martes, 4 de octubre de 2011

Sebastian

-¿Ya supiste? –dijo David metido en el viejo y ancho saco gris curtido de jabón que llevaba desde el primer día de escuela de cuarto grado. Estaba por terminar el sexto y aún le colgaban, más allá de su complexión de niño, los anchos hombros arrugados. Sus ojillos vidriosos, devotos y redondos en demasía, resplandecientes como un par de botones nuevos, se clavaron en Saúl más atrás con fascinación. Sabía que no debía haber hablado tan fuerte pero lo que debía decir no podía esperar un minuto más.
-Silencio –dijo la maestra Roque que rondaba el fondo del salón con las manos en la espalda, contando las astillas de la regla entre sus manos.
-¿Qué? –dijo Saúl metiendo la cabeza y su redonda nariz en el saco de David olfateando la mentira.
-¡Silencio! –repitió la maestra aún sin demasiado interés en la falta.
-Sebastian… hoy le dirá… a la hora del recreo –dijo David.
-No te creo –dijo Saúl rechazando el comentario y recargándose de nuevo en el pupitre en silencio.
-¡Que te digo que sí! –dijo David.
-¡Silencio! –gritó la maestra que ahora volteó en búsqueda de los infractores-. Si escucho una voz más alguien saldrá sin oreja esta tarde.
Saúl cruzó los brazos rechazando todo comentario y siguió esperando la hora de salida con la espalda recta y las cejas levantadas. Había terminado el examen antes que todos, siempre lo hacía, y ahora esperaba a que los demás terminaran antes de poder salir unos minutos antes al recreo. David, junto a él, un alto y desgarbado niño de apenas once años, criado de costumbres mormonas sin mayor idea de ello que el saber que no era meramente católico aún si compartían el mismo dios, se quedó apiñado sobre los libros tratando de hacer valer su verdad con los ojos clavados en su compañero. No había terminado el examen y no lo iba a terminar, así que también esperaba la hora de salir.
-Ya verás, a la hora del recreo lo verás.
-Bueno, por Dios santo, ¿por qué no guardan silencio?
La maestra, una vieja cegatona, de gruesos lentes, gruesa cintura y piernas flacas, con muchos años más allá de su fecha de retiro buscaba por algún culpable. Los muchachos solían reírse de ella entre cuchicheos y miradas obscenas, pero cuando llegaba la hora del castigo, era tan temida como el que más en la escuela. Su arma preferida era la regla. Alineaba a los muchachos “irremediables”, como ella decía, al frente, mostrando las palmas de las manos hacia su rostro de ojos puntiagudos y nariz aguileña y una a una les desataba un violento “¡taz!”, como la regla decía, que doblaba las corvas y llenaba de terror a los otros muchachos que aprendían la lección en el espanto.
-Bueno… ¿por qué no se callan? –preguntó la maestra en tono de frustración.
Sonny, el niño más grande y bravucón de la escuela levantó la mano. Conocía bien a la maestra, era la segunda vez que cursaba sexto grado y la tercera vez que llevaba clases con ella en esa escuela.
-Maestra… -dijo.
-Dime, Sonny.
-Dice Saúl que lo disculpe, que se sentó en su lápiz y se lo ha clavado en una nalga.
-¡Yo no dije…! –quiso decir Saúl.
-Te conozco muy bien, Sonny –dijo la maestra en tono digno- como para caer en tus burlas y sandeces, pero si ese fuera el caso, Saúl no tiene por qué apenarse. Saúl, hijo, ve a la enfermería a que te atiendan se es necesario; en cuanto a los demás, sigan con el examen. Aún nos quedan quince minutos para salir al recreo así que no irán a ninguna parte.
Saúl hizo caso sólo para librarse por un rato de las risillas burlescas que aparecían con ojos y sin orden desde todo el salón. No iría a la enfermería. Se puso de pie y recorrió las butacas del salón lentamente, apaciguando el rojo intenso de su rostro. Sebastian que estaba al frente del salón no hizo caso. Trataba de terminar el examen. Trataba de no pensar en lo ardua de la labor de guardar un secreto que todos sabían y que ahora debía cumplir como condenado; rascándose la cabeza.
-Me las vas a pagar, Sonny –dijo Saúl mientras Sonny le gritaba entre risas al salir:
-Sí, sí, yodo y merthiolate. Con eso quedas. Dile a la enfermera que yo te recomendé.
Todos rieron.
-Muchachos, guarden silencio –dijo la maestra.
Saúl lanzó una última mirada a Sebastian que seguía con las cuentas de su examen. Se vieron por un instante. Sebastian sonrió pero Saúl no pudo ver en sus ojos esas palabras. No ésas. Luego se perdió en el pasillo.
-Sebastian le dirá, ya verás; le dirá a la hora del recreo.

***

-Angie.
-Presente, maestra.
-Sonia.
-Presente, maestra.
-Carlos.
-Presente, maestra.
El aburrimiento, el vacío y la intensa claridad mitigaban el delgado ambiente del salón. Era la clase de quinto grado. La maestra Rosaura tomaba lista. Una blanca y alargada mujer de buen aspecto y una recalcitrante soltería que la había llevado a llenar su pequeña casa verde hospital con una enorme variedad de muñecas de cerámica colocadas meticulosamente sobre cualquier superficie horizontal o bien, colgadas de los muros con una infinidad de pequeños clavos en forma de gancho espaciados milimétricamente. Era buena maestra, buena amiga, buena hija, buena mujer, sin embargo, debido a una severa narcolepsia que la metía en toda clase de aprietos, jamás tuvo el valor de acercarse a ningún hombre con tal de no pasar esas vergüenzas. Rara vez salía de casa sino para trabajar y una vez ahí, la podían encontrar relegada al pequeño espacio entre su mesa y la silla. Muchas de esas veces, dormitando.
-¿Por qué toma lista antes de salir al recreo?
-Supongo que para que volvamos completas –dijo Emma.
Algún murmullo esporádico adornaba las ventanas de interés y sólo una que otra voz se animaba a rechinar con las cuerdas vocales. Respetaban a su maestra, aún si eso no detenía las inevitables risas de cuando le ganaba el sueño. El resto del tiempo, sin embargo, la maestra sabía hacerse querer con sus anécdotas e invitaciones a pequeñas reuniones de alumnos, padres de familia y maestros en la alargada cochera de su casa y de vez en cuando, si había oportunidad, con diversas actividades extracurriculares dentro del salón.
-Niñas, ya casi termino –dijo la maestra.
Nadie dijo nada y poco a poco se apagaron las risas.
-Siempre lo mismo –dijo Dulce.
-Ya empezaste, tú. Podrá ser lo mismo, pero no tiene nada de malo –dijo Laura.
-Siempre lo mismo siempre es malo –recalcó Dulce con tono burlón-. Por algo está sola.
-Eres tú la que sigue con lo mismo –dijo Laura-. ¿Y qué si está sola? La mamá de Martín está sola y no negarás que todos la adoran.
-Hasta tu papá –dijo Dulce.
-Ya cállense –dijo Emma-. Ya va a terminar.
-Angélica, Angélica. ¿Qué harás a la hora del recreo? –dijo Dulce. Era la única que la llamaba por su nombre completo. Como si con ello hubiese invertido la burla.
Angélica no les prestaba atención. Garrapateaba dos nombres en su cuaderno, contando los segundos antes de que las dejaran salir a jugar.
-¡Angélica! –gritó Dulce.
-Muchachas –dijo en tono perezoso la maestra.
-Mande –contestó al fin Angélica.
-¿Qué si qué harás a la hora del recreo?
-No sé, nada.
-Vamos a escaparnos a la plaza. ¿Vas?
-No sé.
-Dime que sí vas. Emma no irá sin ti y si nos escapamos sólo Dulce y yo no nos la van a perdonar. Ándale, vamos.
-No sé, mi papá se va a enojar.
-Tú papá no te regañaría ni aunque lo atropellaras con su propio carro después de habérselo robado –dijo Dulce.
-Ni aunque te viera en brazos de… -dijo Laura.
-Cállense. Está bien, iré. Pero de eso ni una palabra.
-Huy, está bien.
La maestra Rosaura se mareaba, se mecía, cabeceaba. Sentía los ojos caer con todo su peso en una montaña rusa sin control.
-César –dijo adormilada.
-Presente, maestra.
-Laura, Laura. Me voy a robar unas canicas.
-Dulce… dime algo nuevo…
-Laura… Angie se va a robar unas canicas.
Silencio. Un tenue rumor. Ronquidos. La maestra Rosaura lánguida contra el verde paisaje tras de ella.
-¡Ja ja!…
-¡No te rías!
Ronquido, ronquido, ronquido, crónico, pausado, en rumiante crescendo. La maestra se sumerge en su desliz una vez más; descansa, duerme, sueña ahora con los brazos alrededor de su cabeza y la frente en los papeles que hacía un segundo leía. Se ha ido antes del recreo.
-No me río de ella; pensaba en si estará soñando que anda en moto o podando el césped.
-¡Ja ja!
-¡Cállate, Dulce!
-O peleando con un enorme oso grizzly…
-¡Ja ja!
-Cállense las dos.
-No tarda en venir el prefecto.
-Así que Angie robándose unas canicas –dijo Laura-. ¿Es eso verdad?
-No lo sé –dijo Angie-. Primero tenemos que escapar.
-Aún no suena el timbre.
-¿Deberíamos salir ya? ¿O esperamos a que despierte?
-¡Ja ja!
-¡Laura!
-¿Qué?
-Que no te rías.
-Que no me río de ella.
-Ya no les creo nada –dijo Emma.
-Jóvenes.
En el umbral de la puerta estaba el prefecto Páez. Impecablemente vestido de pantalón de vestir gris, camisa blanca y corbata negra para combinar con el cinto y sus pequeños zapatos de piel curtida. Su bigote perfectamente recortado no se movía ni siquiera un poco al hablar.
-Pueden salir –dijo.
Luego siguió hasta el escritorio de la maestra y gentil y respetuosamente la tomó del hombro y la vio despertar con un susto ya muy visto antes de ponerse de pie apenada y acomodándose las ropas. Preguntándose cuánto tiempo habría estado así esta vez.
-Ya la tengo –dijo el prefecto.
-¡Vamos! –gritó Dulce desde el pasillo hasta donde la seguían las otras tres.
-Emma, apúrate.
-Ya voy. Yo no sé por qué les sigo haciendo caso.
-No podríamos hacerlo sin ti –dijo Angélica.
-Ay, sí, no podríamos hacerlo sin ti –dijo Laura.
-Tú cállate –dijo Dulce-. Que ahora que lo recuerdo, hace tiempo que no eres tú la que se lleva las canicas.
-Vámonos.
-Oigan, ¿y para qué queremos las canicas?
-Ay, Emma.

***

Una larga muralla roja, dentada y desigual rodeaba la escuela. Eran las diez y media de la mañana y el enorme barullo que había comenzado un poco antes esta vez, empezaba a convertirse en la locura que sería a la hora de salida cuando decenas de padres esperaban a sus hijos con los autos encendidos y el pitido grosero de un claxon apurado, cuando las roncas voces incansables de los vendedores ambulantes lo enredaban todo con un guiño de acuerdo mutuo y los gritos desesperados de aquellos que sólo quieren pasar para llegar a casa inundaban las calles. El sol ahora vibraba virtuoso muy por encima de las casas y las tibias sombras se sometían a su angosto espacio muy por debajo de los petirrojos tabachines. Escapar de la escuela era sencillo. Nadie decía nada si no te veían intentarlo. Los niños de seis grados escolares, de tres salones distintos corrían todos a la vez por los pasillos y explanadas del lugar y era difícil llevar la cuenta, aún intentándolo.
-¿Vas a ir?
Sebastian estaba sentado en el suelo, en el pasillo de los salones de sexto año, en la parte más oscura y húmeda del lugar. Le gustaba sentir el frío concreto bajo sus ropas y en el viento que corría de este a oeste por el corredor se respiraba el ambiente del recreo sin tener que sumergirse en su desorden. David lo interrogaba con un pie ahí y otro en su destino.
-No, me quedaré aquí –dijo Sebastian.
-¿Esperas a Angie? –preguntó David alterado. Lo comían las ansias.
-Tal vez.
David tragó saliva y quiso sentarse junto a Sebastian pero ahora su amigo le pareció más grande que él, más sabio, y le dio pena que con un movimiento menos fluido del que su amigo poseía, se notara la incomodidad de no sentirse digno de tal amistad como siempre había creído. Se detuvo por un instante con la palma de la mano en el muro y un pie cruzado por encima del otro, pero rápidamente volvió a la vertical con los brazos cruzados frente a él. Luego preguntó con timidez:
-Angie es tu amiga, ¿verdad?
-Sí.
-¿Es tu mejor amiga? –dudó.
-Tú eres mi mejor amigo, David.
-Lo sé, pero… tú prefieres estar con ella porque…
Se detuvo pues quiso que su amigo llenara el silencio, pero para ello necesitaba de su mirada y no obtuvo respuesta.
-¿Qué pasa, David? –preguntó Sebastian deseando que su amigo completara la frase.
David sintió los ojos verdes y hondos de Sebastian transfigurarle el gesto con una pregunta definitiva. Tartamudeó en sus pensamientos antes de poder volver en sí.
-Los muchachos dicen que… -quiso decir.
-¿Qué cosa?
-Dicen los muchachos que no se puede ser amigo de una niña.
-¿Y tú les crees?
David exhaló fuertemente. Se levantó los lentes, se talló los ojos y se rascó la cabeza. Entonces olvidó lo que traía en mente y pudo hablar libremente.
-No.
-Angie siempre ha sido nuestra amiga, ¿no? Si algo pasa, es que ellos no quieren ser amigos de una niña.
-¿Crees que las cosas cambien? –dijo David encontrando la respuesta.
Sebastian lo pensó por un momento sólo por respeto. Para decirle a David que sabía que podía pasar cualquier cosa.
-No creo –dijo-. Es mi amiga; es nuestra amiga y pase lo que pase, seguiremos siendo amigos siempre. No importa lo que los otros digan, ¿no es así?
-Supongo.
Se quedaron callados un rato. David se recargó en el muro plastificado, suave y puntiagudo de los salones y se fue resbalando hasta el suelo sin siquiera darse cuenta de que ahora se encontraba al lado de su mejor amigo. Los demás niños seguían corriendo sin pausa mientras ellos se sumían en el sopor del momento por un rato.
Eran mejores amigos desde el primer momento. Cuando Sebastian tuvo que interceder por él que se encontraba bajo el puño del “Pelón”; un antiguo amigo que un día había dejado de ir a la escuela para no volverle a ver jamás.
-¿Se lo dirás? –preguntó David recordando el tema.
-No sé –dijo Sebastian pensativo-. Ya veremos. ¿Adónde van?
-Vamos a la Plaza. Dice Sonny que se encontró una bolsa llena de fichas en su casa.
-Su hermano lo va a matar.
-Sonny no le teme a nadie.
-Por eso lo va a matar.
-¡David!
Sonny, Saúl y otros cuantos muchachos le gritaban desde el centro de la explanada donde realizaban los honores a la bandera. David se puso en pie a regañadientes, tallándose las manos en los bolsillos del saco.
-¿Vienes? –preguntó.
-Vayan ustedes.
-¡Hey, David! ¡Apúrate!
-¡Ya voy!
-Deja al galán a solas –gritó Sonny.
-Es más –dijo Sebastian-, al rato los alcanzo.
-Trato.
David se dio media vuelta y se alejaba corriendo cuando recordó algo y regresó con unos cuantos pasos.
-¿Y si te dice que no? –preguntó.
-Entonces siempre seremos amigos, ¿no?
David sonrió, se dio media vuelta y pronto él y los muchachos se perdieron de vista.



