y la cabeza gacha.
-¿Qué pasa?
Angélica dudó por un instante, abrió la boca más no salieron las palabras. Luego se tranquilizó y devolvió la mirada al suelo.
-Su mamá… Está enferma, ¿sabías? –dijo al fin- Me mataría si te lo dijera, pero por eso está triste. Muy en el fondo teme que un día la llamen de casa y… tú sabes. Por eso está así. Buscando dónde meterse para no tener que pensar demasiado. He tratado de animarla pero… insiste en que para eso le basta estar sola. Y a veces le creo. Cuando no puede parar de reír.
-No sabía –contestó Sebastian.
-A veces quisiera llorar… pero… ya sabes cómo es… No diré que no disfruto de las cosas por mi misma… pero… hay algo en sus retos… una necesidad… Me gusta verla así; vuelta loca de la risa.
Llegaron juntos hasta el extremo más lejano del lugar. Donde sólo se observaba un viejo Zafari destartalado y un montón de comida para animales. Angélica subió en el auto con cuidado, esquivando las partes más sucias y olvidando las demás. Sebastian subió un pie en él y como David antes, fue resbalando sus ansias hasta el asiento contiguo, quedando hombro con hombro con Angélica. Su corazón palpitaba con fuerza, se mezclaban las emociones y la mirada se profundizaba en una lejanía dolorosa, vidriosa, apaciguada por la razón y la imposibilidad de coordinar palabras, sentimientos, deseos y el instinto puro de salir corriendo o decirle todo de una buena vez. No hablaron. Callaron como hicieron muchas veces antes y Sebastian soñaba que de pronto y sin pensarlo ya había estirado un brazo, que había delineado una caricia con el dedo a todo lo largo de la mano de Angélica, entre sus dedos, para quedar así, con los índices enredados y una sonrisa lanzada a los lados contrarios de su camino; luego volvía en sí y seguía en su lugar: petrificado por el violento movimiento de todo su ser y sus entrañas muy dentro de sí.
">>Hay algo más que quisiera decirte, Sebastian, pero no ahora.
">>Está bien. Sabes que puedes contar conmigo.





***

Una carcajada honda y alargada lo inundó todo, perdiéndose después con las otras voces allá arriba y llegando amortiguada y muy familiar hasta Angélica y Sebastian que ahora jugueteaban con los simios.
-¡Ja ja!
-Estás loca.
-¡Cuando volteé, todos se habían ido! No pensé que hubieran llegado tan lejos, y mira.
Sebastian y Angélica se dieron media vuelta y vieron que llegaban Dulce y Laura con los uniformes descompuestos y exhalando alegría.
-¿Qué hacen aquí? –preguntó Angélica.
-¿Qué hacen ustedes aquí? –dijo Dulce haciendo hincapié en el “ustedes”- Nosotras pensábamos rodear el parque para llegar por el lado contrario a la escuela, pero veo que han pensado lo mismo.
-¿Dónde está Emma?
-¿Quién sabe? En la cárcel, ¡ja ja! –dijo Dulce.
-¡Saben bien que ella no hizo nada! –gritó Angélica.
-Si es tu cómplice –dijo Laura-. Pero no te preocupes. Sé que estará bien.
-¿Y las canicas? –preguntó Dulce.
-Las perdí –dijo Angélica, apenada aún si era mejor así.
-¡Cómo? –gritó Dulce- Bueno, no importa. Es mejor así. Pobre Emma. Debe estar muriéndose de miedo.
-¡Cállate, Dulce! –gritó Laura.
-¿Yo qué? Todos corrimos. Es su culpa por ser taaan lenta.
-Emma estará bien –dijo Angélica.
Todos detectaron la angustia de sus palabras pero no dijeron nada. Angélica empezó a preocuparse y tragando saliva, dio la media vuelta para marcharse.
El calor del mediodía arreciaba y sintieron la podredumbre de las frías lagunas agitarse con el viento. Sebastian caminaba adelante guiando al grupo con una vara en la mano. Siguieron de frente hacia la salida, donde habitaban los grandes felinos y se los árboles gigantes se acababan. Empezaban a sentir sed.
-¿Saben qué hora es? -preguntó Laura.
-No.
-Yo tampoco.
-Debimos robarnos un reloj, ¡ja ja!
-Faltan cinco minutos –dijo Sebastian.
-Huy, el señor de mundo ya usa reloj –dijo Dulce en tono grave y sarcástico.
Sebastian se encogió en hombros y sonrió ante la actitud de Dulce. Su madre enferma. Sus lágrimas oprimidas. No sintió nada y sonrió.
-¿Te lo compró tu papá? –dijo Dulce.
-Ay, Dulce, claro que se lo compró su papá. Nosotros no tenemos dinero –contestó Laura exasperada.
-Tú cállate, Laura, que estoy hablando con el señor aquí.
Angélica y Sebastian se vieron por un instante. Sonrieron y siguieron al grupo hasta la jaula del león.
Dulce se brincó el barandal y corrió hasta pegarse en la reja de la jaula. Metió la cara entre la pequeña cuadrícula y empezó a decir:
-Ven acá, gatito, gatito. Ven acá, gatito, gatito.
-Dulce, no te cuelgues de la reja. Está prohibido pasar del barandal.
-Ven acá, gatito, gatito.
-Dulce –dijo Angélica en tono más severo-. Deberías hacer caso. Nos van a sacar.
El viejo león desdentado estaba acostado sobre un charco de agua. Tenía algo entre las patas que roía con desgano y no se inmutaba ni con el centenar de moscas que se agitaban en un zumbido parejo y atosigante.
-¿Qué haces?
-¡Estás loca!
-Oh, no le pasa nada –dijo Dulce.
En la mano llevaba la misma vara de guayabo con la que antes jugaba Sebastian. La agitaba en el aire con malicia. Hizo una y dos intentos de lanzársela al león y la vara volvió inerte hasta sus pies. El león siguió comiendo.
-No molesten a los animales –dijo Sebastian sin mucho ánimo de empezar una discusión.
-No lo hagas, Dulce –dijo Angélica.
Dulce arrojó la vara hacia la parte superior de la jaula y después de varios golpes, se detuvo justo por encima del león que seguía royendo su comida con parsimonia.
-¿Ven? –dijo Dulce-. Ni se inmuta.
-¡Aya! Desayunaste diccionario –dijo Laura.
-¿Qué te pasa, calabaza? –dijo Dulce indignada. Luego continuó con la burla: Ven acá, gatito, gatito.
-Ya vámonos, Dulce. Ya es tarde –dijo Laura.
-Sí, ya es hora de irnos –dijo Angélica.
Dulce se dio media vuelta y saltó hasta el suelo y estaba por irse cuando pensó en algo más. Dio media vuelta, tomó impulso y saltó de nuevo hasta la reja lanzando un enorme rugido justo en el momento en que la vara de guayabo que se había resbalado por entre las rejillas con el movimiento súbito golpeaba al león en la punta de la nariz.
-¡Ja ja!
El imponente animal se puso de pie con la agilidad propia de los gatos, y corrió hasta donde estaba Dulce quien no alcanzó a mover un solo dedo. El león golpeó la reja con fuerza inconmensurable y el suelo se cimbró; dentro de la jaula cayeron las cáscaras de los árboles en derredor y los demás animales, los libres, huyeron hasta algún árbol tranquilo en cualquier otro parque. El impulso arrojó a Dulce hasta el suelo, sobre un charco de lodo y aterrada salió corriendo sin pensar en nada más que alejarse del lugar. Los demás la siguieron pálidos del susto mientras el león golpeaba con una garra mocha la reja en señal de adiós.
-Dulce, Dulce, ¿estás bien? ¡Dulce!


***

Un fuerte aroma fétido-cenagoso-herboso-primaveral se movía posmoso por el ambiente gris de las sombras. Ahí el calor era menos terrible pero la humedad los sometía en su delirio; atrapados en esa bolsa de plástico de los días de verano; sudando a mares; buscando el aire más fresco en algún lugar de la superficie.
-Qué susto… te juro que…
-Nunca pensé que pudieran hacer eso… fue… increíble…
-¿Dónde se metieron?
-No lo sé. Sólo vi que Laura la perseguía aún, deben estar por aquí…
-¿Crees que alguien nos haya visto?
-No lo sé.
-Debemos irnos.
-Espera.
Sebastian estiró el brazo y tomó una enorme hoja de algo entre sus dedos. Jugó un momento con su grosor, su textura y el fino polvo que se dibujaba entre sus dedos y siguió pensando en eso que lo atormentaba desde hacía mucho tiempo. Después de todo, había crecido así; conociendo la vida moribunda de los sueños cobardes y apocados de sus dudas. De los magníficos sueños sin terminar y la ruina lastimosa de sus peores suspiros. Nunca había lo había considerado posible. Jamás elevó su pensamiento más allá de las holandas de sal que demolían sus castillos sobre la arena; nunca más allá de la espuma salada que le escaldaba los ánimos con su cruel amargura, llevándose a rastras el fino sabor de todo lo dulce de esos ojos miel y sus cabellos acaramelados del segundo año; cuando la conoció. Angélica, junto a él, buscaba en su mirada alguna pista de sus pensamientos sin poder encontrarla y esperó también a que su corazón dejara de palpitar y la vena que primero se notaba en su cuello se retirara a descansar, agitada. Su rostro ovalado, su nariz prominente y redonda; los suaves vellos cristalinos de sus mejillas de durazno; el cabello vaporoso y húmedo que lloraba con el viento, todo eso y el momento, y todos los momentos, la hacían hermosa y Sebastian creyó (como siempre hacía) que debía callar; que no debía interrumpir la magia cuando ésta sucede misteriosa e infinitamente excitante y que era natural, era su obligación primordial, el no apagarla con balbuceos y súplicas, con explicaciones obvias y migajas de entendimiento pues a fin de cuentas lo único que entendía por seguro era que no quería un premio, no quería los vítores ni las alabanzas de una apuesta nunca hecha pero siempre cobrada y pagada por todos los participantes en ese circo, en ese show de emociones humanas; en esa epopeya de valor y conquista… no; Angie era sin duda alguna (y sin David al lado) su mejor amiga y todo debía ser parte de un nuevo plan, de un nuevo acuerdo entre los dos; de una certeza de cuentos de hadas de vivir juntos y felices para siempre. Debía ser así. Siempre debió ser así.