***

-¿Ves a aquel de allá? Es el que cuida la tienda. Mientras no te vea él, todo estará bien.
Estaban metidas en la sección de ropa, observando con descarado disimulo las prendas que no habrían de comprar. Laura, la más alta de todas, se probaba las blusas antes de colgarlas en su lugar. Dulce sobresalía entre los colgadores de ropa y Emma no podía quitarle los ojos de encima a Angie quien era la que había recibido el reto del día.
-¿Por qué no las compramos? –preguntó.
-¿Tienes dinero? –preguntó Dulce.
-No, pero…
-Pues por eso.
-Dulce, podríamos ahorrar y comprarlas.
-No, tú espérate. Además, todos las roban. ¿Crees que no se dan cuenta de que las redecillas están abiertas? Saben que tomaremos una o dos. No puede ser tan malo.
-¿Y por qué tienen a alguien vigilando el lugar?
-Eso es para los viejos. Los que roban televisiones. Somos apenas una niña. Vive la vida, Emma.
Emma hizo una mueca de disgusto y dirigió su vista hasta donde Angélica evaluaba la situación.
-Angie, ¿qué tienes?
-Nada, ¿por qué? –contestó Angélica.
-No tienes que hacerlo. Puedes volver a la escuela. Yo me quedo con Dulce y Laura.
-No, está bien. Yo voy primero.
Angélica Luna, Angélica, Angie, como le decía su madre y desde entonces todas sus amigas, asomó el pequeño rostro por entre las ropas y recuperando la vertical cruzó el área que la separaba de las canicas rodeando la escena del crimen por los pasillos contiguos con singular candor. Era una niña mediana, delgada, de buenos modales y voz angelical de pesada cabellera dorada que sabía ganarse a los amigos y maestros con un encanto natural que heredó de su madre desde muy pequeña. Guardó silencio y levantó los ojos para descubrir cualquier cosa que pudiera delatarla; aún si en verdad ese uniforme jamás la delataría, pues la larga falda de cuadros rojos y verdes, su blusa blanca y los zapatos negros gastados de la punta eran exactamente los mismos que se encontraban por doquier a lo largo del día en una plaza que estaba hecha a la medida de los niños que cansados de lecciones buscaban gastarse las energías y sus ahorros entre jugar a las maquinitas y disfrutar una malteada de fresa. Lo único singularmente distinto en ella era un largo listón rojo que solía llevar anudado en el cabello y que se había soltado hacia un rato ya para caer delicadamente y desigual alrededor de su cuello sobre sus hombros. Angélica llegó hasta los estantes blancos y un penetrante olor a goma le llegó a los pulmones. Estaba en el área de los juguetes deportivos y a esa hora, en medio del día de clases, estaba desolado.
-¿Qué haces?
-Sh.
Angélica siguió caminando por el piso blanco y helado con naturalidad, como si ella también buscara algo. Tomó un guante de beisbol entre las manos y examinó las costuras con cuidado. El vigilante no se veía por ningún lado, pero las canicas daban al lado más transitado del supermercado. Había que tener cuidado. Caminó un poco más en derredor.
-Apúrate –susurró Dulce.
Angie la vio con malicia y le sonrió.
Dentro de sí revoloteaban cálidas las emociones más íntimas de su ser, se abochornaba y sentía el cosquilleo de sus ansias repiquetear en su pecho, justo como aquella vez en que había tomado por primera vez su mano y lo había sentido más cerca, más suyo y sin embargo, no podría haberlo relacionado con una velada historia de amor en ese instante; no podría haber pensado en que el fuerte latido de su corazón, ese intenso calor, el cosquilleo o la malicia de su travesura correspondía con exactitud a aquella otra travesura en la que tampoco esperaba ser atrapada, no en su descuido de por primera vez haber caído enamorada de un niño tan distinto, en otro ser, en algo tan opuesto y tan… no, no era lo mismo, no había nada aquí, no había premio, no había éxtasis, no había tal felicidad al final de todo, no quedaría prendada del momento por siempre; por eso no era lo mismo, no; eran unas simples canicas, una apresurada carrera, un paso más dentro de esa desquiciada carrera por encontrar la siguiente travesura que la uniría a Dulce y a Laura, y que bien sabía volvería loca en cualquier momento a Emma quien jamás había participado realmente en alguno de sus retos tontos, y que sólo las esperaba detrás con una plegaria en el bolsillo la cual presentaba como disculpa firmada y llena de tartamudeos ante los maestros, el prefecto o la misma directora, ahogándose en la pena de nunca haber tenido que pedir perdón por ella y sí por Dulce o Laura que jamás se atrevieron a decir siquiera nada; nada pasa, todo está bien, ya pasará Emma; escudándose en el tierno dulzor de Angie que encontraba el perdón incondicional con sólo el brillo de sus ojos.
Emma seguía todos sus movimientos con la mirada. Contaba los segundos antes de verla dar el impulso final hacia las canicas. Sabía que caminaría con más fuerza de lo usual hacia ellas, que vería por última vez hacia los costados dos pasos antes de detenerse y que tomaría las canicas al pasar sin apenas voltear y luego seguir su camino. No podía detenerse. No podía estar ahí porque entonces el vigilante sabría al instante qué es lo que hacía. Entonces la vio apurar el paso.
-Lo va a hacer.
-La van a atrapar.
-Cállate.
-Sólo digo que hace mucho que no vemos al vigilante… puede estar en cualquier parte…
-Cállate.
-¡Lo va a hacer!
Angélica llegó hasta el extremo del estante, echó una mirada en derredor y no vio nada, levantó la mirada a la parte superior y siguió caminando contando las cosas en los anaqueles y cuando sintió que estaba en la posición adecuada tomó unas cuantas canicas con las yemas de los dedos y dejó caer en el bolsillo de su blusa. Librada al fin, bajó la mirada para buscar a sus compañeras y partir cuando de pronto se encontró de frente con Sebastian que la miraba fijamente con una fantástica mirada de asombro. Angélica lo vio asustada por un momento y luego gritó a todo pulmón:
-¡Corre!

***

-¡Adónde vamos? –gritó Sebastian que se había dejado llevar sin ideas y a toda prisa de la mano de Angélica.
-¡Ja ja! ¡Tú corre!
Atravesaron en segundos la explanada donde estaban alineados los carritos del supermercado, pasaron zumbando junto a la cabina de fotos instantáneas y se dirigieron hacia el largo pasillo de acceso que rodeaba al estacionamiento, con dirección al río. Angélica alcanzó a ver que Dulce y Laura corrían en la dirección opuesta, hacia el callejón, mas no vio a Emma, quien sin duda se había petrificado y se había quedado atrás. Quiso volver pero seguir adelante era más divertido, apretó la mano de Sebastian y siguió corriendo hasta que estuvo segura de que nadie en derredor tenía idea de por qué corrían con tanta prisa. Se detuvo agitada tras una columna y un tibio rubor empezó a colorear sus mejillas.
-¿Qué pasa? ¿Adónde vamos? –preguntó Sebastian asustado.
-Espera…
Angélica se asomó con cuidado, sacando apenas los ojos de detrás de la columna y no vio señales de nada. Siguió con Sebastian, pegada al muro hasta llegar a la esquina donde dieron vuelta. Cruzaron juntos la avenida hasta el camellón central y luego con cuidado llegaron hasta el ancho malecón de adoquines sonrosados que tapizaban hasta el horizonte. Caminó por un momento de la mano de Sebastian que pidiendo una explicación se soltó y se puso de frente a ella.
-¿Qué pasa? –preguntó Angélica deteniéndose frente a él.
-¿Por qué corremos? –preguntó Sebastian.
-Es más rápido que caminar –dijo Angélica sonriente.
-Un día las van a atrapar.
-No pasa nada.
-Si siguen así, un día de éstos van a expulsar a Dulce.
Angélica, parada frente a él, no dejaba de sonreír aún si le faltaba el aliento. Sebastian se tranquilizó poco a poco, descansando los ojos en la figura casual de su mejor amiga; deteniéndose en los pequeños detalles: ese lunar junto a su boca, esos grandes dientes frontales, los contrastes del cabello casi blanco contra el cielo y su parte más oscura y humedecida; en la nuca, por entre su cuello blanquecino. Luego tomó aire, pues se había olvidado de respirar, y emitió un profundo suspiro.
-Te digo que no pasa nada. ¡Vámonos! –dijo Angélica tomando nuevamente su mano.
Juntos cruzaron nuevamente la avenida hasta llegar al muro que rodaba el zoológico del parque. Caminaron a prisa hasta encontrar un par de barrotes torcidos por los que solían entrar y se escabulleron hasta las jaulas de las serpientes. El ambiente cambió de golpe. El sol se quedó atrás y ahí dentro, sólo los pequeños halos de luz que lograban colarse por entre las ramas calentaban su piel. Estaban sumergidos en la selva. Angélica se salió de de la vereda y caminó junto a las jaulas de las serpientes, maravillada con la fisonomía aterradora de esos primeros pecadores.
-¿Qué hacemos aquí? –preguntó Sebastian.
-Puedes empezar por divertirte –contestó Angélica-. ¿Ya viste ésta? Es toda negra. ¿Cómo las encuentras en la noche?
-No lo haces.
-Relájate, Sebastian. Estaremos aquí hasta que sea la hora de volver a clases. Sirve de que cada quien llega por un lugar distinto.
-¿Qué estaban haciendo ahí? –preguntó Sebastian.
Angélica sonrió y siguió viendo a las serpientes por un momento. Luego, después de sentir la seriedad de Sebastian quemarle la piel, volteó.
-¿Qué pasa, Sebastian? –dijo.
Luego añadió:
-Ah… Sabes, pensé que sabías. Cuando te vi parado ahí, en medio de todo, quizá hasta por un momento pensé que estabas por llamar al guardia. Pero no me viste, ¿no es así? Ni siquiera tú que estabas de frente pudiste verme, ¡ja ja! Es divertido ahora que lo pienso.
Angélica tomó de ambos brazos a Sebastian, lo sacudió un poco y lo animó a seguir caminando con rumbo hacia los monos.
-¡Relájate!
Luego metió la mano en el bolsillo de su blusa y hurgó por un momento. No sintió las canicas y se asomó con cuidado dentro del bolsillo, frunciendo el ceño confundida.
-Juraría que estaban aquí…
-¿Qué pasa?
-No están.
-¿Qué cosa?
-Dulce pensó que jamás me atrevería a tomar unas canicas. Pensé que estaban en mi bolso y ahora… debo haberlas tirado cuando corrimos.
-Por eso corriste.
-Corrimos.
-Sí, bueno.
-Pensé mil cosas. Cuando te vi, juré que me habían atrapado. Sentí una enorme presencia detrás de mí y justo como cuando apagas la luz del cuarto y debes volver a la cama antes de que algo del suelo o bajo la cama no te deje escapar y saltas… así debí correr con la sangre helándome la espalda. Esperé la voz del guardia con el estómago apretado y nunca llegó. Luego vi a Dulce y a Laura escapar y… ¿Dónde se habrá quedado Emma?
Los gigantescos árboles abrazaban a la sombra y soltaban, junto con sus hojas y semillas, alaridos de vida con los cientos, quizá miles de aves que ahí se refugiaban libres de las cadenas de treinta metros más abajo. Las iguanas buscan sigilosas los huevos guardados en los nidos para alimentarse y un constante llover de polen y polvo saturaba el ambiente. Sebastian y Angélica caminaban por los intrincados andadores, contando las grietas y sus pisadas, sobre los diversos puentes que atravesaban el interminable canal con las aguas de las lagunas del lugar, contando anécdotas y las tantas veces que habían dado el mismo paseo sin dejar de asombrarse con el espectáculo.
-¿Extrañarás esto?
-Volverás a verme, ¿no es así?
-Sí, supongo. Si no estoy muy ocupado.
-Te mataré. Iré a gritarte afuera de la secundaria que no te crean nada. Que soy tu novia y me has dejado por otra, ¡ja ja!
-Nadie te creerá. No con este uniforme de chiquilla.
-¿No lo odias?
-Creo que lo voy a extrañar.
Angélica subió al muro lateral hecho de rocas de río de uno de los canales y caminó pensativa, con un pie delante del otro y la cabeza gacha.
-¿Qué pasa?
Angélica dudó por un instante, abrió la boca más no salieron las palabras. Luego se tranquilizó y devolvió la mirada al suelo.
-Su mamá… Está enferma, ¿sabías? –dijo al fin- Me mataría si te lo dijera, pero por eso está triste. Muy en el fondo teme que un día la llamen de casa y… tú sabes. Por eso está así. Buscando dónde meterse para no tener que pensar demasiado. He tratado de animarla pero… insiste en que para eso le basta estar sola. Y a veces le creo. Cuando no puede parar de reír.
-No sabía –contestó Sebastian.
-A veces quisiera llorar… pero… ya sabes cómo es… No diré que no disfruto de las cosas por mi misma… pero… hay algo en sus retos… una necesidad… Me gusta verla así; vuelta loca de la risa.
Llegaron juntos hasta el extremo más lejano del lugar. Donde sólo se observaba un viejo Zafari destartalado y un montón de comida para animales. Angélica subió en el auto con cuidado, esquivando las partes más sucias y olvidando las demás. Sebastian subió un pie en él y como David antes, fue resbalando sus ansias hasta el asiento contiguo, quedando hombro con hombro con Angélica. Su corazón palpitaba con fuerza, se mezclaban las emociones y la mirada se profundizaba en una lejanía dolorosa, vidriosa, apaciguada por la razón y la imposibilidad de coordinar palabras, sentimientos, deseos y el instinto puro de salir corriendo o decirle todo de una buena vez. No hablaron. Callaron como hicieron muchas veces antes y Sebastian soñaba que de pronto y sin pensarlo ya había estirado un brazo, que había delineado una caricia con el dedo a todo lo largo de la mano de Angélica, entre sus dedos, para quedar así, con los índices enredados y una sonrisa lanzada a los lados contrarios de su camino; luego volvía en sí y seguía en su lugar: petrificado por el violento movimiento de todo su ser y sus entrañas muy dentro de sí.
">>Hay algo más que quisiera decirte, Sebastian, pero no ahora.
">>Está bien. Sabes que puedes contar conmigo.





***

Una carcajada honda y alargada lo inundó todo, perdiéndose después con las otras voces allá arriba y llegando amortiguada y muy familiar hasta Angélica y Sebastian que ahora jugueteaban con los simios.
-¡Ja ja!
-Estás loca.
-¡Cuando volteé, todos se habían ido! No pensé que hubieran llegado tan lejos, y mira.
Sebastian y Angélica se dieron media vuelta y vieron que llegaban Dulce y Laura con los uniformes descompuestos y exhalando alegría.
-¿Qué hacen aquí? –preguntó Angélica.
-¿Qué hacen ustedes aquí? –dijo Dulce haciendo hincapié en el “ustedes”- Nosotras pensábamos rodear el parque para llegar por el lado contrario a la escuela, pero veo que han pensado lo mismo.
-¿Dónde está Emma?
-¿Quién sabe? En la cárcel, ¡ja ja! –dijo Dulce.
-¡Saben bien que ella no hizo nada! –gritó Angélica.
-Si es tu cómplice –dijo Laura-. Pero no te preocupes. Sé que estará bien.
-¿Y las canicas? –preguntó Dulce.
-Las perdí –dijo Angélica, apenada aún si era mejor así.
-¡Cómo? –gritó Dulce- Bueno, no importa. Es mejor así. Pobre Emma. Debe estar muriéndose de miedo.
-¡Cállate, Dulce! –gritó Laura.
-¿Yo qué? Todos corrimos. Es su culpa por ser taaan lenta.
-Emma estará bien –dijo Angélica.
Todos detectaron la angustia de sus palabras pero no dijeron nada. Angélica empezó a preocuparse y tragando saliva, dio la media vuelta para marcharse.
El calor del mediodía arreciaba y sintieron la podredumbre de las frías lagunas agitarse con el viento. Sebastian caminaba adelante guiando al grupo con una vara en la mano. Siguieron de frente hacia la salida, donde habitaban los grandes felinos y se los árboles gigantes se acababan. Empezaban a sentir sed.
-¿Saben qué hora es? -preguntó Laura.
-No.
-Yo tampoco.
-Debimos robarnos un reloj, ¡ja ja!
-Faltan cinco minutos –dijo Sebastian.
-Huy, el señor de mundo ya usa reloj –dijo Dulce en tono grave y sarcástico.
Sebastian se encogió en hombros y sonrió ante la actitud de Dulce. Su madre enferma. Sus lágrimas oprimidas. No sintió nada y sonrió.
-¿Te lo compró tu papá? –dijo Dulce.
-Ay, Dulce, claro que se lo compró su papá. Nosotros no tenemos dinero –contestó Laura exasperada.
-Tú cállate, Laura, que estoy hablando con el señor aquí.
Angélica y Sebastian se vieron por un instante. Sonrieron y siguieron al grupo hasta la jaula del león.
Dulce se brincó el barandal y corrió hasta pegarse en la reja de la jaula. Metió la cara entre la pequeña cuadrícula y empezó a decir:
-Ven acá, gatito, gatito. Ven acá, gatito, gatito.
-Dulce, no te cuelgues de la reja. Está prohibido pasar del barandal.
-Ven acá, gatito, gatito.
-Dulce –dijo Angélica en tono más severo-. Deberías hacer caso. Nos van a sacar.
El viejo león desdentado estaba acostado sobre un charco de agua. Tenía algo entre las patas que roía con desgano y no se inmutaba ni con el centenar de moscas que se agitaban en un zumbido parejo y atosigante.
-¿Qué haces?
-¡Estás loca!
-Oh, no le pasa nada –dijo Dulce.
En la mano llevaba la misma vara de guayabo con la que antes jugaba Sebastian. La agitaba en el aire con malicia. Hizo una y dos intentos de lanzársela al león y la vara volvió inerte hasta sus pies. El león siguió comiendo.
-No molesten a los animales –dijo Sebastian sin mucho ánimo de empezar una discusión.
-No lo hagas, Dulce –dijo Angélica.
Dulce arrojó la vara hacia la parte superior de la jaula y después de varios golpes, se detuvo justo por encima del león que seguía royendo su comida con parsimonia.
-¿Ven? –dijo Dulce-. Ni se inmuta.
-¡Aya! Desayunaste diccionario –dijo Laura.
-¿Qué te pasa, calabaza? –dijo Dulce indignada. Luego continuó con la burla: Ven acá, gatito, gatito.
-Ya vámonos, Dulce. Ya es tarde –dijo Laura.
-Sí, ya es hora de irnos –dijo Angélica.
Dulce se dio media vuelta y saltó hasta el suelo y estaba por irse cuando pensó en algo más. Dio media vuelta, tomó impulso y saltó de nuevo hasta la reja lanzando un enorme rugido justo en el momento en que la vara de guayabo que se había resbalado por entre las rejillas con el movimiento súbito golpeaba al león en la punta de la nariz.
-¡Ja ja!
El imponente animal se puso de pie con la agilidad propia de los gatos, y corrió hasta donde estaba Dulce quien no alcanzó a mover un solo dedo. El león golpeó la reja con fuerza inconmensurable y el suelo se cimbró; dentro de la jaula cayeron las cáscaras de los árboles en derredor y los demás animales, los libres, huyeron hasta algún árbol tranquilo en cualquier otro parque. El impulso arrojó a Dulce hasta el suelo, sobre un charco de lodo y aterrada salió corriendo sin pensar en nada más que alejarse del lugar. Los demás la siguieron pálidos del susto mientras el león golpeaba con una garra mocha la reja en señal de adiós.
-Dulce, Dulce, ¿estás bien? ¡Dulce!


***

Un fuerte aroma fétido-cenagoso-herboso-primaveral se movía posmoso por el ambiente gris de las sombras. Ahí el calor era menos terrible pero la humedad los sometía en su delirio; atrapados en esa bolsa de plástico de los días de verano; sudando a mares; buscando el aire más fresco en algún lugar de la superficie.
-Qué susto… te juro que…
-Nunca pensé que pudieran hacer eso… fue… increíble…
-¿Dónde se metieron?
-No lo sé. Sólo vi que Laura la perseguía aún, deben estar por aquí…
-¿Crees que alguien nos haya visto?
-No lo sé.
-Debemos irnos.
-Espera.
Sebastian estiró el brazo y tomó una enorme hoja de algo entre sus dedos. Jugó un momento con su grosor, su textura y el fino polvo que se dibujaba entre sus dedos y siguió pensando en eso que lo atormentaba desde hacía mucho tiempo. Después de todo, había crecido así; conociendo la vida moribunda de los sueños cobardes y apocados de sus dudas. De los magníficos sueños sin terminar y la ruina lastimosa de sus peores suspiros. Nunca había lo había considerado posible. Jamás elevó su pensamiento más allá de las holandas de sal que demolían sus castillos sobre la arena; nunca más allá de la espuma salada que le escaldaba los ánimos con su cruel amargura, llevándose a rastras el fino sabor de todo lo dulce de esos ojos miel y sus cabellos acaramelados del segundo año; cuando la conoció. Angélica, junto a él, buscaba en su mirada alguna pista de sus pensamientos sin poder encontrarla y esperó también a que su corazón dejara de palpitar y la vena que primero se notaba en su cuello se retirara a descansar, agitada. Su rostro ovalado, su nariz prominente y redonda; los suaves vellos cristalinos de sus mejillas de durazno; el cabello vaporoso y húmedo que lloraba con el viento, todo eso y el momento, y todos los momentos, la hacían hermosa y Sebastian creyó (como siempre hacía) que debía callar; que no debía interrumpir la magia cuando ésta sucede misteriosa e infinitamente excitante y que era natural, era su obligación primordial, el no apagarla con balbuceos y súplicas, con explicaciones obvias y migajas de entendimiento pues a fin de cuentas lo único que entendía por seguro era que no quería un premio, no quería los vítores ni las alabanzas de una apuesta nunca hecha pero siempre cobrada y pagada por todos los participantes en ese circo, en ese show de emociones humanas; en esa epopeya de valor y conquista… no; Angie era sin duda alguna (y sin David al lado) su mejor amiga y todo debía ser parte de un nuevo plan, de un nuevo acuerdo entre los dos; de una certeza de cuentos de hadas de vivir juntos y felices para siempre. Debía ser así. Siempre debió ser así.
-¿Qué pasa, Sebastian?
-Nada. Estaba pensando… Creo que es hora de irnos.
-Vámonos. Por cierto… ¿Qué hacías ahí?
-¿Dónde?
-En el súper.
-Ah –repuso Sebastian mintiendo sólo a medias-. Estaba buscando a los muchachos. Fueron a las maquinitas.
-Ah.
-Vámonos.
La subida era ardua y áspera. El desnivel de sur a norte hasta topar con el río era pronunciado. El parque empezaba con el nivel del río y debía terminar unos veinticinco metros arriba. Angélica seguía ruborizada por el calor y Sebastian sudaba profusamente. Es por eso que sintió la tibieza de la brisa matinal que aún perduraba entre las jardineras del museo recorrerle el cuerpo. Estaban bajo techo. Protegidos del sol. Entre el museo y la biblioteca. Sebastian admiró siempre, de entre todo, la pureza, la limpieza de las niñas; la frescura de sus pasos y su sonrisa; la incapacidad para sudar o expeler malos olores cuando a él le bastaba una larga caminata para arruinar su porte. Arrastraban los pies hasta la cima y luego hacia la derecha horizontalmente al fin cuando Angélica rompió el silencio y los pensamientos agridulces de Sebastian que se lamentaba por haber perdido otro momento valioso pero que a la vez sabía, sin duda, sin duda sabía que estaba más cerca de ella, más cerca de sentirse y sentirla (por Dios, de sentirla) enamorada.
-¿Sebastian? –preguntó Angélica con curiosidad.
-Mande –contestó él con los ojos muy fijos en ella.
-¿Por qué Sebastian?
Sebastian afinó los pequeños ojos verdes. Quiso sonreír.
-Mi padre… -dijo- Nunca fue a Inglaterra pero todos sabemos cuánto le habría gustado… Los Beatles, The Who, Los Rolling Stones… Elton John… No sé si habría algún Sebastian entre ellos pero ése era mi nombre. Siempre defendió su pronunciación.
Angélica emitió una risilla que pasó de ser apenas un vaho de aliento hasta convertirse casi en una carcajada.
-¿Qué tienes? –preguntó Sebastian.
-¡Ja ja! Nada… don Sebas.
-Sí, ya sé. Es terrible.
-Sólo en español. ¿Alguna vez vendremos al museo?
-Ya no somos unos chiquillos. Ya podemos entrar.
-¿Desde cuándo?
-No lo sé, estoy suponiendo.
-Vendremos, ¿no?
-Sí… Vendremos.
El viejo meteorito de Bacurimí (siempre sorpresivamente para Sebastian: El segundo más grande del mundo y ahí, metido justo en el medio de su ciudad) descansaba sobre un monolito de concreto lastimado; grande, potente y desigual; olvidado por el espacio y ahora por el tiempo. Sebastian rozó con la punta de sus dedos al espécimen de hierro y siguió de largo a través de las pequeñas tiendas laminadas que los rodeaban. Cruzaron la calle y luego, en la llantera de la esquina, volvieron a cruzar hasta la acera de la escuela. Pegados al muro, por sobre la grieta más grande, saltaron dentro de la escuela al fin.
Estaban de regreso.