-¿Qué pasa, Sebastian?
-Nada. Estaba pensando… Creo que es hora de irnos.
-Vámonos. Por cierto… ¿Qué hacías ahí?
-¿Dónde?
-En el súper.
-Ah –repuso Sebastian mintiendo sólo a medias-. Estaba buscando a los muchachos. Fueron a las maquinitas.
-Ah.
-Vámonos.
La subida era ardua y áspera. El desnivel de sur a norte hasta topar con el río era pronunciado. El parque empezaba con el nivel del río y debía terminar unos veinticinco metros arriba. Angélica seguía ruborizada por el calor y Sebastian sudaba profusamente. Es por eso que sintió la tibieza de la brisa matinal que aún perduraba entre las jardineras del museo recorrerle el cuerpo. Estaban bajo techo. Protegidos del sol. Entre el museo y la biblioteca. Sebastian admiró siempre, de entre todo, la pureza, la limpieza de las niñas; la frescura de sus pasos y su sonrisa; la incapacidad para sudar o expeler malos olores cuando a él le bastaba una larga caminata para arruinar su porte. Arrastraban los pies hasta la cima y luego hacia la derecha horizontalmente al fin cuando Angélica rompió el silencio y los pensamientos agridulces de Sebastian que se lamentaba por haber perdido otro momento valioso pero que a la vez sabía, sin duda, sin duda sabía que estaba más cerca de ella, más cerca de sentirse y sentirla (por Dios, de sentirla) enamorada.
-¿Sebastian? –preguntó Angélica con curiosidad.
-Mande –contestó él con los ojos muy fijos en ella.
-¿Por qué Sebastian?
Sebastian afinó los pequeños ojos verdes. Quiso sonreír.
-Mi padre… -dijo- Nunca fue a Inglaterra pero todos sabemos cuánto le habría gustado… Los Beatles, The Who, Los Rolling Stones… Elton John… No sé si habría algún Sebastian entre ellos pero ése era mi nombre. Siempre defendió su pronunciación.
Angélica emitió una risilla que pasó de ser apenas un vaho de aliento hasta convertirse casi en una carcajada.
-¿Qué tienes? –preguntó Sebastian.
-¡Ja ja! Nada… don Sebas.
-Sí, ya sé. Es terrible.
-Sólo en español. ¿Alguna vez vendremos al museo?
-Ya no somos unos chiquillos. Ya podemos entrar.
-¿Desde cuándo?
-No lo sé, estoy suponiendo.
-Vendremos, ¿no?
-Sí… Vendremos.
El viejo meteorito de Bacurimí (siempre sorpresivamente para Sebastian: El segundo más grande del mundo y ahí, metido justo en el medio de su ciudad) descansaba sobre un monolito de concreto lastimado; grande, potente y desigual; olvidado por el espacio y ahora por el tiempo. Sebastian rozó con la punta de sus dedos al espécimen de hierro y siguió de largo a través de las pequeñas tiendas laminadas que los rodeaban. Cruzaron la calle y luego, en la llantera de la esquina, volvieron a cruzar hasta la acera de la escuela. Pegados al muro, por sobre la grieta más grande, saltaron dentro de la escuela al fin.
Estaban de regreso.

***

El largo pasillo vociferaba un pequeño rumor sin sentido, más frío y más oscuro que antes. Angélica sentía su corazón caer al suelo con cada paso, con cada tamborileo de las ventanas con el peso de sus tacones. Sebastian se helaba junto a las paredes, una vez más, por el sudor que le humedecía la camisa y que ahora se evaporaba con la corriente dirigida del túnel por el que ahora caminaban temerosos. Dentro de las aulas se respiraba la tranquilidad a pesar de que los maestros no estaban ahí. Juntos atravesaron el pasillo sin ser notados.
-Te acompaño a tu salón –dijo Sebastian.
-¿Qué está pasando?
La luz adelante los cegaba, pero a medida que los ojos se ajustaban al resplandor, pudieron ver el bullicio que se aglomeraba en la entrada principal a la explanada central. Ahí, cuchicheando y haciendo ademanes, estaban los maestros de la escuela, discutiendo algún tema que aún no les sonaba a nada. Pensaron rodear el tumulto y salvarse del regaño, pero entonces vieron que en las bancas que rodeaban al corredor estaban sentados David, Sony, Saúl y los otros muchachos que se habían escapado a jugar a las maquinitas a la hora del recreo y parada en medio de todo y sin dejar de hablar ni mover los brazos, estaba Laura, dando explicaciones de algo que no pudieron entender. Se acercaron y sin que nadie los notara de nuevo, pusieron atención.