***

El largo pasillo vociferaba un pequeño rumor sin sentido, más frío y más oscuro que antes. Angélica sentía su corazón caer al suelo con cada paso, con cada tamborileo de las ventanas con el peso de sus tacones. Sebastian se helaba junto a las paredes, una vez más, por el sudor que le humedecía la camisa y que ahora se evaporaba con la corriente dirigida del túnel por el que ahora caminaban temerosos. Dentro de las aulas se respiraba la tranquilidad a pesar de que los maestros no estaban ahí. Juntos atravesaron el pasillo sin ser notados.
-Te acompaño a tu salón –dijo Sebastian.
-¿Qué está pasando?
La luz adelante los cegaba, pero a medida que los ojos se ajustaban al resplandor, pudieron ver el bullicio que se aglomeraba en la entrada principal a la explanada central. Ahí, cuchicheando y haciendo ademanes, estaban los maestros de la escuela, discutiendo algún tema que aún no les sonaba a nada. Pensaron rodear el tumulto y salvarse del regaño, pero entonces vieron que en las bancas que rodeaban al corredor estaban sentados David, Sony, Saúl y los otros muchachos que se habían escapado a jugar a las maquinitas a la hora del recreo y parada en medio de todo y sin dejar de hablar ni mover los brazos, estaba Laura, dando explicaciones de algo que no pudieron entender. Se acercaron y sin que nadie los notara de nuevo, pusieron atención.
-¿Dónde estará Dulce?
-¿Qué pasa?
-¿Qué está pasando?
Nadie les decía nada, pero pudieron notar a Saúl devastado sobre su asiento. La cabeza rojiza y redonda le colgaba del cuello de la camisa, cual si fuera un muñeco, y de entre sus cabellos cortos y puntiagudos, las gotas de sudor asomaban, a medida que se la tallaba con una mano tratando de disimular el dolor y las lágrimas que colgaban de sus ojos dolidos. David, sentado a su lado, lucía la misma pose de siempre: La espalda encorvada, un saco demasiado grande, las piernas juntas y sus manos entrelazadas en el regazo. Viendo al suelo, jugando con las visiones detrás de sus ojos desnudos. Sin nada qué decir. Sonny estaba a su lado, mucho más grande y fuerte, con los brazos cruzados y las piernas abiertas. Colocando el espinazo en el respaldo de la banca. Sabían que sólo había una cosa en el mundo a la cual temía verdaderamente, aún si se empeñaba tanto en negarlo, y era al chicoteo de la regla rasgando su piel. Ese inigualable sonido de sus pesadillas al cual conocía tan de cerca. Y no le temía ni antes ni después, sino justo cuando la sentía estrellarse contra sus callos; justo cuando sentía el golpe recorrerle la espalda hasta los tobillos como electrificado por el rencor y evaporándole el ánima sin poder llorar. Entonces sí, entonces sí volvía a creer en la igualdad de todos los seres humanos y ocultaba su mortal esencia con cualquier palabra que le ayudara a tragarse ese nudo en la garganta. Por eso él también sudaba y por eso sus ojos saltaron con disimulo cuando la maestra Roque se acercó vociferando.
-Estos muchachos. Estos muchachos no aprenden ni a reglazos. No tienen remedio, de verdad que no tienen remedio. Si estos fueran otros tiempos pero… Mi padre nunca dudó en molernos el lomo a garrotazos nomás hacíamos alguna travesura y vieran lo bien que eso nos enseñó pero ahora… Habrase visto semejante desfachatez. Van a ver, bribones. Van a ver nomás llegamos al salón. Sí ya lo sé, gañanes, que fue todo idea de ustedes. Que usan a la pobre de Emma como pretexto y… Qué valor, qué valor el de ustedes de quedarse callados y dejar que una pobre niña cargue con toda la culpa. Eso es tan reprobable como toda la falta misma. Mira nada más, qué manera de pervertir la inocencia de una niña tan linda. Mira que encontrarme con esta sorpresa; yo que conozco tan bien a sus padres y que sé que son un pan de Dios como mi niña y ustedes… Ustedes… Se me revuelven las tripas nomás de pensar…
La vieja maestra daba vueltas en derredor, abriéndose paso entre el tumulto nada más lo creía necesario. Luego, cuando llegaron los padres, ella misma se encargó de levantar el fuego de la animosidad con palabras de anarquía y desfachatez. Angélica y Sebastian veían ese aquelarre ocurrir sin respeto y justo cuando uno de los padres estaba por recriminarle semejante berrinche a la maestra, pues a fin de cuentas, él era uno de ésos que tan mal habría criado a su hijo, se abrió la puerta de dirección, dejando salir al prefecto; recto, abigotado, delgado, de gesto serio, ya no severo, pues una vez en la tragedia, bastaba de cuidados, bastaba de regaños y era hora de solucionar las cosas con ese gesto imparcial y sosegado que desdoblaba para las ocasiones especiales. Detrás de él iba Dulce quien salía como condenada, bañada en lágrimas, lodo, sudor y pena. No volteó a ver a nadie sino al suelo. Sus lágrimas habían cesado hacía un momento apenas y la blusa humedecida relataba de aquel diluvio mejo que su gesto parco y alicaído. Pasó por un lado de Angélica y Sebastian sin dar señal alguna de reconocimiento, se dirigió al salón por su mochila y del brazo del prefecto se dirigió tranquilamente a casa. Todo esto en medio del más grande de los silencios.
-¿Adónde la llevan? –preguntó Angélica- ¿Será que…?
-Seguro sólo la han castigado –dijo Sebastian.
Entonces David los vio y luego Sonny y al final Saúl quien devolvió la mirada enrojecida a su sitio: Bajo la palma de su mano, sobre su codo, apoyado en un muslo; tallándose sin cesar la cabeza; ocultando tras del rápido movimiento las lágrimas.
-Señorita Luna. ¿Puede pasar un momento, por favor? Sebastian, tú también por favor.
La directora había aparecido sin hacer ruido, buscó en derredor e hizo una mueca de descontento por el bullicio que se había formado detrás de los pasos de Dulce que se había perdido en la distancia. La maestra vestía toda de azul de Prusia, medias, zapatos de tacón mediano, lisos, negros, y llevaba el cabello recogido en forma de lechuga alrededor de su rostro pintado en tonos rojos y el negro de sus pestañas. Lucía marcial e impecable, como todos los días y con una mano en la puerta, dejó entrar a Angélica y Sebastian que ahora sabrían de su fortuna.
Al entrar, los golpeó el fuerte olor a madera y desde la silla, la inconfundible imagen del guardia del supermercado que antes le había señalado Dulce, cuando planeaban su estrategia. El guardia no hizo el intento por verles y siguió dándoles la espalda con un giro de su asiento a medida que los chiquillos se dirigían hacia uno de los dos sillones coloniales de la oficina.
-Siéntense, por favor. Esto tomará sólo un minuto –dijo la directora.
Angélica y Sebastian tomaron asiento y esperaron a que se les llamara a declarar.
-Bien –comenzó la directora-. Me estaba diciendo cómo es que ocurrió este incidente.
-Disculpe, señora, de verdad creo que preferiría hablar con el gerente.
La señora directora sonrió y junto los dedos de ambas manos.
-Ah, no –dijo-. De verdad que no creo que sea necesario. Con lo que nos ha dicho nos ha quedado muy claro. Sólo quiero hacer un repaso del acontecimiento para poder delegar responsabilidades con, válgame la redundancia, responsabilidad.
-Creo que de verdad podría usted esperarlo. Ya no debe tardar.
-Le prometo que no tiene nada de qué preocuparse. Los infractores recibirán su castigo de acuerdo a las normas y en cuanto al prefecto responsable, puede estar seguro que se le reprenderá en su debida forma. Una vez dicho esto, todo lo que queda es una charla casual entre dos personas que pues… quieren dejar las cosas en claro.
-Entiendo, señora, pero usted verá… yo tengo que volver al trabajo y…
-Sólo será un momento.
El guardia estrujó el pequeño gorro azul entre sus manos y aceptó la decisión con un rápido movimiento de cabeza. Luego, después de un momento, devolvió la mirada al suelo rendido.
-Dice que fue cuando escuchó el grito que usted se acercó para ver lo que pasaba.
-Sí.
-Y encontró a la niña en el suelo, pues había resbalado con un puñado de…
-Disculpe, señora, es que… el gerente… yo me tengo que ir a trabajar…
-Oh, no, no… Si cree que menciono esto para que la culpa quede en ustedes, no se preocupe. No existe razón alguna por la que una de mis alumnas tuviera permitido estar en ese lugar a esas horas del día con el uniforme puesto.
Con cada palabra, el corazón de Angélica y Sebastian aumentaba su descontrolado paso. Sabían de quién estaban hablando. Sabían lo que habían hecho. Sabían que el guardia podía identificarlos; podía hacerlo fácilmente si había estado ahí como él decía; atrapando a Emma que no alcanzó a correr después de su alarido de huida.
-Ya le dije –renegó el guardia-. Fue el gerente quien decidió llevarla a la Cruz Roja. No pensamos necesario avisarles antes. La niña misma le dio el teléfono de su casa para hablarlo con sus padres.
-Debieron dirigirse a nosotros –replicó la directora.
-Como le digo…
-Fue el gerente, sí. Lo entiendo. Imagino que ya no debe de tardar. Si gusta, puede esperar un momento afuera hasta que lleguen.
-Pero es que…
-Entenderá que es el único testigo que conozco hasta ahora… le aseguro que no tomará más tiempo del estrictamente necesario.
El guardia refunfuñó y poniéndose de pie, se dio la media vuelta caminó hasta la salida y antes de cerrar la puerta, echó un vistazo a los muchachos que estaban sentados dentro de la dirección y sin gesto alguno, desapareció.
-Muchachos –dijo la directora.
Sebastian y Angélica se apretaron en sus asientos.
-Mande, profesora –dijeron al unísono.
Abrieron los ojos al máximo y esperaron, sí, aquellas palabras que venían formulando en su mente desde que el pecho les quiso estallar con un corazón apurado por salir y encontrar tregua. No vieron a nadie más que al rostro arrugado y endurecido de su maestra, quien los vio sin malicia, pero sí con una entereza propia de quien no tiene miedo de decir lo que sabe del asunto a punto de repartir condenas.
Quedaron sin aliento.
-Me pareció conveniente que supieran que su compañera y amiga, Emma, tuvo un pequeño accidente en el supermercado en horas de recreo –dijo la maestra-. Ella está bien, según me informan, sólo se trata de una pequeña contusión y le han vendado una pequeña herida en la cabeza. Al parecer, resbaló con unas canicas que se encontraban regadas por el suelo y cayó. La falta de atención a los detalles del supermercado, así como nuestra propia falta al no poder tener a los alumnos dentro de los límites de la escuela, anula cualquier intento legal que se pueda hacer al respecto por ambas partes. Lo que sí no podemos evitar, es que los padres se vuelvan locos con todo esto, cosa que pueden solucionar educando a sus hijos y enseñándoles que deben respetar sus maestros y ante todo, al prefecto Páez, que tan bien hace su trabajo y al que ahora, estoy obligada a reprender por cosas de las que los alumnos son igualmente responsables.
Sebastian y Angélica se vieron por un instante apenados. Las canicas…
-Los llamé en específico a ustedes porque quiero pedirles un favor. Antes que cualquier restricción o castigo, quiero pedirles como favor que no salgan de la escuela. No lo hagan, mis muchachitos, por favor. Hoy es tan sólo una bandita en la frente y un chipotón, pero mañana puede ser una silla de ruedas o un funeral. Dios no lo quiera. Háganme caso, muchachos, ¿qué haría yo si los llegara a atropellar un coche en horas de escuela? Dulce ha llegado hecha todo un desastre, pero aún así nos ha contado todo y debo decirles que hizo bien, pues al delatarse como responsable de dicho escape, nos confiesa no sólo que ella tuvo algo de culpa, sino que debemos tener más cuidado con lo que ella hace en su tiempo libre; por lo que no me queda sino tener fe en que se comportará de ahora en adelante. Sin embargo, hay consecuencias y las tiene que pagar. Hoy sólo se fue suspendida por lo que resta de la semana, pero si no se compone, podría expulsarla de la escuela con la recomendación de los maestros. Por eso te pido, Angélica, hija, tú eres buena niña. No te separes del lado de Emma que es una niña muy susceptible a los engaños, cuídala, sé responsable de su amistad y también de la de Dulce. A esa niña le hace falta un buen ejemplo y sé que tú la entiendes, que te identificas con su lado más salvaje y yo lo entiendo, también fui niña; pero sé que pondrás tus límites y ayudarás a definir de una mejor manera los de ella. Nos han llamado de su casa, su mamá ha estado enferma, no sé si ustedes sabían, y está comenzando a sentir esa carga extra de los quehaceres del hogar; traten de entenderla y de no descuidarla en lo posible. Hoy es jueves, el lunes estaremos todos de regreso y volverá todo a la normalidad. Lo mismo va para ti, Sebastian. Me dicen los muchachos que te negaste a ir a las maquinitas e hiciste muy bien, pero quizá debiste decirles a ellos que tampoco fueran. Mira qué manía de estarse gastando el poco dinero que les dan para gastar en tonterías. Sé que ustedes me tienen miedo, que soy la directora, la de los regaños, los castigos, las reprimendas, suspensiones e incluso las expulsiones; pero también los conozco bien. Sé que los mueve, conozco a sus padres y sé qué los hace venir o querer irse. David es muy cercano a ti, Saúl te sigue a donde vayas; incluso Sonny jamás se ha metido contigo. Aprovecha ese beneficio y úsalo para bien, hijo. Verás que te lo agradecen aunque no lo digan.
La directora cerró los ojos y pasó sus manos por su nariz y hasta su cabello ligeramente. Estaba cansada. Sorprendida de semejante accidente y nerviosa por lo que los padres habrían de decir, pero trataba de disimularlo con las palabras más maduras que pudiera pensar. Tratando de contagiar al prójimo con sus deseos.
-En fin –agregó abriendo los ojos nuevamente-, no los mareo más con mis cosas. Sólo les pido ese favor. Pórtense bien, hijos. Ahora, ese barullo debe ser porque Emma está aquí. Vuelvo en un minuto. Espérenme aquí.
-Sí, maestra –dijeron al unísono.
La maestra se levantó de su asiento y rápidamente llegó hasta la puerta, lanzó unas cuantas palabras graves y dejó la oficina en silencio tras de sí.
-Pobre Emma –dijo Angélica-. No puedo creer que la haya dejado atrás.
-Ella está bien.
-No quiero ni imaginar el susto que pasó. Debe haber creído que sus padres la iban a matar. Debe…
Sebastian no dijo nada.
-Tú también crees que estuve mal, ¿verdad? Lo sé y tienes razón. Debemos decirle la verdad a la directora. Todo es mi culpa. Emma me va a odiar.
-Emma no va a odiar a nadie. Fue culpa de todos. Nunca debimos salirnos de la escuela.
-Emma me va…
En ese instante se abrió la puerta. Era la maestra Rosaura quien con una enorme sonrisa en el rostro asomó la cabeza dentro del cuarto y saludó con propiedad.
-Buenos días, Angélica, primor. Buenos días, Sebastian. Aquí les traigo un regalito.
Detrás de sus palabras entró Emma quien traía los ojos hinchados por haber llorado, pero que ahora lucía tranquila y sonriente sujetando una pequeña venda en su cabeza que no necesitaba que su mano estuviera ahí.
-¡Emma!
La maestra Rosaura sonrió de nuevo y cerró la puerta dejándolos solos.
-Angie, hola. Sebastian.
-¿Cómo estás? ¿Qué te pasó? –dijo Angélica llegando hasta ella- Lo siento mucho. Nunca pensé… lo siento… de verdad… tenemos que contarle todo a la señora directora…
-No te preocupes, yo ya lo hice. Y según me dice, Dulce también. Nadie te ha echado la culpa.
-Pero yo fui, yo tuve la culpa… lo siento… lo siento…
-No seas tonta, no pasa nada. El lunes volvemos a la escuela y mi mamá del susto ni siquiera me regañó. Me ha pedido que no le digamos nada a mi padre. Cualquiera se golpea en la escuela después de todo, ¿no? Me recomendaron descansar el fin de semana.
-¿Y Laura?
-Laura tampoco estaba. Dulce tan sólo me nombró a mí.
-Pobrecita. Espero esté bien.
-¿Dónde está ella?
-La llevaron a su casa. Vuelve el lunes también.
-Podemos ir a visitarla.
-Podemos hacer eso. Ahora me voy, que me están esperando.
-¿Emma, estás bien?
-Todo está bien, no te preocupes. Nos vemos mañana.
-Hasta mañana.
-Hasta mañana, Sebastian.
-Adiós, Emma. Cuídate.
Emma salió sonriente del lugar. Angélica y Sebastian se vieron divertidos y encogieron en hombros.
-Pobre Emma –dijo Angélica.
-Ella estará bien; no murió del ataque como siempre creíste.
-Tienes razón, solemos creer que las cosas son más difíciles de lo que en realidad son.
Sebastian hizo una mueca de entendimiento y luego, trastabillando, se atrevió a decir:
-Angie…
-Mande…
-Hay algo que tengo que decirte…
-¡Es cierto, lo olvidé! Hay algo que tengo que decirte también.
Sebastian sintió arder dentro de sí las viejas brasas de su terror crónico y por un instante en el que la vio a los ojos, creyó que desfallecería; que caería al suelo con todo y palabras, consumido por el fuego de su interior de papel; volátil, quebradizo, vuelto a cenizas como en sus peores días; cuando prefería callar y no escuchar siquiera la más insinuación del no. Había callado en segundo año pues apenas la conocía y eran tan sólo unos niños, quienes coincidían entre clases y los atestados columpios donde se decían hola con una carrera y una rápida mirada y calló también en tercer año pues había conocido los quebrados y entre el enredo y la maestra Chayo no tenía cabeza para más; cuarto año lo vio extrañándola por la ventana pues habían cursado en bloques distintos y la mirada que antes lanzaba repetidamente hacia su salón, donde los moños en su cabello saltaban y correteaban por doquiera, sólo le alcanzaba para estrellarse en el plástico acabado del muro de la ventana, rogando al cielo tener el valor necesario para a la hora del recreo acercarse a ella, saludar y al fin hablarle con la comodidad con la que ella siempre lo hizo; siguiendo el camino natural de su lenguaje hasta encontrarse hablando de su mutuo amor; pero ya en quinto año se había decidido a confesarse, no importando nada más que sus palabras y dispuesto a hablar o dar por terminado su idilio para siempre; pero enfermó y luego ella también y llegaron las vacaciones y quién se acordaba de promesas cuando se trataba de volver a sentirse lo suficientemente amigo como para poder decir sus más íntimos secretos sin temor a ver destrozados sus sueños y ahora… ahora era sin duda su mejor amiga y todo pensamiento trascendía más allá de un deseo egocéntrico y vano; todo gesto era amor y toda palabra era parte vital de esa leyenda que había durado ya cinco largos años; y así, con el rigor de su más perfecta filosofía había llegado al cielo, al nirvana, al inmenso placer de poder decir que Angélica y Sebastian eran sin duda mucho más que sólo eso. Y sin embargo había días como éste; en que sentía que podría resistirlo todo y al fin decir.
Detrás de la ventana, fuera de la dirección, tres cabezas se asomaban sin poder ver nada. Entre las enredaderas sujetas al cristal y los anchas hojas de las plantas que surgían desde dos maceteras de barro rojo en el suelo, brillaban seis ojos curiosos que se peleaban el espacio justo donde habría de suceder todo por lo que habían estado esperando con ansias después de saltar el muro de la escuela y ser descubiertos en medio de la plaza con un vaso de refresco en la mano y una niña, compañera y amiga suya, tirada en el suelo con la blusa manchada de sangre. David, Sonny y Saúl sabían que volverían hasta el lunes por sus faltas y que por eso se habían salvado de los reglazos de la maestra Roque que aún vociferaba por los pasillos acerca de la ruina de la humanidad y la próxima bajada del señor, pero no se irían hasta ver un poco más de las novedades del día.
Dentro, dos figuras conocidas danzaban en torno al otro con pequeños pasos disimulados llenos de galantería y candor. Afuera, los muchachos jugaban a adivinar los sonidos y se callaban con empujones y disputas. Fue entonces que David tuvo la idea de elevarse por encima del nivel de las plantas; hincándose sobre el filo de la ventana con ayuda de los otros dos.
-Dime, Angélica.
-Es que me da pena…
-No tienes por qué, no conmigo; te conozco desde el día en que entraste a la escuela, ¿sabes? Nunca te lo dije, pero yo estaba ahí cuando llegaste, sentado justo frente a la entrada, antes de iniciar las clases. Eras tan pequeñita, tan blanca; llevabas el cabello recogido con un listón, justo como el que llevas ahora; recuerdo que no sonreíste cuando la directora las recibió al pasar y sólo lo hiciste cuando tu mamá te lo pidió. Pensé que nunca había visto a alguien más bonita en mi vida y ahora… Hemos pasado tantas cosas juntos que no puedo creer que se traten de la misma persona.
-Lo sé… Hemos pasado tanto juntos y es por eso que debo decirte… pero… me da tanta pena…
-Confía en mí.
David trepó el muro y con las rodillas enrojecidas, se apoyó en el borde, logrando ver algo por encima de las plantas. Luchando contra el reflejo del silencio profundo y el sol más atrás de él. Saúl y Sonny sujetaban sus piernas, cargándolas con los hombros; mientras uno no podía creer que Sebastian tuviera el valor de hacer algo con lo que siempre soñó desde ese día en que él también conoció a Angélica pero dos horas y media más tarde, a la hora del recreo; y el otro no podía esperar para saber de cuál de todos se habría de reír por su fracaso o su cobardía.
-Primero… Prométeme que nada cambiará entre nosotros… Que pase lo que pase… siempre seremos amigos…
-Lo prometo.
-Prométemelo bien… levanta la mano… así… hacia el frente…
Angélica tomó la mano de Sebastian y la colocó en el aire, con la palma al frente, separando sus dedos con cuidado. Luego colocó su mano más pequeña sobre ella para que coincidieran en el aire.
>>¿Qué dicen?.
-Prométeme que guardarás el secreto…
-Lo prometo –dijo Sebastian que comenzaba a sonreír descontroladamente.
>>David, ¿qué están diciendo?.
La imagen transfigurada de dos manos unidas en el aire le llegó a David entre reflejos de una sonrisa. Angélica veía al suelo sonrojada mientras Sebastian entornaba los ojos, en señal de ánimo y comprensión, pero no se escuchaba nada. Afuera, sólo el resoplido de Saúl que se empezaba a sonrojar y Sonny que no estaba dispuesto a cargar con todo el peso él solo. Entre ocasionales preguntas, peleaban.
-¿Qué te dijo, Sebastian? ¿Qué te dijo?
-Prometido…
Sebastian sonrió y vio el rostro de Angélica transformarse en la sonrisa más grande y brillante que hubiese visto antes; sus labios rosados, sus mejillas abochornadas y más que nada, el dorado de su piel, de sus cabellos, fulgurando con el altivo día allá afuera, colándose hasta el interior mezclado con la madera. Sebastian suspiró como aquellas veces en que olvidaba respirar y dijo:
-¿Qué pasa?
-Es que… Es que…
-Dime, Angie.
-Es que tengo novio, Sebastian… Tengo novio…
-¡Lo hizo!
Sebastian creyó escuchar un ruido proveniente de la ventana y lentamente volvió la cabeza, aún con la mano unida en el aire a la de Angélica. El fuego de su interior se encendió con tal violencia que no sintió dolor y uno a uno vio consumirse entre sus dedos todo pensamiento de razón. Se unieron tiempo y espacio y alrededor la tibia atmósfera de nepente convertía sus alucinaciones en una figura escuálida y alargada sosteniéndose a duras penas sobre el filo de la ventana. Apoyado contra las cabezas rojas y deformes de sus compañeros de salón entre las plantas, muy por encima, David hacía señas con los brazos muy abiertos, queriendo explorar la maraña de cristal entre sus ojos miopes. Sonreía como nunca antes se le había visto. Sebastian quiso hablar pero sólo estaba soñando.
-… vive por mi casa y estudia en la misma secundaria a la que tú irás… así tú y yo podremos vernos todo el tiempo cuando…
-No tienen de qué preocuparse, la niña está bien. Sólo necesitábamos que el guardia confirmara nuestra historia en caso de tener a los padres de la niña volviéndose locos en la oficina. Usted sabe.
-¿Se atrevió a decirle?
-¿Qué le dijo?
Escuchaba un sonido resonar en su mente que bien pudo ser el golpeteo de David contra el cristal mientras gesticulaba algunas palabras que desconocía o pudo ser el de su corazón acelerado tamborileando en sus oídos con la misma fuerza del azotón de puerta que dio la directora al entrar a la oficina entretenida con una densa charla con el gerente del supermercado y después de eso, para sentirse vivo, quiso sonreír con la tersa delicadez de la mano de su mejor amiga entre sus dedos y el ahogado hilillo de su dulce voz pero no pudo pues justo en ese momento escuchó algo muy frágil hacerse trizas y caer al suelo con fuerza tremenda y sintió el vértigo de esa caída como algo propio, venido de sus náuseas y sus ganas de gritar, antes de ver el enorme cristal que daba a la explanada convertirse en millares de esquirlas de sol y derramarse desde el aire, por el suelo, hasta sus pies.
-¡Ave María purísima! ¡Muchachos!
-¡David! ¡Cuidado!
-¡Vámonos de aquí!
-Sebastian, Sebastian… ¿qué dijo? Sebastian… ¿qué te dijo?... Sebastian.

domingo, 26 de junio de 2011

El Fusco (Revisited)

Se le reconocía por el cigarro. Asemejaba un antiguo buque de vapor en el horizonte: el espectral humo hilando el cielo de nubes y el casco intenso, blanco, parsimonioso, de su sombrero vaquero era lo primero que aparecía por las cuestas de la ciudad. El gris mortecino, casi azul, del empedrado encuadraba su estampa y los muchachos sólo debían imaginar el resto: la mar, el vaivén de las olas, las velas punzando el cielo.