-¿Dónde estará Dulce?
-¿Qué pasa?
-¿Qué está pasando?
Nadie les decía nada, pero pudieron notar a Saúl devastado sobre su asiento. La cabeza rojiza y redonda le colgaba del cuello de la camisa, cual si fuera un muñeco, y de entre sus cabellos cortos y puntiagudos, las gotas de sudor asomaban, a medida que se la tallaba con una mano tratando de disimular el dolor y las lágrimas que colgaban de sus ojos dolidos. David, sentado a su lado, lucía la misma pose de siempre: La espalda encorvada, un saco demasiado grande, las piernas juntas y sus manos entrelazadas en el regazo. Viendo al suelo, jugando con las visiones detrás de sus ojos desnudos. Sin nada qué decir. Sonny estaba a su lado, mucho más grande y fuerte, con los brazos cruzados y las piernas abiertas. Colocando el espinazo en el respaldo de la banca. Sabían que sólo había una cosa en el mundo a la cual temía verdaderamente, aún si se empeñaba tanto en negarlo, y era al chicoteo de la regla rasgando su piel. Ese inigualable sonido de sus pesadillas al cual conocía tan de cerca. Y no le temía ni antes ni después, sino justo cuando la sentía estrellarse contra sus callos; justo cuando sentía el golpe recorrerle la espalda hasta los tobillos como electrificado por el rencor y evaporándole el ánima sin poder llorar. Entonces sí, entonces sí volvía a creer en la igualdad de todos los seres humanos y ocultaba su mortal esencia con cualquier palabra que le ayudara a tragarse ese nudo en la garganta. Por eso él también sudaba y por eso sus ojos saltaron con disimulo cuando la maestra Roque se acercó vociferando.
-Estos muchachos. Estos muchachos no aprenden ni a reglazos. No tienen remedio, de verdad que no tienen remedio. Si estos fueran otros tiempos pero… Mi padre nunca dudó en molernos el lomo a garrotazos nomás hacíamos alguna travesura y vieran lo bien que eso nos enseñó pero ahora… Habrase visto semejante desfachatez. Van a ver, bribones. Van a ver nomás llegamos al salón. Sí ya lo sé, gañanes, que fue todo idea de ustedes. Que usan a la pobre de Emma como pretexto y… Qué valor, qué valor el de ustedes de quedarse callados y dejar que una pobre niña cargue con toda la culpa. Eso es tan reprobable como toda la falta misma. Mira nada más, qué manera de pervertir la inocencia de una niña tan linda. Mira que encontrarme con esta sorpresa; yo que conozco tan bien a sus padres y que sé que son un pan de Dios como mi niña y ustedes… Ustedes… Se me revuelven las tripas nomás de pensar…
La vieja maestra daba vueltas en derredor, abriéndose paso entre el tumulto nada más lo creía necesario. Luego, cuando llegaron los padres, ella misma se encargó de levantar el fuego de la animosidad con palabras de anarquía y desfachatez. Angélica y Sebastian veían ese aquelarre ocurrir sin respeto y justo cuando uno de los padres estaba por recriminarle semejante berrinche a la maestra, pues a fin de cuentas, él era uno de ésos que tan mal habría criado a su hijo, se abrió la puerta de dirección, dejando salir al prefecto; recto, abigotado, delgado, de gesto serio, ya no severo, pues una vez en la tragedia, bastaba de cuidados, bastaba de regaños y era hora de solucionar las cosas con ese gesto imparcial y sosegado que desdoblaba para las ocasiones especiales. Detrás de él iba Dulce quien salía como condenada, bañada en lágrimas, lodo, sudor y pena. No volteó a ver a nadie sino al suelo. Sus lágrimas habían cesado hacía un momento apenas y la blusa humedecida relataba de aquel diluvio mejo que su gesto parco y alicaído. Pasó por un lado de Angélica y Sebastian sin dar señal alguna de reconocimiento, se dirigió al salón por su mochila y del brazo del prefecto se dirigió tranquilamente a casa. Todo esto en medio del más grande de los silencios.
-¿Adónde la llevan? –preguntó Angélica- ¿Será que…?
-Seguro sólo la han castigado –dijo Sebastian.
Entonces David los vio y luego Sonny y al final Saúl quien devolvió la mirada enrojecida a su sitio: Bajo la palma de su mano, sobre su codo, apoyado en un muslo; tallándose sin cesar la cabeza; ocultando tras del rápido movimiento las lágrimas.
-Señorita Luna. ¿Puede pasar un momento, por favor? Sebastian, tú también por favor.
La directora había aparecido sin hacer ruido, buscó en derredor e hizo una mueca de descontento por el bullicio que se había formado detrás de los pasos de Dulce que se había perdido en la distancia. La maestra vestía toda de azul de Prusia, medias, zapatos de tacón mediano, lisos, negros, y llevaba el cabello recogido en forma de lechuga alrededor de su rostro pintado en tonos rojos y el negro de sus pestañas. Lucía marcial e impecable, como todos los días y con una mano en la puerta, dejó entrar a Angélica y Sebastian que ahora sabrían de su fortuna.