"No fumo, me rodeo de misticismo", decía en tono cadencioso. Tomando impulso en cada palabra para lanzarse libre hasta la siguiente frase. Fascinado con el brillo de los ojos atentos a su alrededor.

De no ser por el sutil recuerdo de sus ropas con olor a tabaco y su andar chimuelo por las calles, se podría decir que era inocuo. No daba consejos, no repartía sabiduría y jamás alimentó una mala costumbre. Divagaba por la vida. Era un pensamiento extraviado. Le decían el Fusco y ni el mismo recordaba por qué.

"Me lo gané una noche –decía parado fuera de la escuela, junto a la cancha de futbol-. Cuando desperté era una pestilencia, unas ganas de volver el desayuno que me lo tatuaban al pecho. Nunca rezongué. Era mi mote. Sabrá Dios qué hice para llevarlo a cuestas, pero después de eso todos los días lo cuidé; puedo decir que lo amamanté, aún si jamás volví a probar una gota de alcohol".
Luego partía por cualquier rumbo.

Un soplo, un atado de ideas; el resuello de mil imágenes acomodadas en un azar estrepitoso de presente y un diván en medio de todo, donde recostamos cada recuerdo cuando tenemos ganas de soñar. Así es el tiempo.

-¿Te das cuenta de que eres tu pueblo? –dijo un día sentado en las bancas.
El muchacho frente a él sonrió omnisapiente; dueño de todas las verdades. Bajó la mirada hasta el balón de futbol entre sus manos y le sonrió al séquito de compañeros que lo miraban atentos sin decir una palabra.

-No, en verdad –dijo el Fusco. Dio una bocanada honda al cigarro entre sus dedos y dijo señalando: ¿Ves aquel remolino? No es sólo polvo lo que lleva. El matiz rojo se lo dan los tomates podridos de don Pancho allá en la esquina, el naranja las gerberas que tanto cuida la María. Los empujaba uno a uno hasta el bastión del granero y ya de ahí fue fácil levantarlos en revuelo, libres con el viento.

Los muchachos sonrieron. Sin duda la inmensa sabiduría de todos sus diecisiete años les impediría lucir complacidos hasta de la segunda venida del señor. Bromeaban, se empujaban, se tallaban los brazos y el cabello con escepticismo, pero jamás dijeron nada en ese tenor. Encontraban el placer de las historias de su amigo camino a casa, una vez solos, justo antes del anochecer, con palabras más ligeras revoloteando en el eco de sus pisadas contra la piedra bola del camino, de los años, de los niños más pequeños que los rodeaban con la devoción por un amigo más grande y sabio que los podría educar con su bravura y sentido de lo común. Es entonces que escuchaban.

-¿Ves cómo se eleva? –continuó- Eso es por el algodón de la finca. Sus diminutos guerreros blancos en coro por el aire. Cuando el mundo se erosiona se te mete por la nariz, hasta los pulmones, y no importa dónde acabes, llevas tu pueblo dentro. Con el tiempo estás hecho casi enteramente de sus polvos, de ese barro… Como el pardo ese que sube y que no es más que el lodazal de la tía Justina, preparándole el baño al Peregrino aquí, que sigue como gato al agua.

Soltaron la risa. El Peregrino sintió un golpe suave en el hombro y soltó la carcajada.

-Hora de irse a casa –dijo el Fusco.
Luego partió hacia cualquier lugar.

Pasó el tiempo. Sostenido de los postes deambulaba lentamente por el pueblo, adolorido de tanto traer noticias y llevarse gente para no volver. El tiempo; el mensajero del señor.

Crecieron los ruidos, crecieron los muchachos, crecieron los lugares dónde encontrar al Fusco y los lugares dónde perderlo. Con los años le habían perdido el paso y sólo creían reconocerlo sobre el humo de una taquería o el de algún pitón de caña que se quedara encendido hasta la mañana siguiente.

Vueltos al pueblo, convertidos en todos unos hombres, se sentaron en el mismo lugar de siempre. El suelo entero lucía empedrado de chamacos y sus mil lenguajes; de gritos, lloriqueos y pleitos; de juegos de futbol. Y entre el ardor de ese mismo sol y esa nueva tierra, sabían desde muy hondo en el pecho que extrañaban ese olor a tabaco quemado, esa voz suave y pausada, como agarrando viada; mas nunca dijeron palabra alguna en ese tenor.

-Se lo llevó el remolino –dijo el Peregrino.
Soltaron la risa y se fueron por cualquier lugar.

Dicen que se lo llevó el cáncer una noche como cualquier otra. Estaba detrás de la fonda de don Tomás cuando le agarró la carraspera y ya no pudo respirar. Se había vuelto parte del pueblo; demasiado como para notarlo. Lo despidieron y lo echaron a las rosas.

Quisieran decir: Aquí yace el Fusco; el buque de vapor; un hilo amarrado al cielo para no caer; un pueblo, una época, una voz como agarrando viada; el títere del señor. Cuando viviendo tanto se le puede respirar en el ambiente y tiene un aroma pardo de hierba, tabaco; de noche y tierra mojada.

martes, 27 de julio de 2010

De cuando te conocí

De cuando te conocí.
Solía ser un pensamiento intenso que quemaba mis sentidos en un aire dulzón, como de fruta pasada en la nariz, del cual no es fácil desprenderse y después, como esa misma quemadura intensa que se va sanando al aire fresco y suave y sutil, lentamente desaparece el recuerdo hasta no quedar idea ni de fruta, ni de aroma, ni de quemazón, ni de nada.

A

Cuando M despertó esa mañana lo llenaba un ligero sentimiento de desesperación, de vacío, de llenar con algo más el tiempo que sucedía entre despertar sonámbulo para irse a trabajar muy temprano y regresar cansado a casa después de una larga jornada siempre a las seis en punto, todas las tardes de lunes a viernes.

Se podría decir que en general vivía un buen momento; comía bien, poseía una casa propia justo en lo alto de una pequeña colina y llegaba al trabajo en un compacto y rendidor auto que había comprado el año anterior. Era joven y fuerte y mantenía una educada relación con su madre a la cual visitaba todos los martes y jueves, además de llevarla a desayunar los domingos con un reducido grupo de jubilados que lo saludaban efusivamente como el “grandísimo” hijo de la señora de K, pellizcando sus mejillas suaves y sonrosadas.

Después de eso, el poco tiempo que le restaba lo gastaba en sí mismo. Despertando media hora más tarde en sábado y en domingo y durando cinco minutos más en la regadera antes de pararse en el umbral de su puerta con su pantalón de vestir, camisa, corbata y sudadera y subir al coche sin rumbo fijo para terminar en cualquier lugar que le forzara a detenerse.

Sólo un amigo se atrevía a sacarlo de su rutina, pero los azares del destino lo habían llevado a trabajar lejos y sólo podían verse en los contados instantes en que algún asunto de negocios lo traía de vuelta.

M sentía (y se quejaba sólo en pequeños susurros de la mente) que la estructura formal de los días carecía de esa flexibilidad exquisita de los días pintados a mano por cualquier rincón de cualquier lugar, esa vida niña de la edad temprana que nos invitaba a encontrar que el existir era en sí la más grande aventura a la que el humano se enfrentaría. Así que una vez aceptadas las ligaduras, los muros macizos y las imposibilidades de la situación, lo que le seguía era la improvisación absoluta, pues la vida es, nunca será, y jamás puso menos empeño en vivirla por distraerse en el candor de un gesto inesperado.

Su trabajo era simple e incluso, decía, de lo más sencillo, lo cual, en parte por evitar el aburrimiento y en parte por el deleite de la creación a partir de la nada, le permitía disponer de un pequeño espacio de tiempo enteramente para sí mismo. Disfrutando de esos momentos de soledad que crea la plena abstracción del ser en medio del caos que la mayor parte del tiempo reinaba en el edificio entero. Las lecturas personales se hicieron costumbre y así las charlas, las risas y también las escapadas a vagar por vagar en la oficina. Y fue en una de esas escapadas sin motivo que encontraría en el a veces tan bondadoso azar, una de esas pinceladas que bien pudieran cambiar el matiz de la vida por el resto de los días.

Fue apenas un murmullo, un susurro venido de lo alto a posarse ignoto por sus sensaciones aún apaciguadas por el sopor de la nueva aurora. Fue el eco sencillo de un andar preciso acercándose, pasando a su lado y alejándose sin más. Pasos que se percibían en la inconsciencia como un secreto lejano que se cree haber escuchado pero que a la vez se desecha con la rapidez con la que se le ha dejado de escuchar y que aún así, bastaría una charla en el mismo tenor para recordarle de inmediato; que fue justo lo que sucedió la segunda vez.

Era otra presurosa mañana y M debió salir casi corriendo hasta el otro lado de la oficina para entregar unos papeles cuando le vio. Se detuvo lo que pareció una eternidad frente a esa imagen insólita, no sólo por su belleza y estatura, sino por una cualidad inasible que se le vertía desde el pesado cabello negro y laxo por su rostro hasta meterse por los ojos en un gesto melancólico que les pintaba del oscuro más profundo que hubiese visto antes. M, sin poder ocultar su sorpresa, hizo un gesto de reconocimiento con sólo un pequeño levantar de cejas y una sonrisa tímida que se quedó en la comisura de sus labios. Ella lo vio con sus ojos vidriosos, como a punto del llanto, en silencio.

-¿Qué tienes? –dijo M con una aparente familiaridad que usaba más bien en defensa de las miradas recelosas de sus compañeros de trabajo que encontrarían fascinante ese nuevo encuentro. Después de todo, la oficina se prestaba para todo tipo de chismorreos naturalmente innecesarios, pues era esa misma banalidad la que justificaba fuesen tratados con el más ínfimo detalle para luego deshacerse de cualquier responsabilidad recargándose en su silla, girándola hacia el monitor y exhalando un gastado <<’son tonterías’>> con firme convicción.

Ella continuó el silencio con un dedo índice a través de sus labios, lo tomó del brazo y se lo llevó a un pasillo alejado y con poca gente que además pertenecía a un departamento distinto y que por tal no les reconocería. Esto tomó por sorpresa a M que ahora se divertía con la idea de haber cuidado tanto el encuentro anteriormente, pues sin duda alguna, con ese gesto ella habría alertado a cualquiera a cincuenta metros a la redonda, más aún, agravado por el alto cuchicheo que usaba para expresarse. Aún así, M la siguió plácidamente y le regaló toda su atención. Era viernes a fin de cuentas y la oficina entera empezaba a disfrutar del fin de semana anticipadamente, con charlas personales, juegos y alguna risotada de vez en cuando, demasiado divertidos como para notar un suceso que después podría desechar con un gastado: <<’Son tonterías’>>.

-No se enoje conmigo –dijo ella realmente preocupada-, pero yo no le conozco. ¿Se imagina la reacción de la oficina entera si yo le regresara ese saludo familiar con el que intenta de alguna manera conquistarme? Habrase visto. No sé qué he hecho para merecerme tal irrespeto. Si nada más hace falta darles entrada para que se sientan como en casa y al rato sabrá Dios qué puedan pensar…

M la veía con detenimiento, poseído por sus palabras, y se maravilló de esa actitud claramente desbordada en exageraciones de quien tan poco antes consideró la más sutil y encantadora muchacha que hubiese visto y pensó en replicar adustamente en su defensa, pero aún así sabía que al menos ella se había tomado la molestia de llevarlo aparte para explicarle una situación que M no había creído que ella entendería con tal claridad. Supo sin duda que se merecía tal trato pues era verdad, ¿cómo se atrevía? Un desconocido, una desconocida, de edades semejantes, solteros (pues ella no mostraba anillo alguno en sus dedos largos y blanquecinos), por supuesto que la oficina hablaría, por supuesto que provocaría comentarios de toda índole, por supuesto que había sido un tonto.

-Disculpe usted –dijo M sin perder ese toque de solemnidad en sus palabras-, pensé que sería una buena oportunidad para conocernos y veo que por la premura e ingenuidad de mi atrevimiento he caído en el pecado, le ruego me perdone, prometiendo no se hablará jamás del tema si así gusta.

Ella se detuvo un instante en ese pensamiento y entonces lo observó detenidamente con esos hermosos ojos a punto de llorar, sin quitarlos siquiera de la mirada anonadada de M. De súbito, su semblante cambió por una preocupación totalmente distinta que la hizo reaccionar.

-¿Por qué me dice esas cosas? –dijo ella- ¿Acaso no me encuentra atractiva? ¿Qué acaso no le gusto?

-¡Claro que sí! –gritó M exaltado- Es sólo que me ha hecho ver mi error y es por esa misma pena que me aterra que no podría verla ya con otros ojos si usted no me perdonase nunca. ¿Cree que no lo he pensado? Una bella señorita. Una verdaderamente hermosa dama. Mis años de soltería. Estaba justo por comprarme un perro, ¿sabe? Ahora que mi mejor amigo se ha ido. Había pensado nombrarle Lucky y que podríamos pasear por el parque todas las mañanas. Sabrá usted que había logrado una muy agradable rutina. ¿Y qué decir de mi madre? Que aún si devastada estaría feliz, feliz de verme aún si no llegara algún martes, algún jueves, con ese amor incondicional que sólo llegan a conocer las madres. Pero los chismorreos, los problemas de oficina, los jefes, las normas, el ajetreo diario parecen demasiado. Y si llegase uno a conocer a alguien con otro trabajo, los horarios y las incompatibilidades, luego, los aumentos, los ascensos y los sentimientos de culpa e inferioridad. Los nuevos y más atractivos jefes. Y mengua decir que no se puede criar una familia a esta velocidad. No hoy. No ahora. Fui un tonto, sí. Debí pensarlo dos, tres o cuatro veces. Ya imagino qué dirán mañana de usted y yo, yo sin el poder de enmendarlo todo…

M estaba desolado. Esa idea. Esa sensación. Y sintió que el desayuno luchaba por hacerle daño, pero se contuvo y todo lo que hizo fue sudar por un instante. Una gota nada más se escurrió de su sien hasta perderse en sus patillas recortadas. Esperaba no una respuesta sino un milagro que lo salvara de tal situación.

Ella lo jaló del brazo de nuevo y lo llevó a un rincón todavía más apartado y con una fina introspección de su mirada pensó por un rato antes de decir:

-Está bien, lo acepto.

Después no dijo nada con esa mirada ya no tan melancólica y ya no tan profunda fija en el desconsuelo de M que aún recobraba el aliento.

Se veían sin apuros por primera vez desde que se habían conocido esa mañana. Parecían amigos y aún no conocían sus rostros por completo. Los detalles. El lunar de ella, sus labios perfectos, su piel de porcelana. El buen talante de él que empezaba a recobrar su talla con cada respiro. Atrás quedaban los cuchicheos, los aspavientos, el rumor inicuo de las oficinas. Si iba a hacer esto, lo haría de la mejor manera sin duda, y dejando claro que no había un caballero más indicado que él para tal compromiso se aventó fuera de sus pensamientos y con cuidado respondió:

-Muy bien. Es un trato.

Ella hizo una mueca distinta a la de una sonrisa, pero que aunada a su retrato, M la relacionó con un sincero gesto de alegría. Ella soltó el brazo de M, que no había soltado durante la totalidad del encuentro y en despedida le tocó con la punta de sus dedos largos y blanquecinos, la punta de la nariz.

-Vendrás todos los días a las 10, a las 4 y a las 6. Yo sabré estar lista –dijo ella-. Eso sí, nadie debe verte venir, ni siquiera yo y jamás pensarás en nadie más. Después de un mes le diremos a tu madre y yo gustosa la visitaré contigo. Sé que mis padres estarán encantados. Respecto a ese perro, pienso que sería buena idea que tuvieras un compañero, pero ese nombre… quizá te vaya mejor un Chance…

M la veía con atención y movía la cabeza como el mejor alumno del salón, con ansias de aprender y de recibir tan dulces palabras de tan dulce mujer.

-Trato hecho –dijo M.

-… buscarás a tu amigo y recobrarás esa amistad y quizá un día cuando yo me case podrás casarte también, eso sí, tendrá que ser toda una dama y entonces podrán venir los dos a visitarme. Pero deben avisarme con una semana de antelación pues ya sabes cómo son aquí de chismosos, y yo también soy sin duda alguna, toda una dama… -continuó ella mientras M que movía la cabeza de arriba abajo, sucumbía por siempre a ese nuevo mundo.


Kafka.


K

Muchos años antes, el ingeniero Luis Medina, había imaginado un momento así. Entretenido en lugares viejos remendados de historias nuevas, había llevado sus ansias de lugar en lugar al principio caviloso y luego como único dueño de sus aventuras hasta el grado de haber perdido por su prolongada ausencia el derecho a decirse de una tierra propia, según había convenido el Juez Mayor de México y México Constitucional, Don Álvaro Juan Peñúñuri y García. Así que sin más remedio y con la bendición de su abuela se había comprado un capuchón de gasa para el sol, unos pantalones anchos de pana en el que metían dos y hasta tres de él mismo en los días de hambre, una camisa a cuadros cubierta por una especie de rompevientos desigual y de largas mangas amarrado por la cintura, y unos zapatos grandes donde guardaba sus pies y el dinero del que se iba haciendo: <<’No ha nacido criminal que se anime a buscar algo entre este olor y mis juanetes’>>, decía. Se cargó con sus cosas que apenas si eran unas cuantas y se fue a encontrar el nuevo mundo.
En abril llegó a Culiacán, más flaco, más alto y más viejo. Muerto de hambre se sentó en una fonda y apretó los ojos para saber si habría de pedir triángulos, uchepos o papadzules, hasta que le sirvieron una carne deshebrada de venado, frijoles bayos (los cuales había olvidado) y agua de jamaica <<’No confíes en los frijoles güeros, le decía su abuela que era del sur y sólo había llegado a Culiacán después de una larga peregrinación, donde te los sirvan, quieren más a esos cochinos gringos que a los de tu raza, mejor fuera te mataran escuchando el cielito lindo que esas tonterías inaudibles de cajas musicales que suenan a maldita guerra’>>. Se refería a esos conciertos de rock en donde las bocinas, decía ella, eran la estrella principal, pues le daba nostalgia que la voz saliera de una caja y no de la tierna voz de un enamorado, como ella conocía de los tiempos del general Gracia, su difunto marido, quien la conquistó con tres mangos contaba, y una canción venida del cielo. Nunca supieron de esa historia pues apenas surgía el tema, el general lo cambiaba con esa voz honda y poderosa que era lo único que le quedaba joven de ese antiguo militar con veintitrés condecoraciones (cinco de ellas de gobiernos extranjeros), por otro tema más de hombres, según decía. <<’Los hombres hacen cosas de hombres y esos sacrificios son nomás para la mujer’>>.
Llegó ya noche a casa de Julián Preciado, viejo amigo y compañero de aventuras, y éste lo recibió como se recibe al hijo pródigo. Durmió y pasó el día conociendo los rumbos. Llegada la noche, Julián se afiló el bigote, se arregló las canas y vestido de sus mejores ropas, con zapatos de charol, se lo llevó a la fiesta del esperadísimo Bicentenario para que conociera al verdadero pueblo, decía, ya viejo y doliente de sus reumatismos y chipotes. <<’Ya es mucho ganado pa tan poquito cerco’>>, decía relamiéndose la espuma de la cerveza del largo mostacho que lo definía desde muy joven. La ciudad había crecido más allá del huerto de toronjas de la campiña y mucho más allá de las vías del tren donde retozaban cuando niños. Donde el Julián le confesó a la Martina su amor y donde, ya grandecitos, habían consumado su amor con desatinos, pues del primer encuentro nacieron los gemelitos Preciado; niño y niña, nomás que con gestos invertidos. La niña era la viva imagen de su padre: altiva y rozagante. Si nomás se podía ver cómo se relamía los bigotes en las fiestas antes de acercarse a un muchacho que le gustaba. El niño era más bien como su mamá: tímido y apocado, pero con una mirada que denotaba gran inteligencia, como si de lejos te viera mejor para luego juzgarte al dedazo. A Martina se le atribuía la capacidad de saber las cosas como si las hubiera hecho ella misma. Era por eso que cuando algo le pasaba a los niños, a Julián o a la casa, iban mejor con ella para que les dijera todo de una vez y poder arreglarlo cuanto antes. Supo desde el primer día que tendría gemelitos y que ella se parecería a él y él a ella, por eso la niña se llamaba Juliana y el niño Martín. Y por eso, cuando Martina vio a Luis Medina a los ojos se alegró, pero no nomás por una alegría propia, sino por una que venía de la misma felicidad que había visto le esperaba a Luis. Lo abrazó por un largo rato, llamó a los niños para que lo saludaran y le dijo al oído: <<’Esta noche conocerás a una de tus mejores amigas’>>. Luis Medina, acostumbrado a sus adivinaciones, sonrió como volteando a los lados para ver si le veía llegar. Tanto así confiaba en sus palabras.
Fue durante la fiesta con Julián Preciado, que Luis Medina reconoció entre la muchedumbre a Roxana María, una antigua compañera de bachiller con quien llevaba una estrecha relación desde entonces. Incluso, cuando tenía ganas de saber de este otro mundo, era a ella a quien le escribía esas cartas cortas y concisas que tanto odiaba la Roxana, y con las que ella siempre le decía rezongando: <<’Si no te voy a cobrar por palabra leída, que siempre me ha sido un gusto, condenado’>>. Y luego, ella se figuraba, se vengaba con cuatro hojas de libreta escritas por ambos lados, para que aprendiera. Sin embargo, Luis siempre fue ávido de sus lecturas y se echaba las cuatro hojas y las ochenta y seis anteriores en un santiamén, pues así volvía a vivir a su segundo pueblo de siempre. Fue así como se enteró de que su abuela había muerto, el mismo día que nacían los gemelos de Julián, y Luis, no pudiendo venir pues estaba ya muy lejos para desandar lo andado, le pidió a Roxana le llevara una orquídea a su abuela y otra a los niños en su nombre, pues los unía la misma alma pensaba. Las historias de Roxana eran todo menos complejas. Se divertía contando sucesos en una retahíla de palabras en orden que siempre terminaban con un tqm. Fue en esa fiesta de su bienvenida que llevaba a su nuevo novio apretado del brazo, no se le fuera a escapar y se sentaba en una mesa llena de algunas caras conocidas y otras tantas nuevas. <<’Siéntate aquí, Luis, no me vas a hacer el feo ahora que te has animado a contravenir al Juez Mayor, que si le piensas bien, le agrega injuria que estés aquí tomando ponche en la fiesta del Bicentenario’>>. Y soltó una risotada que asustó a los chanates que dormían encima de la carpa. <<’Yo siempre dije’>>, dijo Luis <<’que el que no es de ninguna tierra, de cualquier lodo se embarra’>>. Luego se sentó al lado de uno de esos rostros nuevos. De ojos verdes, del color de las rosas, alta, sonriente. Se trataba de Karelina Sepúlveda Ovalles alcanzó a oír, y ahí se quedó sentado toda la noche, pues Martina, al verlo a través de la pista de baile, le regaló esa sonrisa reconfortante del mutuo acuerdo y entonces supo que no se habría de quitar de ahí en toda la noche y quizá ni en la vida entera, ni para bailar.


García Márquez.


L

A mitad del camino de mi vida,
de alguna insidiosa suerte enredada,
vagaba entre paz o cobarde huída.

Ah, sería mi pena menos si nada
de esta oficina esperara inocente.
Mas la soledad me aflige amparada

en esa esperanza siempre presente
de encontrar una dama, que abrasaba
mi pecho al andar remiso y sonriente.

Y como aquel que solo fisgoneaba
y al verse descubierto, finge olvido,
así le vi hermosa, pues no esperaba

mujer tal me hablara si hubiese sido
mi fortuna la de siempre: tan firme
que he de morir solo y en el olvido.

A punto estuve de asustadizo irme,
pues la alegría me era un bien prestado,
cuando ella me detuvo al así asirme:

“¿Adónde vas, gentil hombre? Azorado.
Sólo una paleta pedí orgullosa
y me cuita verte harto y alejado.

¿Es que me miras como a cualquier cosa
y tu fe al cielo oculta mi valía?”
Y como el hambriento halla dolorosa

tanta comida asaz de la sequía,
así mi corazón no pudo exhalar,
lleno, una razón en tanta alegría.

Al fin le dije: “Ruego a mal no tomar
mi silencio grosero, pues le juro,
es de origen puro y jamás fue vulgar,

que viniendo del habla que procuro,
que Dante me confía, hartas sonrisas
vería y no este descuidado apuro”.

De pronto, como flor que esparce tizas
en un color henchido de tinturas
y encantado en el recuerdo le irisas

y en mil colores extras le figuras
pues fundióse amor con reminiscencia,
de evocarme ahora recitó dulzuras:

“Aún de callar por siempre tu presencia,
aún así mi sonrisa te daría,
que halaga más silencio de inocencia

que amores hartos de falsa poesía.
Di que eres mi amigo, si esto te place,
que no dudo jamás de tu hidalguía”.

“Eneas; seré Horacio –dije-, aún pase
lo que pase. Y que nuestras raleas
duren lo que el tiempo hasta la otra fase”.

“Jamás conocí al grandísimo Eneas,
ni del Horacio pude besar la faz
-dijo-, Luis serás siempre si deseas”.

Y así, apuró el paso y le seguí detrás,
sintiendo nuevas pasiones por ella.
Abriéndose a mi paso un amor capaz
de mover al sol y demás estrellas.

Dante.