Al entrar, los golpeó el fuerte olor a madera y desde la silla, la inconfundible imagen del guardia del supermercado que antes le había señalado Dulce, cuando planeaban su estrategia. El guardia no hizo el intento por verles y siguió dándoles la espalda con un giro de su asiento a medida que los chiquillos se dirigían hacia uno de los dos sillones coloniales de la oficina.
-Siéntense, por favor. Esto tomará sólo un minuto –dijo la directora.
Angélica y Sebastian tomaron asiento y esperaron a que se les llamara a declarar.
-Bien –comenzó la directora-. Me estaba diciendo cómo es que ocurrió este incidente.
-Disculpe, señora, de verdad creo que preferiría hablar con el gerente.
La señora directora sonrió y junto los dedos de ambas manos.
-Ah, no –dijo-. De verdad que no creo que sea necesario. Con lo que nos ha dicho nos ha quedado muy claro. Sólo quiero hacer un repaso del acontecimiento para poder delegar responsabilidades con, válgame la redundancia, responsabilidad.
-Creo que de verdad podría usted esperarlo. Ya no debe tardar.
-Le prometo que no tiene nada de qué preocuparse. Los infractores recibirán su castigo de acuerdo a las normas y en cuanto al prefecto responsable, puede estar seguro que se le reprenderá en su debida forma. Una vez dicho esto, todo lo que queda es una charla casual entre dos personas que pues… quieren dejar las cosas en claro.
-Entiendo, señora, pero usted verá… yo tengo que volver al trabajo y…
-Sólo será un momento.
El guardia estrujó el pequeño gorro azul entre sus manos y aceptó la decisión con un rápido movimiento de cabeza. Luego, después de un momento, devolvió la mirada al suelo rendido.
-Dice que fue cuando escuchó el grito que usted se acercó para ver lo que pasaba.
-Sí.
-Y encontró a la niña en el suelo, pues había resbalado con un puñado de…
-Disculpe, señora, es que… el gerente… yo me tengo que ir a trabajar…
-Oh, no, no… Si cree que menciono esto para que la culpa quede en ustedes, no se preocupe. No existe razón alguna por la que una de mis alumnas tuviera permitido estar en ese lugar a esas horas del día con el uniforme puesto.
Con cada palabra, el corazón de Angélica y Sebastian aumentaba su descontrolado paso. Sabían de quién estaban hablando. Sabían lo que habían hecho. Sabían que el guardia podía identificarlos; podía hacerlo fácilmente si había estado ahí como él decía; atrapando a Emma que no alcanzó a correr después de su alarido de huida.
-Ya le dije –renegó el guardia-. Fue el gerente quien decidió llevarla a la Cruz Roja. No pensamos necesario avisarles antes. La niña misma le dio el teléfono de su casa para hablarlo con sus padres.
-Debieron dirigirse a nosotros –replicó la directora.
-Como le digo…
-Fue el gerente, sí. Lo entiendo. Imagino que ya no debe de tardar. Si gusta, puede esperar un momento afuera hasta que lleguen.
-Pero es que…
-Entenderá que es el único testigo que conozco hasta ahora… le aseguro que no tomará más tiempo del estrictamente necesario.
El guardia refunfuñó y poniéndose de pie, se dio la media vuelta caminó hasta la salida y antes de cerrar la puerta, echó un vistazo a los muchachos que estaban sentados dentro de la dirección y sin gesto alguno, desapareció.
-Muchachos –dijo la directora.
Sebastian y Angélica se apretaron en sus asientos.
-Mande, profesora –dijeron al unísono.
Abrieron los ojos al máximo y esperaron, sí, aquellas palabras que venían formulando en su mente desde que el pecho les quiso estallar con un corazón apurado por salir y encontrar tregua. No vieron a nadie más que al rostro arrugado y endurecido de su maestra, quien los vio sin malicia, pero sí con una entereza propia de quien no tiene miedo de decir lo que sabe del asunto a punto de repartir condenas.
Quedaron sin aliento.
-Me pareció conveniente que supieran que su compañera y amiga, Emma, tuvo un pequeño accidente en el supermercado en horas de recreo –dijo la maestra-. Ella está bien, según me informan, sólo se trata de una pequeña contusión y le han vendado una pequeña herida en la cabeza. Al parecer, resbaló con unas canicas que se encontraban regadas por el suelo y cayó. La falta de atención a los detalles del supermercado, así como nuestra propia falta al no poder tener a los alumnos dentro de los límites de la escuela, anula cualquier intento legal que se pueda hacer al respecto por ambas partes. Lo que sí no podemos evitar, es que los padres se vuelvan locos con todo esto, cosa que pueden solucionar educando a sus hijos y enseñándoles que deben respetar sus maestros y ante todo, al prefecto Páez, que tan bien hace su trabajo y al que ahora, estoy obligada a reprender por cosas de las que los alumnos son igualmente responsables.