Y

I
Posada inmóvil en la explanada del aserradero, Carmen esperaba la hora de salida con los ojos clavados en el vaivén brusco y omnipotente de los troncos de roble de los alrededores de San Juan arrastrándose por las canaletas llenas de agua y aserrín. Sintiendo las chispas de esa mezcla rozar su piel y tallarla quebradiza contra el sol. Ya no le temía al bramido, ya no despertaba con la pesadilla de un pino fuera de control, muy a pesar de que era su padre el que había perdido dos dedos antes tratando de salvar a uno de sus hermanos. Pensaba que era la única vez que algo se había atrevido a lastimarlo. Pensaba que nada la lastimaría a ella.
Ya antes había deseado hacerles frente, salir de la ratonera, sobre los troncos, el bosque, bañada en la represa a la que se escapaba todos los fines de semana sin permiso, saltando del risco más alto cada vez.
Un día, cuando sea grande, podré marcharme en ese viejo tronco con el que no ha podido la familia. Eso les enseñará.
Esperaba el silbato con un paquete pegado al pecho. Una vieja caja azul amarrado con una delgada gaza mugrienta de tanto uso. Pensando en que desde la muerte de su madre no había tenido esperanza de otro amor. <<’Si los que te quieren duelen, entonces querer es una porquería’>>, le decía a sus hermanos. Amándolos en ese acuerdo mutuo de jamás tener que decirlo.
Un pitido agudo, seco y lacerante cruzó el espacio entre la torre y la explanada en apenas un par de segundos. Carmen se ajustó el overol, se subió a la silleta movible que tanto le gustaba, se pegó al pecho su tesoro, y salió disparada hasta la planicie, mucho más allá, más abajo, donde se ahondaba la cuesta por mucho tiempo antes de subir.
Tengo que verle.
Tenía apenas doce años cuando empezó a trabajar ahí por voluntad propia. Porque faltaba la comida. Porque necesitaba el dinero. Ahorraba más de lo que comía y cuando apretaba el hambre, podía zamparse cuatro o cinco lombrices de esa tierra fértil y húmeda del abrevadero antes de vomitar la tierra por el cobertizo de los caballos que ahora faltaban. No se limpiaba la boca y con los labios quemados de tantos jugos y sol, observaba a su padre rechinar los dientes y ajustarse el cinturón a través de la ventana del patio. Siempre se ajustaba ese viejo cuerdo de vaca con el que había azotado a seis hijos y tres primos que alguna vez tuvieron que pasar el verano ahí. Se sujetaba el cuero al cuero curtido de las costillas y se sentaba a comer la cecina que secaba en los tendederos de la finca. Esos pedazos de moscas, de piel seca, de mierda. Carmen había cambiado en varias ocasiones la cecina de su padre por la carne muerta de una rata de campo y nadie habría notado los festines que se daba con Virgil, Sebastian y Mary, sino hasta que Tony la vio.
<<’Un día te va a matar padre’>>.
<<’Un día, pero nadie va a llorar, ¿verdad? No como tú cuando te pega’>>.
Carmen no confiaba en Tony o Damon desde mucho antes. Desde que los veía convertirse en la viva imagen de padre. Igual de testarudos y reacios. Reacios a vivir siquiera. No desde que él la acusó de lanzar una de esas ratas al abrevadero por lo cual no tardaron en morirse las dos mulas y el caballo. Sea lo que haya sido, no fue una rata de campo lo que los mató, pensaba Carmen. Fue tanto rencor.


II

-Suelta el paquete –le dijo Carson Etenville a Carmen varias veces al verla partir con las manos ocupadas en terrenos peligrosos– Te vas a matar, y más vale que te mueras fuera de mi propiedad si eso es lo que buscas-.
Ella sonreía siempre y luego se perdía en la distancia como alma que lleva el diablo. En realidad el señor Etenville entendía bien a Carmen. Él había venido de las mismas tierras agrestes de su familia. Si uno se queda mucho tiempo se seca y no crecen ya las flores en su pecho. Por eso Padre, Tony y Damon no tenían ya corazón. Lo dejaron enraizado en azahares y espinas muchos años antes de que la Madame muriera ensillada en el caballo. <<’Una tragedia, una verdadera tragedia. Hombres tozudos nunca fueron buen abrazo’>>, dijo Carson exhalando el cansancio de la tarde. <<’Hasta mañana, Carmen’>>, gritó, pero Carmen ya era un punto en el horizonte, el cual sólo podía imaginar abrazada a ese paquete como a su vida.
<<’Pobre muchacha’>>.

III

Tony

-Maldita seas, Carmen –dije- si te pedí los tres pesos era porque los necesitaba. Sabes bien que nunca te he pedido nada y preferiría me escupieras en la cara tus lombrices antes que pedirte algo. Pero los necesitaba. Esta vez sí los necesitaba. Ahora todos pagaremos las consecuencias por tu egoísmo.
Es una mocosa malcriada. Con la misma pompa con la que nació y murió inútilmente su madre. Me hierve la sangre nomás de verla sonriente y retozona, como si no le debiera nada al mundo. Sí, nació con la misma necedad de padre, pero sin su trabajo, sin sus ganas de servir y sobrevivir a estas tierras. Te juro que si no viene Damon antes de que le pierda la paciencia… Te juro…

Virgil

Amo a mi hermana, a los tres, pero Carmen es demasiado respondona, demasiado mula. Si un día padre tiene ganas de agarrarla a cintarazos, es conmigo y con Sebastian con quien se desquita. Amo mucho a mi hermana, pero ese cinto de cuero me da pesadillas y no sé cuánto más lo pueda soportar. Si tan sólo estuviera Madame. Ella sabría bien qué hacer con Carmen, porque lo que es yo… yo mejor me quedo bajo el zaguán antes de que lleguen los gritos hasta la casa.

Sebastian

<<’¿Dónde está Damon? Dicen que fue al pueblo a hacerse de un préstamo, pero yo más bien creo que está cansado de Carmen y de padre y de Tony y de todos. No me extrañaría que huyera con ese dinero y no lo volviéramos a ver jamás. Por eso hablaba de la yegua. Que si la yegua estaba mal. Que si qué tan mal estaba. Que si cuánto costaba una nueva. Damon no va a volver. No va a volver nunca y si Carmen se queda mucho tiempo a solas con Tony se va a armar un alboroto del que no nos vamos a librar.
Virgil tiene miedo. Sé que tiene miedo pero lo oculta con explicaciones. Queriendo calmarnos. Él no es malo, pero a veces tiene que pelearse con Carmen para evitarle problemas y de paso a nosotros. Si no fuera tan terca. Él es buen hermano pero ya no aguanta más. A veces quisiera ser yo el que se interpone a los cintarazos pero siempre me lleva la ventaja. Siempre fue más fuerte que yo aún si dicen que somos gemelos.
<<’Virgil nos cuidará, Mary’>>.
Mary nomás me mira chupándose el dedo y aferrada a esa muñeca que tanto le gusta. Me he ofrecido a lavársela pero no quiere. Allá ella con sus cosas. Quizá está empezando a comer tierra como Carmen, pero ella se la echa poco a poco en la boca con ese muñeco. Quién sabe. Aún no la he visto vomitar.

Mary

Sebastian y yo estamos escondidos. Virgil está un poco más allá. Él es mi hermano. Todos somos hermanos. Aunque a veces Carmen no quiera ser nuestra hermana. Aunque a veces diga que tampoco sea la hermana de Damon o de Tony. Yo quisiera que Carmen fuera mi hermana. Ella tiene un vestido muy bonito.

Virgil

Maldita sea, allá vienen.

IV


Tony jalaba de un brazo a Carmen, lo apretaba con una muina infernal, dejándolo sin sangre, mientras ella se aferraba al paquete que llevaba en el pecho. Con cada estirón de ella la caja se reducía y se retorcía, se hacía más pequeña, asemejando el corazón apretujado con el que Carmen aún chillaba y pataleaba.
-¡Es mío, Tony! –gritaba Carmen- ¡Es un regalo! ¡No me gasté el dinero!
-Mientes –le dijo él -. ¿Acaso me crees tan tonto como para no saber que te has gastado quién sabe cuánto en otro vestido?
-No, te lo juro –gritaba Carmen-, no me he gastado un peso en esto. ¡Es un regalo!
-Ven acá… ahorita mismo lo veremos con Padre –dijo Tony.
Padre se encontraba en la cocina, desde ahí veía el rostro torcido de Carmen al sujetarse al enorme brazo de Tony. Era por lo menos dos veces el tamaño de ella y aún así, la arrastraba a duras penas dentro de la casa. Padre acariciaba el cuero de vaca con un ligero a sabor a peltre en los labios. Dejó la taza tibia sobre la mesa y metió un palillo de dientes en su lugar. Lo saboreaba.
<<’Buena madera. Si tan sólo estos chiquillos supieran lo que nos cuesta. Todo es un juego para ellos. Todo. Yo les enseñaré’>>.

Tony y Carmen llegaron por fin al patio. Padre aún veía por la ventana con los ojos poseídos. Como percibiendo una imagen conocida de mucho tiempo vista desde un ángulo diferente, tratando de reconocer si los nuevos detalles siempre estuvieron ahí.
Salió de la casa tranquilamente. Frío como uno de esos troncos inertes.
-Se ha gastado los tres pesos, Padre –dijo Tony.
-¡No es verdad! –gritó ella.
-¡Cállate! –dijo Tony.
Padre los vio a los dos a los ojos. La cara mugrosa de todo el día de Carmen le dio la impresión de que había estado llorando. No se inmutó. Volteó al cobertizo, vio a Mary, Sebastian y a Virgil más adelante, expectantes, y escupió un salivazo pardo al suelo en tono de amenaza. Más valía que se quedaran donde estaban.
-¿De dónde salió eso? –dijo Padre al fin.
-Es un regalo –dijo Carmen al tiempo que se soltaba del brazo de Tony.
-Hay dos opciones, Carmen, o lo robaste o lo compraste. Así que tú dime cuál fue. De igual manera, te llevarás una tunda que no olvidarás jamás.
Tony sonrió.
-Es un regalo, de verdad –dijo Carmen mientras empezaba a sucumbir al odio. Apretaba los dientes y respiraba fuerte, como toro de lidia a punto de atacar. Sin soltar aún la caja que palpitaba con un secreto que no valía nada para ellos que para ella podía significar lo que una vida de tundas.
-Esto te va a doler- dijo Padre.
Luego se acercó a ella sin asomos de compasión, desamarrándose el cuero de la cintura, mientras Virgil se le echaba encima y Tony lo hacía a un lado sin esfuerzo. Virgil gritaba y lloraba y Carmen se quedó quieta en su lugar, sonriente, con esa mirada dulce que sabía regalar de vez en cuando. Sebastian había llevado a Mary a jugar lejos de ahí. Entonando una canción.
<<’Ya verán que vale la pena’>>, dijo Carmen casi para sí misma ante la mirada atónita de Virgil. <<’He conocido a alguien. Ya lo verán’>>.

III

Madame

Era apenas una niña cuando conocí a Aspen y aún siendo tan pequeña ya mandaba en mi propia finca. Nunca antes había conocido el amor. Siempre supuse que es porque el hombre es cobarde de nacimiento y no se atrevería a meterse en una vida donde no fuera necesitado. Y no fue amor al verlo, esa cara hosca y firme me enamoró de la idea de que pudiera tener a alguien en quien confiar los deberes de la casa sin tener que preocuparme por la crianza de mis hijos. Porque mis hijos serían mis hijos y de nadie más. Entonces cedí a este acuerdo. No tardé en darme cuenta del error. Al nacer Damon, Aspen se apoderó de él, como si siempre hubiera sido suyo; como si hubiese existido siempre. Lo llevaba apenas de meses al aserradero y pasaban horas en las que él hablaba de todo el funcionamiento de los canales y las sierras, y Damon, babeando, lo veía atento, con los mismos ojos azules fijos en la nada, como si nada más importara que esas palabras. Después vino Tony y lo di por perdido desde el primer día pues mis fuerzas ya eran menos. Habrían de crecer en esa forma huraña y humillante que tenía Aspen de ver la vida. Supe que iba a morir joven, pero no sin antes dar a luz a mi hija. Yo quería a mi hija. Entonces nació Carmen. El gesto asesino con el que Aspen la desconoció por ser niña me reveló que entonces sería mía y de nadie más, por eso me apuré con los gemelos: Sebastian y Virgil. Uno más parecido a mí, otro más a su padre, pero no renegué. Su esperanza de criar hijos se había terminado con Tony así que me los dejó para siempre. Mary fue sólo aferrarme a la vida que ya se escapaba de a poco. Me angustiaba el no poder criarlas una vez que muriera, así que tomé a Carmen como alumna y la enseñé a vivir. Fue muy duro para ella, yo lo sé, pero era la única esperanza que tenía de seguir al lado de mis criaturas desde el más allá. Sebastian, Virgil y Mary apenas si entendían que pasaba cuando llegaba por las noches a platicar con Carmen de la vida, hasta que oía los pasos de mi esposo acercarse y me iba a acostar, o cuando muy temprano en la mañana en que la enseñaba a escoger huevos frescos para las tartas que vendía y a ordeñar a las vacas para la harina y el café con leche. La hice trabajar en la finca muy joven para que jamás necesitara de sus padres ni de sus hermanos, esos injuriosos desalmados, y Carmen rendida y desconcertada, sólo lloraba y extrañaba su cama a rabiar. Me dolía el alma de hacerle vivir esto, pero sabía que era por su bien. Así pasó un año, dos, hasta que no pude moverme de la cama. Ese cumpleaños sabía que había escogido el regalo perfecto. Lo guardé entre holandas de seda, lo amarré bien, le hice una caja más pequeña de la caja de mi vestido de novia, rasgué mi vestido de seda sólo un poco y se lo amarré como un listón alrededor. Esa noche le pedí que fuera a verme y algo cansada y desilusionada porque no tuvo ningún festejo, llegó a la puerta. Le pedí que entrara y saqué el regalo que le tenía guardado. Sus enormes ojos redondos y oscuros se salieron de órbita y entusiasmada me rogó porque le dijera qué era. Le dije que lo abriera. <<’Es una camisa de príncipe’>>, gritó emocionada. Admiraba su corte, sus brillos y su color rosado a la sombra del quinqué. Notó que era mucho más grande que ella. <<’¿Pero para quién es? Virgil y Sebastian aún son muy pequeños’>>, me dijo. <<’Ya sabrás, cuando llegue su debido tiempo, Carmen’>>, le dije con el corazón en la mano pues ésta podría ser mi última enseñanza. <<’Escúchame bien, hija; de ahora en adelante, la única lección que debes practicar a diario será la de aprender a soñar’>>.


Faulkner.