Sebastian y Angélica se vieron por un instante apenados. Las canicas…
-Los llamé en específico a ustedes porque quiero pedirles un favor. Antes que cualquier restricción o castigo, quiero pedirles como favor que no salgan de la escuela. No lo hagan, mis muchachitos, por favor. Hoy es tan sólo una bandita en la frente y un chipotón, pero mañana puede ser una silla de ruedas o un funeral. Dios no lo quiera. Háganme caso, muchachos, ¿qué haría yo si los llegara a atropellar un coche en horas de escuela? Dulce ha llegado hecha todo un desastre, pero aún así nos ha contado todo y debo decirles que hizo bien, pues al delatarse como responsable de dicho escape, nos confiesa no sólo que ella tuvo algo de culpa, sino que debemos tener más cuidado con lo que ella hace en su tiempo libre; por lo que no me queda sino tener fe en que se comportará de ahora en adelante. Sin embargo, hay consecuencias y las tiene que pagar. Hoy sólo se fue suspendida por lo que resta de la semana, pero si no se compone, podría expulsarla de la escuela con la recomendación de los maestros. Por eso te pido, Angélica, hija, tú eres buena niña. No te separes del lado de Emma que es una niña muy susceptible a los engaños, cuídala, sé responsable de su amistad y también de la de Dulce. A esa niña le hace falta un buen ejemplo y sé que tú la entiendes, que te identificas con su lado más salvaje y yo lo entiendo, también fui niña; pero sé que pondrás tus límites y ayudarás a definir de una mejor manera los de ella. Nos han llamado de su casa, su mamá ha estado enferma, no sé si ustedes sabían, y está comenzando a sentir esa carga extra de los quehaceres del hogar; traten de entenderla y de no descuidarla en lo posible. Hoy es jueves, el lunes estaremos todos de regreso y volverá todo a la normalidad. Lo mismo va para ti, Sebastian. Me dicen los muchachos que te negaste a ir a las maquinitas e hiciste muy bien, pero quizá debiste decirles a ellos que tampoco fueran. Mira qué manía de estarse gastando el poco dinero que les dan para gastar en tonterías. Sé que ustedes me tienen miedo, que soy la directora, la de los regaños, los castigos, las reprimendas, suspensiones e incluso las expulsiones; pero también los conozco bien. Sé que los mueve, conozco a sus padres y sé qué los hace venir o querer irse. David es muy cercano a ti, Saúl te sigue a donde vayas; incluso Sonny jamás se ha metido contigo. Aprovecha ese beneficio y úsalo para bien, hijo. Verás que te lo agradecen aunque no lo digan.
La directora cerró los ojos y pasó sus manos por su nariz y hasta su cabello ligeramente. Estaba cansada. Sorprendida de semejante accidente y nerviosa por lo que los padres habrían de decir, pero trataba de disimularlo con las palabras más maduras que pudiera pensar. Tratando de contagiar al prójimo con sus deseos.
-En fin –agregó abriendo los ojos nuevamente-, no los mareo más con mis cosas. Sólo les pido ese favor. Pórtense bien, hijos. Ahora, ese barullo debe ser porque Emma está aquí. Vuelvo en un minuto. Espérenme aquí.
-Sí, maestra –dijeron al unísono.
La maestra se levantó de su asiento y rápidamente llegó hasta la puerta, lanzó unas cuantas palabras graves y dejó la oficina en silencio tras de sí.
-Pobre Emma –dijo Angélica-. No puedo creer que la haya dejado atrás.
-Ella está bien.
-No quiero ni imaginar el susto que pasó. Debe haber creído que sus padres la iban a matar. Debe…
Sebastian no dijo nada.
-Tú también crees que estuve mal, ¿verdad? Lo sé y tienes razón. Debemos decirle la verdad a la directora. Todo es mi culpa. Emma me va a odiar.
-Emma no va a odiar a nadie. Fue culpa de todos. Nunca debimos salirnos de la escuela.
-Emma me va…
En ese instante se abrió la puerta. Era la maestra Rosaura quien con una enorme sonrisa en el rostro asomó la cabeza dentro del cuarto y saludó con propiedad.
-Buenos días, Angélica, primor. Buenos días, Sebastian. Aquí les traigo un regalito.
Detrás de sus palabras entró Emma quien traía los ojos hinchados por haber llorado, pero que ahora lucía tranquila y sonriente sujetando una pequeña venda en su cabeza que no necesitaba que su mano estuviera ahí.
-¡Emma!
La maestra Rosaura sonrió de nuevo y cerró la puerta dejándolos solos.
-Angie, hola. Sebastian.
-¿Cómo estás? ¿Qué te pasó? –dijo Angélica llegando hasta ella- Lo siento mucho. Nunca pensé… lo siento… de verdad… tenemos que contarle todo a la señora directora…
-No te preocupes, yo ya lo hice. Y según me dice, Dulce también. Nadie te ha echado la culpa.
-Pero yo fui, yo tuve la culpa… lo siento… lo siento…
-No seas tonta, no pasa nada. El lunes volvemos a la escuela y mi mamá del susto ni siquiera me regañó. Me ha pedido que no le digamos nada a mi padre. Cualquiera se golpea en la escuela después de todo, ¿no? Me recomendaron descansar el fin de semana.
-¿Y Laura?
-Laura tampoco estaba. Dulce tan sólo me nombró a mí.
-Pobrecita. Espero esté bien.
-¿Dónde está ella?
-La llevaron a su casa. Vuelve el lunes también.
-Podemos ir a visitarla.
-Podemos hacer eso. Ahora me voy, que me están esperando.
-¿Emma, estás bien?
-Todo está bien, no te preocupes. Nos vemos mañana.
-Hasta mañana.
-Hasta mañana, Sebastian.
-Adiós, Emma. Cuídate.
Emma salió sonriente del lugar. Angélica y Sebastian se vieron divertidos y encogieron en hombros.
-Pobre Emma –dijo Angélica.
-Ella estará bien; no murió del ataque como siempre creíste.
-Tienes razón, solemos creer que las cosas son más difíciles de lo que en realidad son.
Sebastian hizo una mueca de entendimiento y luego, trastabillando, se atrevió a decir:
-Angie…
-Mande…
-Hay algo que tengo que decirte…
-¡Es cierto, lo olvidé! Hay algo que tengo que decirte también.
Sebastian sintió arder dentro de sí las viejas brasas de su terror crónico y por un instante en el que la vio a los ojos, creyó que desfallecería; que caería al suelo con todo y palabras, consumido por el fuego de su interior de papel; volátil, quebradizo, vuelto a cenizas como en sus peores días; cuando prefería callar y no escuchar siquiera la más insinuación del no. Había callado en segundo año pues apenas la conocía y eran tan sólo unos niños, quienes coincidían entre clases y los atestados columpios donde se decían hola con una carrera y una rápida mirada y calló también en tercer año pues había conocido los quebrados y entre el enredo y la maestra Chayo no tenía cabeza para más; cuarto año lo vio extrañándola por la ventana pues habían cursado en bloques distintos y la mirada que antes lanzaba repetidamente hacia su salón, donde los moños en su cabello saltaban y correteaban por doquiera, sólo le alcanzaba para estrellarse en el plástico acabado del muro de la ventana, rogando al cielo tener el valor necesario para a la hora del recreo acercarse a ella, saludar y al fin hablarle con la comodidad con la que ella siempre lo hizo; siguiendo el camino natural de su lenguaje hasta encontrarse hablando de su mutuo amor; pero ya en quinto año se había decidido a confesarse, no importando nada más que sus palabras y dispuesto a hablar o dar por terminado su idilio para siempre; pero enfermó y luego ella también y llegaron las vacaciones y quién se acordaba de promesas cuando se trataba de volver a sentirse lo suficientemente amigo como para poder decir sus más íntimos secretos sin temor a ver destrozados sus sueños y ahora… ahora era sin duda su mejor amiga y todo pensamiento trascendía más allá de un deseo egocéntrico y vano; todo gesto era amor y toda palabra era parte vital de esa leyenda que había durado ya cinco largos años; y así, con el rigor de su más perfecta filosofía había llegado al cielo, al nirvana, al inmenso placer de poder decir que Angélica y Sebastian eran sin duda mucho más que sólo eso. Y sin embargo había días como éste; en que sentía que podría resistirlo todo y al fin decir.
Detrás de la ventana, fuera de la dirección, tres cabezas se asomaban sin poder ver nada. Entre las enredaderas sujetas al cristal y los anchas hojas de las plantas que surgían desde dos maceteras de barro rojo en el suelo, brillaban seis ojos curiosos que se peleaban el espacio justo donde habría de suceder todo por lo que habían estado esperando con ansias después de saltar el muro de la escuela y ser descubiertos en medio de la plaza con un vaso de refresco en la mano y una niña, compañera y amiga suya, tirada en el suelo con la blusa manchada de sangre. David, Sonny y Saúl sabían que volverían hasta el lunes por sus faltas y que por eso se habían salvado de los reglazos de la maestra Roque que aún vociferaba por los pasillos acerca de la ruina de la humanidad y la próxima bajada del señor, pero no se irían hasta ver un poco más de las novedades del día.
Dentro, dos figuras conocidas danzaban en torno al otro con pequeños pasos disimulados llenos de galantería y candor. Afuera, los muchachos jugaban a adivinar los sonidos y se callaban con empujones y disputas. Fue entonces que David tuvo la idea de elevarse por encima del nivel de las plantas; hincándose sobre el filo de la ventana con ayuda de los otros dos.
-Dime, Angélica.
-Es que me da pena…
-No tienes por qué, no conmigo; te conozco desde el día en que entraste a la escuela, ¿sabes? Nunca te lo dije, pero yo estaba ahí cuando llegaste, sentado justo frente a la entrada, antes de iniciar las clases. Eras tan pequeñita, tan blanca; llevabas el cabello recogido con un listón, justo como el que llevas ahora; recuerdo que no sonreíste cuando la directora las recibió al pasar y sólo lo hiciste cuando tu mamá te lo pidió. Pensé que nunca había visto a alguien más bonita en mi vida y ahora… Hemos pasado tantas cosas juntos que no puedo creer que se traten de la misma persona.
-Lo sé… Hemos pasado tanto juntos y es por eso que debo decirte… pero… me da tanta pena…
-Confía en mí.
David trepó el muro y con las rodillas enrojecidas, se apoyó en el borde, logrando ver algo por encima de las plantas. Luchando contra el reflejo del silencio profundo y el sol más atrás de él. Saúl y Sonny sujetaban sus piernas, cargándolas con los hombros; mientras uno no podía creer que Sebastian tuviera el valor de hacer algo con lo que siempre soñó desde ese día en que él también conoció a Angélica pero dos horas y media más tarde, a la hora del recreo; y el otro no podía esperar para saber de cuál de todos se habría de reír por su fracaso o su cobardía.
-Primero… Prométeme que nada cambiará entre nosotros… Que pase lo que pase… siempre seremos amigos…
-Lo prometo.
-Prométemelo bien… levanta la mano… así… hacia el frente…
Angélica tomó la mano de Sebastian y la colocó en el aire, con la palma al frente, separando sus dedos con cuidado. Luego colocó su mano más pequeña sobre ella para que coincidieran en el aire.
>>¿Qué dicen?.
-Prométeme que guardarás el secreto…
-Lo prometo –dijo Sebastian que comenzaba a sonreír descontroladamente.
>>David, ¿qué están diciendo?.
La imagen transfigurada de dos manos unidas en el aire le llegó a David entre reflejos de una sonrisa. Angélica veía al suelo sonrojada mientras Sebastian entornaba los ojos, en señal de ánimo y comprensión, pero no se escuchaba nada. Afuera, sólo el resoplido de Saúl que se empezaba a sonrojar y Sonny que no estaba dispuesto a cargar con todo el peso él solo. Entre ocasionales preguntas, peleaban.
-¿Qué te dijo, Sebastian? ¿Qué te dijo?
-Prometido…
Sebastian sonrió y vio el rostro de Angélica transformarse en la sonrisa más grande y brillante que hubiese visto antes; sus labios rosados, sus mejillas abochornadas y más que nada, el dorado de su piel, de sus cabellos, fulgurando con el altivo día allá afuera, colándose hasta el interior mezclado con la madera. Sebastian suspiró como aquellas veces en que olvidaba respirar y dijo:
-¿Qué pasa?
-Es que… Es que…
-Dime, Angie.
-Es que tengo novio, Sebastian… Tengo novio…
-¡Lo hizo!
Sebastian creyó escuchar un ruido proveniente de la ventana y lentamente volvió la cabeza, aún con la mano unida en el aire a la de Angélica. El fuego de su interior se encendió con tal violencia que no sintió dolor y uno a uno vio consumirse entre sus dedos todo pensamiento de razón. Se unieron tiempo y espacio y alrededor la tibia atmósfera de nepente convertía sus alucinaciones en una figura escuálida y alargada sosteniéndose a duras penas sobre el filo de la ventana. Apoyado contra las cabezas rojas y deformes de sus compañeros de salón entre las plantas, muy por encima, David hacía señas con los brazos muy abiertos, queriendo explorar la maraña de cristal entre sus ojos miopes. Sonreía como nunca antes se le había visto. Sebastian quiso hablar pero sólo estaba soñando.
-… vive por mi casa y estudia en la misma secundaria a la que tú irás… así tú y yo podremos vernos todo el tiempo cuando…
-No tienen de qué preocuparse, la niña está bien. Sólo necesitábamos que el guardia confirmara nuestra historia en caso de tener a los padres de la niña volviéndose locos en la oficina. Usted sabe.
-¿Se atrevió a decirle?
-¿Qué le dijo?
Escuchaba un sonido resonar en su mente que bien pudo ser el golpeteo de David contra el cristal mientras gesticulaba algunas palabras que desconocía o pudo ser el de su corazón acelerado tamborileando en sus oídos con la misma fuerza del azotón de puerta que dio la directora al entrar a la oficina entretenida con una densa charla con el gerente del supermercado y después de eso, para sentirse vivo, quiso sonreír con la tersa delicadez de la mano de su mejor amiga entre sus dedos y el ahogado hilillo de su dulce voz pero no pudo pues justo en ese momento escuchó algo muy frágil hacerse trizas y caer al suelo con fuerza tremenda y sintió el vértigo de esa caída como algo propio, venido de sus náuseas y sus ganas de gritar, antes de ver el enorme cristal que daba a la explanada convertirse en millares de esquirlas de sol y derramarse desde el aire, por el suelo, hasta sus pies.
-¡Ave María purísima! ¡Muchachos!
-¡David! ¡Cuidado!
-¡Vámonos de aquí!
-Sebastian, Sebastian… ¿qué dijo? Sebastian… ¿qué te dijo?... Sebastian.